Capítulo 6.- Los precursores (II). Tribus generalizadas y reinos emergentes

Las instituciones intermedias son las que acompañan la evolución de las sociedades humanas desde la prehistoria hasta la aparición del Estado Moderno. La unidad básica de convivencia fue la tribu. En ella se prescindió del parentesco como aglutinador del grupo y se incorporaron dos nuevos factores de cohesión de gran potencial, que fueron el poder físico, al inicio, y la ciudad, al final. Los grupos humanos aumentaron de tamaño. Aparecieron jerarquías y clases sociales. Se multiplicó la especialización y división de trabajo. Se formaron reinos e imperios. En los templos, palacios, pueblos y ciudades que fueron construyéndose comenzó a usarse la escritura… y se sentaron las bases para la aparición del Estado al cabo de los siglos. El elemento central fue el poder, del que se hicieron multitud de combinaciones y ensayos, que se sintetizan a continuación.

 

* * * * * * *

PALABRAS CLAVE:    AGRESIVIDAD; COHESIÓN; DOMINACIÓN; EJÉRCITO; IMPERIO; LIDERAZGO; REINO; TRIBU; PODER MILITAR; VIOLENCIA.

* * * * * * *

 

a)  Tribus de guerreros con líderes dominantes.

En el capítulo anterior hemos visto las crecientes presiones soportadas por las comunidades de agricultores y ganaderos asentadas en los fértiles valles aluviales de los ríos. Los cada vez más frecuentes conflictos entre clanes cuya población estaba en continuo incremento fueron adquiriendo gran intensidad. La emigración de subgrupos a tierras lejanas ya no era suficiente, ni tenía especial atractivo, al suponer la pérdida de recursos (canales, acequias, sembrados, graneros, corrales, establos…) duramente construidos a lo largo de generaciones.

 

El despertar de la codicia

Las tecnologías de producción implicadas -agricultura y ganadería- generaban bienes tan acumulables como deseables y, lo más importante, fraccionables: un determinado rebaño, unas cuantas cabezas de ganado o algunos cestos de grano podían significar mucho para un clan en caso de absoluta necesidad; y el modo más sencillo de conseguirlos era quitárselos al vecino.

Los líderes de estos grupos pronto advirtieron que las técnicas e instrumentos de caza podían aplicarse al saqueo.  La potencia cognitiva de nuestra especie, impulsada por el éxito de las transformaciones logradas, buscó la forma organizativa más adecuada para ello y la encontró en la organización tribal. Su simplicidad aparente oculta una gran sofisticación interna y un temible principio gestor: se trata de una organización para la explotación violenta de los demás.

 

Una organización para la guerra y el saqueo

En algunos casos los guerreros reunidos en las tribus resultaron ser superiores en número y destrezas combativas a los pastores que trataban de defender sus rebaños. Esta revelación transformó el mundo: bastaba con ser más fuertes para dominar al prójimo. Es posible que algunas comunidades especialmente pacíficas no entraran por ese camino, pero la mayoría sí lo hicieron.

El trabajo de otros y la fuerza propia eran, pues, la clave para una buena vida. La existencia de muchas tribus en momentos relativamente cercanos a la invención de la escritura -hace unos cinco mil años- permite disponer hoy de testimonios creíbles de que las cosas sucedieron más o menos como sigue:

 

“Nosotros” y “ellos”

La principal característica de las tribus es el definitivo abandono del parentesco como base de la cooperación intragrupo. La pertenencia a una tribu o agrupación de tribus es independiente tanto de los linajes o parentescos directos de los cazadores-recolectores como de las estirpes míticas de los clanes. De ahí se deriva que la identificación de sus miembros tiene que establecerse sobre elementos puramente ideales; p. ej.  un único idioma común, la obediencia a un único jefe o la lealtad a los mismos símbolos.

Estos elementos aportan un modo inmediato de distinción entre “nosotros” y “ellos” y limitan la cooperación intragrupo a un conjunto reconocible de sujetos. Al mismo tiempo, la señalización del territorio ocupado por la tribu y defendido por guerreros contribuye a diferenciar lo “nuestro” y lo “de otros“. Y el uso de rituales violentos resulta ser un potente modo de autoafirmación emocional del “nosotros” tanto a efectos internos como externos.

 

Objetivo primario: dominar a los otros

La organización tribal comporta una nueva mentalidad que conviene destacar. En ella, los procedimientos cooperativos que permitieron la victoria del hombre sobre la naturaleza se convirtieron en instrumentos de dominación capaces de lograr la sumisión de otros hombres.

La fórmula es sencilla: el ganado y las cosechas, los campos y las viviendas de unos pueden ser apropiados por la fuerza de otros mejor armados y organizados. La simple variedad de las condiciones ambientales (hambrunas, epidemias, sequías) o cualquier ventaja competitiva (mejores armas, fuerte liderazgo) puede activar el proceso, que suscitará imitadores, los cuales a su vez llevarán a otros a seguir el mismo camino.

La organización tribal es esencialmente guerrera. Aunque se conservan algunos elementos forjados por los anteriores clanes, tales como un ascendiente mítico convertido en símbolo o una determinada vestimenta, las instituciones tribales por excelencia son una rígida jerarquía interna y una sólida adhesión de los jóvenes varones a su jefe expresada de forma que todos pudieran reconocerla.

 

Jerarquía y disciplina

Para que funcione, los jerarcas tienen que alimentar y tener satisfechos a sus subordinados, a cuyo fin necesitarán agricultores y ganaderos a los que explotar. Además, deberán dotar a los guerreros de un “estatus” superior al de quienes les alimentan. Ambas cosas se consiguen por diversos medios, que van desde la esclavitud de los clanes y tribus sometidos a la implantación de una mitología bélica en la mentalidad común de la tribu.

En la configuración inicial de muchas tribus se da un componente racial que no puede desconocerse. Caracteres morfológicos similares pueden sustituir el parentesco figurado para facilitar la cooperación interna; pero lo hacen como coadyuvantes de una disciplina rígidamente impuesta con los castigos físicos correspondientes. Hasta las instituciones procedentes de etapas anteriores (matrimonio, familia, propiedad colectiva, propiedad individual, herencia, solidaridad interna…) acaban coadyuvando a la dominación de los más fuertes.

 

Éxito mundial

Las tribus tuvieron un éxito fulgurante. Fueron las organizaciones predominantes desde el final del Neolítico. En concreto, la evolución de la metalurgia, desde el tentativo uso ornamental del cobre, estaño, oro y plata, al definitivo uso militar del bronce y el hierro, fue causa y efecto de la pugna por el dominio entre y dentro de las tribus. Pugna que surge en todas partes, normalmente partiendo de alguna ventaja competitiva.

Según nuestras tradiciones, las doce tribus de Israel encontraron esa ventaja en su carácter de pueblo elegido del Dios único; las tribus itálicas que fundaron Roma, en la supervivencia de un único líder (Rómulo) tras la muerte de Remo; las tribus de Asia, la hallaron en el caballo y sus veloces hordas de asalto; las vikingas, en sus embarcaciones y costumbres violentas; etc. ¿Que se trataba de basamentos muchas veces ficticios? ¿Y eso qué importaba? ¡Funcionaba!

Los grandes ríos del mundo alimentaron el rápido desarrollo de muchas tribus (el Amarillo, en China; el Indo en la India, o el Nilo en Egipto) cuya progresiva integración surgió de sus múltiples confrontaciones; los Incas en Perú, los Aztecas en Méjico y tantos otros grupos en las praderas norteamericanas (Apaches, Comanches, Sioux, etc.) dominaban grandes territorios hasta la llegada del hombre blanco. La tribu era la comunidad humana por excelencia.

 

La ley del más fuerte

En suma, las tribus han existido desde la Edad de Piedra hasta el presente. Tan solo han sucumbido frente al Estado, cuya capacidad tecnológica se impuso. Hoy vemos su comportamiento como algo propio de bárbaros y salvajes, en lo que hay mucho de cierto: su agresividad, la aplicación de la “ley del más fuerte” y la creciente violencia de las relaciones entre grupos así lo determinan.

Precisamente por eso los Estados que las sucedieron comenzaron por eliminar sus instituciones y prácticas más violentas, tales como los sacrificios humanos, las torturas rituales o la esclavización de los vencidos, sometiendo a férreos controles las aprovechables como la disciplina militar o el orgullo patrio, hoy todavía utilizadas.

 

Sustrato emocional

A todo ello contribuyó en gran medida que la vida tribal es más emotiva que institucional, y que las emociones tribales se han canalizado por la vertiente negativa de la apropiación y saqueo de bienes y no por la positiva de la generación pacífica de nuevos recursos. No se olvide que la emoción más primitiva y poderosa de todas es el miedo; generarlo entre “los otros” y suprimirlo entre “los nuestros” es un excelente medio de dominación.

Por el momento, retengamos que la “ley del más fuerte” y la violencia ritualizada no producen instituciones perdurables; al contrario: las buenas instituciones lo que hacen es reprimir los nocivos comportamientos tribales obstativos de cualquier tipo de cooperación pacífica. Pero las tribus no supieron o no quisieron utilizarlas. Además, las tribus guerreras se inclinaron hacia asentamientos que les facilitaran la movilidad necesaria para sus correrías, sin acometer realmente la construcción de ciudades. Ésta requerirá la reconfiguración de las comunidades tribales en reinos o imperios, que veremos seguidamente.

 

b)  Reinos e imperios con ejércitos y ciudades

 

Ciudades e instituciones

La civilización nace con las primeras ciudades capaces de construir murallas tras las cuales sobrevivir a los enfrentamientos tribales de su época. Dicho de otro modo, las primeras comunidades urbanas inventaron la “civilización” (palabra que proviene de “cives“, ciudad) frente al tribalismo y su salvaje “modus vivendi”.

Las ciudades, a su vez y salvo algunas excepciones, necesitan un monarca que las haga su capital o les otorgue sus fueros, amparándolas con su ejército, al tiempo que les garantiza la “paz en los caminos” necesaria para interconectarse. Ahora bien, las ciudades no surgen de la nada; son el producto consciente de voluntades humanas concurrentes. Y aquí aparece una diferencia radical con las tribus: éstas pueden construir campamentos y poblados, e incluso rodearlos de empalizadas, pero no auténticas ciudades.

La incompatibilidad entre tribus y ciudades resulta un tanto sorprendente. Cualquier cacique tribal afortunado puede obtener de su entorno, de grado o por fuerza, los recursos necesarios para construir muchos edificios juntos y añadirles los templos y palacios que quiera. Puede incluso armar un ejército para defender su pretendida “ciudad”. Lo que no puede es dotarla de instituciones que le den la estabilidad suficiente para crear una auténtica civilización. Y eso es determinante.

 

Interacciones positivas

En lo esencial, las ciudades son proyectos convivenciales a largo plazo, que nacen para durar, y las tribus, proyectos de dominación de corto plazo y escaso recorrido. A diferencia de las tribus, el énfasis de las ciudades se puso en la cooperación, no en la confrontación de las personas.

Las instituciones urbanas pronto impulsaron una progresiva división de oficios y un creciente intercambio de bienes y servicios. Éstos requirieron la aceptación de normas jurídicas, tanto consuetudinarias como escritas, y una rudimentaria contabilidad, normalmente centralizadas en templos y palacios. El resultado fue enormemente positivo para las comunidades que siguieron este camino.

 

Surge la escritura

De hecho, la escritura, que permitía tanto la administración de la ciudad como la industria o el comercio que en ella se practicaba, no solo “institucionalizó” el doble poder regio y religioso de los fundadores de ciudades, sino también será la clave de las relaciones mercantiles entre desconocidos propias de la vida urbana.

Con la escritura, no solo la humanidad entra en la historia, sino que las normas institucionales adquieren objetividad y posibilitan una cooperación muy sofisticada. En concreto, la escritura, además de la gestión de las ciudades, permite la construcción de reinos e imperios en los que pueden germinar las estructuras del Estado. Veámoslo con un cierto detalle.

 

Se construyen Reinos e Imperios

La dispersión tribal por todo el mundo es hoy bastante bien conocida. Los cazadores-recolectores expandieron la humanidad por los cinco continentes y los pastores-agricultores la apretaron en los valles de los grandes ríos, estepas asiáticas, praderas americanas o selvas tropicales. En todos estos espacios las belicosas tribus pronto empezaron a presionarse entre sí.

En Eurasia, los celtas fueron empujados hasta el occidente de Europa por tribus asiáticas del oriente próximo y danubianas, que, a su vez, fueron sustituidas en una segunda oleada de tribus de las estepas de Asia Central. La evolución y luchas de las tribus chinas e indias y su formación de distintos imperios y dinastías está narrada y bien documentada por Francis Fukuyama. Y, así, una y otra vez, innumerables tribus, pasan ante nuestros ojos en lucha de unas contra otras a lo largo de la Historia.

En todos los casos mencionados se advierte una regularidad: la acumulación de recursos por las tribus triunfantes acaba dando lugar a reinos e imperios. Lo cual, por supuesto, se produce con una gran variedad de formas, habida cuenta de la enorme diversidad de tribus implicadas en ello. Dentro de dicha diversidad se perciben dos nítidas líneas evolutivas que conviene examinar.

 

c) Dos caminos evolutivos

 

Una breve síntesis

Las líneas evolutivas indicadas son dos caminos divergentes que pueden esquematizarse en pocas palabras. La primera se organiza según una característica secuencia de: 1º) guerreros fuertes, leales y bien adiestrados; 2º) buen armamento; 3º) victorias bélicas; 4º) concentración del poder; 5º) reinos centralizados; 6º) incremento de la jerarquía y disciplina; 7º) nuevas conquistas; y 8º) formación de un imperio militarista. La segunda línea se separa de la anterior en el tercer escalón, para seguir la secuencia alternativa de: 4,bis) integración parcial de los vencidos; 5,bis) reinos con varias ciudades; 6,bis)  instituciones de organización de las ciudades y del reino; 7,bis) nuevas formas de producción y comercio; y 8, bis) estabilización de las instituciones del reino, aparición del Estado.

 

Hechos significativos

Pese a que ambas están muy simplificadas, estas secuencias sirven para acreditar dos hechos: el primero, que la carencia de instituciones cooperativas en las tribus y su apuesta por la adhesión total de unos guerreros fanatizados impidió a las de la primera secuencia evolucionar hacia Estados viables; los reinos que formaban eran poco más que tribus con esteroides. Y, el segundo, que la capacidad de integración de personas en los núcleos urbanos es clave para la aparición de las instituciones cooperativas propias de los Estados sólidos.

En este contexto, diversas comunidades intermedias que adoptaron la forma de reino o imperio se asentaron sobre varias instituciones de tipo estatal: la centralización del poder, su encorsetamiento mediante códigos escritos, la unificación y pacificación del territorio o la asunción de la Justicia como prerrogativa real son algunas de ellas.

El ejército permanente que los monarcas utilizaron para embridar a los señores territoriales fue su principal sostén. No abundaré sobre ello, limitándome aquí a un mero apunte sobre la aplicación del Derecho escrito en la construcción de las instituciones estatales.

 

El Imperio de la Ley

La legislación escrita desempeñó un importantísimo papel en la consolidación de los primeros Reinos (o Ciudades-Estado, o Repúblicas) soberanos, cosa que a nadie debe extrañar. El principio de legalidad, cimiento del Estado de Derecho, se refiere precisamente a la ley escrita.

La “Ley de las Doce Tablas“, grabada en su primera versión en placas de madera y posteriormente de bronce, estaba expuesta en el Foro Romano y señala el punto de transición entre las tradiciones y costumbres de la Roma antigua y las normas de la República romana clásica. Y, quien habla del principio de legalidad, habla de la propiedad, la herencia, la seguridad de personas y bienes o la libre contratación, como derechos que el Estado debe ofrecer a sus ciudadanos a través de las pertinentes instituciones: Justicia, Tribunales, coerción legítima, etc.

Basten estos apuntes para reconocer que el Derecho escrito es una herramienta indispensable para el buen funcionamiento de las instituciones estatales; aunque -conviene insistir- no elimina la necesidad de un bagaje inmaterial, de convicciones y adhesiones, como los que hemos visto actuar en las páginas precedentes.

 

Final

Para muestra un botón: los reinos que acometieron la construcción del Estado Moderno, tras algunos titubeos (derivados de la creencia en que el Monarca lo era “por voluntad de los dioses” o “por la gracia de Dios“) encontraron en la nación soberana el gran soporte inmaterial de sus instituciones políticas, aunque se vieron incapaces de plasmarlo en textos del gusto de todos. Pero esto será abordado en el próximo capítulo.

Para ampliar estas forzosamente breves notas puede acudirse, además de a la ya indicada obra de Fukuyama, a la de Acemoglu y RobinsonEl Pasillo Estrecho. Estados, Sociedades y como alcanzar la libertad“. Trad. esp. 2019, Deusto, 672 págs.). Son los autores del best seller “Por qué fracasan los países” de 2012, y en esta nueva publicación hacen un tipo de análisis evolutivo que concuerda bien con el aquí utilizado.

 

 

 

 

Juan Miguel de la Cuétara Martínez

Catedrático de Derecho administrativo