Presentación

Hace poco más de un año publiqué un ensayo sobre lo público y lo privado bajo el título “Límites del Estado” (Reus, Madrid 2019, 239 pgs). Entre sus conclusiones hay una que aprecio especialmente: las instituciones de nuestro Estado de Derecho son algo en que creer, algo en que confiar y algo a proteger. En la actualidad, se están degradando a ojos vistas. Un entramado de políticos oportunistas y burócratas egoístas las está manipulando en su provecho. Sorprendentemente, mucha gente habla de ellas, pero casi nadie las conoce bien. Explicar su utilidad me pareció una buena forma de dar continuidad a la tarea iniciada con el ensayo.

Comencé con preguntas elementales: ¿Qué son? ¿Qué hacen? ¿Para qué sirven? ¿Cómo funcionan? ¿Qué variantes hay? etc. Al irlas respondiendo, localicé un apremiante centro de atención: las instituciones tienen “un equilibrio característico entre sus componentes político y jurídico”, que les da su identidad específica. Resulta que el Estado de Derecho no está compuesto, como se pinta en el “Leviatán”, de millones de minúsculos de hombrecitos que juntos forman un gigante; lo sostienen unas cuantas docenas de instituciones destinadas a equilibrar el poder de la voluntad colectiva (la Política) y el de la fuerza jurídica (el Derecho).

Hay mucho que aprender en ellas. Sabemos poco de su dinamismo, y aún menos de sus complejas relaciones; pero, entre lo poco que sabemos, figura lo siguiente, que tomo del mencionado ensayo:

“Si creemos en el Estado de derecho, tenemos que creer también en las instituciones que lo componen. Si somos seres sociales, tenemos que creer en las instituciones que dan forma a nuestra sociabilidad innata. Si vivimos en comunidad, hemos de reconocer que gracias a las instituciones disponemos de capacidades y medios inalcanzables individualmente: sin la escuela, no podríamos educar ni socializar a nuestros hijos; sin la democracia, estaríamos sometidos a la ley del más fuerte; sin los mercados libres, tendríamos que volver a las granjas autosuficientes… Mírese como se mire, estamos obligados a creer en las instituciones creadas y depuradas en nuestro desarrollo social”

“Las instituciones solucionan eficientemente problemas concretos y eso las hace confiables. Su permanencia y durabilidad, de un lado, y la seguridad de que sus reglas internas se van a cumplir, de otro, sostienen dicha confianza. Una confianza que será todo lo inmaterial e intangible que se quiera, pero que es un activo social de primer orden”.

“Además de creer en ellas y de confiar en ellas, debemos también protegerlas. Las instituciones son positivas; son rentables, facilitan la convivencia; hacen fluir la economía; son adaptables; incluso pueden desaparecer cuando es necesario; pero también son susceptibles de ocupación y de mal funcionamiento, y les cuesta mucho defenderse por sí mismas de sus perversiones internas. En suma, debemos cuidarlas, porque la armonía social no nos viene dada”.

Sobre estos cimientos se levanta el estudio que ahora ofrezco a los lectores. Está dividido en varias partes, dedicadas respectivamente: la primera, a aportar una visión general y los conceptos básicos de la materia tratada; la segunda, a identificar sus fundamentos históricos; la tercera a la arquitectura institucional que sostiene la sociedad y el Estado contemporáneo; la cuarta, a esquematizar la rica diversidad institucional actual, con sus luces y sus sombras; y, las dos últimas, a sus cuestiones estructurales, que son: de una parte, la expansión del poder público frente a la consolidación de las instituciones y, de otra, la normalidad, flexibilidad y plasticidad que las mantienen en su sitio. La conclusión a la que se llegará finalmente es nítida: las instituciones son un equipamiento público que todos debemos conocer y apreciar, porque nos va mucho en ello.

Este no es un estudio para especialistas en Derecho o Ciencia Política. Va dirigido a cualquier ciudadano interesado en lo que ocurre en su sociedad. Está redactado a partir de la vivencia directa de la pandemia del COVID-19, cuando las instituciones sanitarias y de gobierno españolas exhibieron crudamente sus fortalezas y debilidades. Contiene pocos tecnicismos y mucha experiencia acumulada tras medio siglo de vida profesional.

Mi preocupación prioritaria ha sido encontrar y describir en un lenguaje sencillo y directo los equilibrios básicos entre el Poder y el Derecho; entre la Política y la Justicia; y entre la Pasión y la Razón, que sostienen las instituciones y, con ellas, la vida civilizada. La finalidad última, no quiero ocultarlo, es que nuestra generación sea capaz de transmitir a las siguientes unas instituciones saludables y en buen estado. Nuestros nietos sabrán qué hacer con ellas; tienen derecho a decidirlo; he optado por el formato electrónico para esta publicación pensando en ellos.

Madrid, 20 de septiembre de 2020

J.M. de la Cuétara

(jmcuetaramartinez@gmail.com)