Capítulo 5.- Los precursores (I). Formación de clanes

Las instituciones actuales hunden sus raíces en lo más profundo del ser humano, en la época anterior a la Revolución Neolítica (c. 10.000 años a.C.), cuando diversos grupos de homínidos fueron evolucionando y extendiéndose por el mundo. En estos grupos, el parentesco consanguíneo, la sacralización de los antepasados o la confianza mutua dentro de un mismo linaje determinaron formas de cooperación que acabarían convirtiéndose en auténticas instituciones. No sucedió solamente entre nosotros, los sapiens; también los neardentales iniciaron este camino, tal como muestra Arsuaga en su documentadísimo libro “El collar del neardental” (2ª ed. Barcelona 2003, 405 pgs) y en muchos de sus trabajos precedentes, como “La especie elegida. La larga marcha de la evolución humana” (Círculo de Lectores, 1998, 357 pgs).

La emergencia de los “animales espirituales” que somos ha sido ampliamente descrita por J.A. Marina y J. Rambaud en su “Biografía de la Humanidad” (Ariel, Barcelona 2018. 573 pgs.). Francis Fukuyama, en su monumental obra sobre “Los orígenes del orden político” (trad. esp., Deusto 2016), ha narrado nuestra evolución desde el estado de naturaleza en función de nuestros primeros comportamientos “políticos” (compartición de alimento y caverna, reacción común contra ataques externos…). En su trabajo nos invita a estudiar las comunidades primitivas a la luz de lo que en el siglo XXI sabemos de ellas con el fin de comprender mejor las instituciones políticas actuales. Es un buen consejo. En las páginas que siguen, trato humildemente de seguirlo.

Sirvan estas mínimas referencias para excusar la carencia de aportaciones bibliográficas a lo largo del presente capítulo. Ésta es una publicación electrónica, que requiere una lectura fluida poco acorde con un exceso de nombres, libros, artículos y fechas. El lector que lo desee podrá utilizar las ahora facilitadas como primer escalón para avanzar en una materia que lo merece; por mi parte, me reconozco un rendido admirador de la aventura emprendida por el “homo sapiens” hace decenas de miles de años.

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PALABRAS CLAVE. ASENTAMIENTOS; CAZADORES-RECOLECTORES; CLANES; CONVIVENCIA; COOPERACIÓN; DISPERSION TERRITORIAL; EDAD DE PIEDRA; HOMO SAPIENS; NEOLÍTICO; PASTORES-AGRICULTORES.
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a) Grupos de parentesco directo. Cazadores/recolectores.

 

El Paleolítico

Las instituciones más antiguas que podemos observar las encontramos en los pequeños grupos de cazadores-recolectores que todavía habitan en las selvas africanas, americanas o australianas. Los restos fósiles de las auténticas comunidades prehistóricas nos proporcionan información sobre sus características físicas, sus útiles habituales o su modo de alimentación. Con todo ello podemos hacernos una idea bastante correcta de su modo de vida y de sus instituciones comunales. Dicho de modo simple, sucedió que, en el Paleolítico, distintos grupos de homínidos fueron prosperando a partir de unos instrumentos básicos, como el palo, la piedra y el fuego, y de un componente inmaterial, la solidaridad intragrupo, que constituye el objeto de nuestro interés.

 

El palo, la piedra y el fuego

Con el palo y la piedra fabricaron lanzas y palos de excavar; con ellos y la caza en grupo dejaron de ser criaturas oportunistas y accedieron a nuevos recursos alimenticios. Pronto aprendieron a obtener y repartir comunalmente su alimento, cazado o recolectado. También aprendieron a defenderse en grupo de sus competidores y predadores: seis lanzas juntas y doce brazos fuertes valen más que una y dos brazos. El fuego y las cavernas compartidas mostraron muchos beneficios, como los de cocinar, ampliando el abanico alimenticio, o aislarse del frío de un modo impensable para el individuo aislado. Mayor seguridad, calor y mejores alimentos eran ventajas suficientes para primar a los grupos humanos que dispusieran de ellos en la contienda generalizada por la supervivencia.

 

Grupos cohesionados

Las primeras instituciones conocidas por la Humanidad fueron el resultado. Impulsaban comportamientos muy simples pero eficaces. Utilizaban, p. ej., la consanguinidad directa para formar grupos cohesionados donde prosperaba la comunicación y la cooperación; la comunicación gestual abrió paso a la oralidad; las reuniones en torno al fuego y las tareas diarias la mejoraron; con lo cual, lo humanos extendieron sus territorios y tuvieron mayor descendencia.

En sus interacciones fueron multiplicándose las referencias a espíritus y “totems” favorables o desfavorables, el respeto a los antepasados o la ayuda mutua para la atención de viejos, heridos o enfermos, acciones todas ellas que reforzaron la cohesión del grupo. La creencia espontánea, intensa, profunda, en la necesidad de un comportamiento adecuado a tales referencias, continuamente repetidas, dio solidez a estas primitivas instituciones.

 

Segregación en subgrupos

El número reducido de miembros de cada grupo -normalmente de menos de cincuenta individuos- se mantuvo mediante la segregación en subgrupos. La reducción de tamaño daba más valor al parentesco cercano y a la convivencia dentro de los nuevos grupos que se iban alejando entre sí.
De este modo, la agresividad derivada de una eventual escasez de recursos pudo mantenerse baja, al tiempo que los continuos desafíos que surgían en los nuevos hábitats producían un importante efecto: la expansión de la mente humana.

 

Nuevas capacidades cognitivas

El nuevo entorno podía favorecer más a unos que a otros; al dar respuesta a los estímulos que se presentaban, los grupos iban incrementando sus capacidades cognitivas. Aquellos que las usaron para mejorar sus instituciones primitivas se beneficiaron de ello. Estaban dando los primeros pasos hacia una cultura colectiva en la que las instituciones darían lo mejor de sí mismas.

La arqueología ha extraído de los enterramientos y restos de hogares primitivos numerosas muestras de todo ello. Los ritos y ceremoniales se infieren de los objetos utilizados, estatuillas localizadas, o marcas en los huesos y de la manipulación no utilitaria de piedras o pinturas rupestres. Quizás se ponga algo de imaginación en todo ello, pero me consta el rigor científico que antropólogos y paleontólogos ponen en sus tareas.

Con respecto a lo que ahora importa, las instituciones iniciales reforzaban la cooperación intragrupo y mantenían a raya las tendencias violentas típicas de los machos, que en tantas otras especies de mamíferos impiden una cooperación positiva. Eran instituciones muy sencillas y primitivas, pero funcionaban para la caza y la recolección, que alimentaban a unos homínidos en expansión precisamente gracias a ellas.

 

b) Grupos de parentesco laxo. Ganaderos/agricultores.

De todas las subespecies humanas que mantenían las prácticas indicadas, tan solo una de ellas, la del “homo sapiens”, estaba dotada para aprovecharlas en todas sus potencialidades. El “homo neardenthalensis” nos dejará para siempre sin saber hasta dónde podría haber llegado, al haberse extinguido al finalizar el pleistoceno superior (probablemente transfirió alguno de sus genes a nuestra especie antes de desaparecer).

 

Pensamiento simbólico

La ventaja esencial del “sapiens” era su aptitud para el pensamiento simbólico y sus habilidades cognitivo-lingüísticas. Unidas al procesamiento de crecientes cantidades de información compartida, permitieron la conversión de la caza en pastoreo, primero, y en ganadería, después, y la sustitución de la mera recolección de vegetales por la selección y cultivo de los más alimenticios. Ninguna otra especie o subespecie del género “homo” alcanzó ese nivel.

El pastoreo vino a ser la versión primitiva de la ganadería, que llegó después. Probablemente se mantuvo durante mucho tiempo en su formulación más sencilla, consistente en acompañar a los rebaños y defenderlos de sus depredadores. Algo parecido debió suceder con los primeros cultivos, mediante la simple imitación de la distribución espontánea de las semillas en la naturaleza. Necesitó tiempo, pero el progreso acabo llegando.

 

Nuevas formas de cohesión

Con todo ello, la cohesión basada en el parentesco y conocimiento mutuo tuvo que abrirse a la aceptación de parientes lejanos, con lo que implica de suspicacia y desconfianza entre casi desconocidos. Junto al progreso llegaron las complicaciones, en forma de pérdida de la cohesión grupal o asimilación de nuevas costumbres, que pusieron en tensión y sometieron a dura prueba a las incipientes instituciones.

En suma, es obvio que no pudo ser fácil pasar de recolectar alimentos a cultivarlos; y aún menos domesticar animales. Por lo mismo, las instituciones primitivas que probaron su eficacia adquirieron un gran valor. Con ellas, la especie “sapiens” -la nuestra- generó la denominada “Revolución Neolítica“, que fue un auténtico giro copernicano de nuestra prehistoria.

No es una exageración. La revolución neolítica supuso un antes y un después en la evolución de la Humanidad. Detengámonos unos instantes en ella para prestarle la atención que merece.

 

c) Revolución Neolítica, clanes e instituciones.

 

Grupos de mayor tamaño

En primer lugar, los grupos humanos aumentaron de tamaño. Los cazadores transformados en pastores necesitaban más hombres para domesticar, manejar y proteger su ganado, construir cercados, obtener y procesar la leche, carne y fibras que proporcionaba etc. Las antiguas recolectoras (normalmente mujeres) ahora agricultoras incorporaron nuevas tareas (hacían falta más cestos, canastos, vasijas, sacos, semillas, etc.), al tiempo que se incorporaban hombres a las tareas más duras (preparación del terreno, excavación de pozos y acequias…). Todo ello, naturalmente, permitido por la mayor disponibilidad de alimentos conseguida.

 

Más cooperación

En segundo lugar, aumentó la especialización y división de trabajo. Las rudimentarias divisiones de la etapa anterior (aportación de alimento/cuidado de la prole; caza/recolección) se incrementaron con otra diferenciación nueva, “pastoreo/cultivo”, que puso a prueba las capacidades cooperativas de los humanos; difícilmente una sola persona podía dominar las artes requeridas por todos los nuevos métodos de producción de alimentos.

 

Producción de excedentes

En tercer lugar, la gran productividad de estos nuevos métodos y el mayor número de personas implicadas, produjo excedentes más o menos importantes. Su almacenamiento y reparto se añadió a la división de tareas, dando lugar a nuevos desarrollos cognitivos en una dirección inesperada: la del cálculo y la previsión de horizontes temporales a medio y largo plazo.

 

Desarrollo intelectual

En cuarto lugar, nuevas materias primas vinieron a añadirse al catálogo de las disponibles. Aunque estaban todavía en la Edad de Piedra, los primeros pastores-agricultores tuvieron que manejar desde nuevas fibras vegetales para la construcción de cercas, cestería e hilado, hasta nuevas preparaciones de la arcilla destinada a hornos, adobes y vasijas. Estas materias primas, a las que más tarde se añadirían los metales blandos del Calcolítico -cobre, oro y plata-, hicieron esforzarse intelectualmente aún más al homo sapiens “moderno”, cuya capacidad mental continuó incrementándose.

 

REVOLUCION NEOLÍTICA

 

En resumen, con la Revolución Neolítica las comunidades humanas consiguieron dominar la naturaleza, poniéndola a su servicio, lo que hizo necesario abandonar las viejas instituciones de los pequeños grupos preexistentes, en favor de nuevas formas de entender el mundo, las relaciones interpersonales y las de cooperación/conflicto.

 

Formación de clanes

Uno de los primeros efectos de la mayor potencia cognitiva consistió en el abandono de la consanguinidad directa como base de la cohesión de los grupos humanos. Lo cual vino obligado por la necesidad de incorporar al grupo un mayor número de personas, solo alcanzable admitiendo parentescos cada vez más lejanos y renunciando al contacto directo y diario entre todos los miembros del grupo o a la residencia en una única caverna.

Los pastores podían separar sus rebaños y alejarse durante amplios períodos de tiempo de los asentamientos agrícolas de su comunidad, sin dejar de sentir su pertenencia a la misma. Para dicha pertenencia, el parentesco seguía siendo fundamental, pero era cada vez menos reconocible y, desde luego, menos evidente.
Emprendido este camino, el parentesco pronto llegó a derivarse de unos antepasados remotos que tanto podían ser míticos como reales. Con ello se impuso la organización tipo “Clan“, que fue uno de los primeros resultados del pensamiento simbólico.

En el Clan, las personas comparten idioma, nombres, vestimenta, costumbres y “modo” de vida, aunque no necesariamente residencia o “medios” de vida. Pese a ello, se sienten muy integrados entre sí por los lazos inmateriales (simbólicos) que comparten. No necesitan probar su parentesco, sino que lo presumen, como sucede todavía en los clanes escoceses.

 

Nuevas instituciones. Los montes en mano común.

No hace falta un gran esfuerzo intelectual para imaginar situaciones de este tipo o similares en los clanes primitivos; basta con que prescindamos de la escritura y confiemos la concreción de los símbolos a la tradición oral y a la manufactura artesanal. Para aportar un ejemplo distinto del escocés, diré que los actuales montes gallegos en mano común son una institución todavía viva procedente de tribus germánicas cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos.

Como prueba tangible de la perdurabilidad de esta institución, véase la Ley 13/1989, de 10 de octubre, de montes vecinales en mano común de la Comunidad Autónoma de Galicia. Su disposición final segunda la acredita expresamente al establecer que “La presente Ley, juntamente con la costumbre, constituyen el derecho propio de Galicia”.

 

Nuevos problemas y nuevas soluciones

Dicho esto, conviene recordar que los clanes neolíticos, aunque en buena medida utilizaron el nomadismo y trashumancia, fueron asentándose sobre el terreno y, sobre todo, fueron “rozándose” los unos con los otros, lo que ocurrió al buscar todos ellos los mejores pastos y terrenos de cultivo en los mismos sitios. Estos roces tuvieron diversos efectos.

A diferencia de los pequeños grupos de cazadores-recolectores, los nuevos clanes de pastores-agricultores tuvieron que crear señales identificativas de la pertenencia al grupo (tatuajes, pintura corporal, vestimenta, nombres gentilicios), lo cual redundó en un mayor autorreconocimiento del conjunto.

Además, hubo que distribuir tareas, contar y repartir lo producido y sus excedentes, lo que fue asumido por los jefes del clan; de este modo, la solución de conflictos intragrupo pasó a ser una de sus funciones más importantes, a lo que se añadió el serio problema de las discrepancias entre clanes, ahora apretados en los terrenos de mayor productividad agrícola.

 

Las “guerras del agua”

Sin la solución del traslado a tierras deshabitadas utilizada por los cazadores-recolectores precedentes (que mantenían una bajísima densidad de población), los pastores-cultivadores, al converger sobre los espacios más fértiles con abundante agua (los valles aluviales de los grandes ríos, las praderas que pueden mantener más herbívoros), generaron grandes tensiones, desconocidas hasta entonces; los instrumentos de caza y excavación pasaron a verse como armas de guerra y las soluciones violentas acabaron sustituyendo a las cooperativas.

Las “guerras del agua” son una tradición de tiempos remotos, de lo que dan testimonio diversos textos de los comienzos de la escritura, desde la Biblia judeocristiana, hasta epopeyas mesopotámicas.

 

Diversificación de tareas e instituciones

Al tiempo que se producían estas y otras interacciones (tanto “intra-grupo” como “entre grupos“), las respectivas instituciones se fueron diversificando. La propiedad absolutamente comunal de los cazadores-recolectores y los vínculos de consanguinidad dieron paso a una propiedad repartible según distintas fórmulas (cesión temporal, usufructo, etc), que afectaba tanto a los rebaños como a las tierras de cultivo. Aparecieron instituciones como la herencia o el matrimonio, que a su vez generaron aquella de la familia, y las primeras infraestructuras comunes en forma de pozos o regadíos simples.

Asimismo, surgieron personas especializadas en la comunicación con el mundo de los espíritus -los chamanes- y se perfeccionó la comunicación oral intragrupo con el uso por todos de un único y mismo lenguaje, aunque a costa de la diferenciación lingüística entre grupos. El mito de la “Torre de Babel“, con su precedente sumerio, lo testimonia.

También emergieron los consejos de notables o ancianos; y en los rituales del clan comenzaron a utilizarse mitos destinados a incrementar su cohesión. Los asentamientos provisionales pasaron en algunos casos (cultivos duraderos, disponibilidad de forraje para el ganado) a convertirse en viviendas, e instituciones como la del arbitraje en conflictos internos tomaron gran relevancia.

 

Primeros asentamientos permanentes

La diversificación de las instituciones vino acompañada de una gran diversidad de los asentamientos sobre el territorio; de hecho, una característica relevante de estas comunidades primitivas es que en ningún caso llegaron a construir ciudades. Usaron, desde luego, refugios de todo tipo, cercados, chozas, acomodos semipermanentes, e incluso amontonamientos de piedras con funciones defensivas o estructuras agrarias más o menos fijas; pero el concepto de “ciudad” aún tardará en surgir.

La ciudad como forma específica de convivencia e intercambio de bienes ha desempeñado un importantísimo papel en el desarrollo de la civilización, que lleva su nombre. Los agrupamientos de construcciones más o menos fortificadas, como las de la cultura castreña de la edad del bronce en el noroeste español o de la cultura nurágica de Cerdeña, de la misma época, todavía no forman ciudades.

Para que se den las condiciones necesarias para su aparición, ha de pasarse previamente por una organización tribal más o menos estructurada. Las tribus, con sus herederos los reinos, ocupan la amplia etapa intermedia entre la Edad del Bronce y el Estado Moderno, a la que dedicaré el próximo capítulo.

 

 

 

 

Juan Miguel de la Cuétara Martínez

Catedrático de Derecho administrativo

1 comentario
  1. José Manuel Ramos Gascón
    José Manuel Ramos Gascón Dice:

    Ágil y bien hilado vuelo sobre los primeros pasos humanos.
    Referencia bibliográfica mínima , aunque buenas las dos entradas.
    Un despliegue inteligente de referencias a lo largo del texto no impide la lectura fluida y permite avenidas de profundización ad-hoc.

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