Presentación de la tercera parte – Arquitectura institucional.

En esta tercera parte iniciamos el examen directo de las instituciones que nos ocupan. Al final de la anterior, habíamos dejado el Estado moderno en su evolución hacia el contemporáneo conceptuado como un “constructor/acaparador de instituciones”; ahora es el momento de centrar el foco en su arquitectura institucional y en la función que desempeña en relación con el aparato organizativo del Estado.

 

Infraestructura y superestructura del Estado

El Estado contemporáneo tiene una infraestructura orgánica que constituye su ser. Podemos denominarla “aparato organizativo”, “armazón orgánico”, “conjunto de Administraciones y organismos públicos” o, simplificadamente, “cuerpo del Estado”, y es directamente observable.

Y posee también una superestructura institucional, que constituye su soporte inmaterial, que podemos identificar como “amortiguadora del poder” o “sostén de la civilización”, observable a través de los comportamientos que genera.

Lo característico de la primera es trabajar con el Poder y, de la segunda, usar la fuerza del Derecho. Ambos son poderosos factores de dinamización y orden social, que se equilibran mutuamente. Para su equilibrio, las relaciones mutuas, los anclajes y enganches recíprocos, tienen que ser resistentes y cumplir adecuadamente su función. Para dicho fin se requiere una correcta arquitectura institucional.

 

Anclaje de las instituciones en el Estado-organización

El aparato organizativo del Estado tiene que gestionar la energía social controlada por el poder público. Parte de esa energía se transfiere a las instituciones, de forma que éstas puedan reconvertirla en fuerzas positivas para la sociedad. Una buena arquitectura institucional es esencial para ello.

Al igual que el arquitecto “físico” toma de la naturaleza algunos de los elementos que utiliza para aplicarles su técnica constructiva, el arquitecto “institucional” toma de la sociedad buena parte de las regularidades sociales con las que trabaja. En cuanto advierta cualquier concentración de tensiones en los puntos de anclaje que unen el “Estado-organización” con su “soporte institucional”, deberá esforzarse especialmente para amortiguarlas.

 

Ajustes necesarios

El primer capítulo de esta tercera parte, octavo del cómputo general, se dedica a exponer la dualidad comentada y la existencia en ella de dos lógicas distintas, la orgánica y la institucional, a veces incompatibles entre sí. Lo que sucede cuando ambas chocan es objeto de especial atención.

Utilizo en este capítulo la analogía entre la arquitectura “naval” y la “institucional”, con la esperanza de que la primera nos ayude a ver más clara la segunda. Concentraré el análisis en los ajustes recíprocos entre el armazón del Estado y su soporte institucional. Tales ajustes son un punto crítico, ya que, sin instituciones a su lado, el aparato organizativo del Estado se dedicaría a incrementar, ejercer y repartir ávidamente el poder político; y, sin organismos públicos junto a ellas, las instituciones carecerían de voluntad y medios para renovarse.

 

Sobre la “reinvención del Estado”

A partir de ahí, el estudio plantea la conveniencia o no de “reinventar el Estado” postulada por algunos, para llegar rápidamente a la conclusión de que es preferible no intentarlo. Una revolución de tal magnitud sería terriblemente peligrosa. Lo recomendable, a la luz de lo aprendido en este capítulo, es reforzar la arquitectura institucional de nuestro Estado de Derecho y mantenerlo en condiciones de competir en la batalla mundial de las ideas sobre el modelo político ideal.

 

Los antagonistas del Estado contemporáneo

Para competir en buenas condiciones hay que conocer a los competidores, a lo que dedico el capítulo central de esta parte.

En primer lugar. analizo el Estado “posmoderno”, en su versión concebida por Jacques Chevalier. Las ideas de que la modernidad nos ha llevado a un “impasse cultural”, o de que sus instituciones son “cáscaras vacías de contenido”, son discutidas abiertamente.

Tras ello, examino otras posturas, unas tan radicales como el “pensamiento líquido” propuesto por Castells o el “anarcoliberalismo” de Huemer, y otras más filosóficas, como la “igualdad de estatus” de Bauman. Una vez expuestas sintéticamente, mantengo mi recomendación de reforzar la arquitectura institucional disponible. En este punto me sitúo en la línea propuesta por Acemoglu y Robinson, subyacente a la dualidad expuesta en este capítulo central, según la cual

“el Estado y sus élites deben aprender a vivir con las cadenas que les impone la sociedad; y diferentes sectores de la sociedad tienen que aprender a trabajar juntos a pesar de sus diferencias”.

 

La cadena “lógica-conductas-órdenes institucionales”.

El capítulo final de esta tercera parte, titulado “Exigencias de la lógica institucional”, es una especie de compendio de cuanto hemos aprendido hasta ahora. En él sostengo que el refuerzo de la arquitectura institucional puede lograrse mediante el correcto entendimiento de la cadena que liga la “lógica institucional”, los “comportamientos” que de ella se derivan y los “órdenes normativos” a que da lugar.

Personalmente, estoy convencido de que la lógica institucional puede y debe dar mucho de sí. Es una herramienta especialmente adecuada para evaluar las conductas y comportamientos institucionales. Si aceptamos -como no podemos dejar de hacer- que las instituciones generan órdenes sociales espontáneamente aceptados, tenemos que aceptar también que la convicción de que tales órdenes son lógicos ayuda mucho a su aceptabilidad. Como digo en el propio texto:

“Los “órdenes espontáneos” tienen que ser hechos suyos tanto por el Estado de Derecho como por el Derecho del Estado, porque, en tanto respondan a una lógica institucional constatable, se incorporan naturalmente a ellos”.

No debo alargar más ésta ya extensa presentación, por lo que la cerraré con un par de párrafos dedicados al respeto profundo, generador de la adhesión personal que las instituciones merecen.

 

Respeto a las instituciones

Un buen conocedor del eslabón final de la cadena tratada en el punto anterior, Cesar Martínez Meseguer, dijo que el gran error que ha llevado a muchos científicos sociales a proponer la reinvención del Estado es “el desconocimiento y el desprecio de la radical importancia del aspecto evolutivo de las instituciones sociales”. Es totalmente cierto. Estos reconocimiento y desprecio son todo lo contrario del respeto efectivo, real, serio a la propia y a las demás instituciones que necesitamos.

Los calificativos utilizados (“efectivo”, “real”, “serio”…) implican la aceptación de la cadena “lógica-conductas-“órdenes institucionales” presentada  en el texto. No solo es explicativa de una realidad profunda, sino también resulta -en mi opinión- una buena síntesis operativa de lo que debe conseguir la arquitectura institucional aquí propugnada.

 

Tercera parte. Arquitectura institucional.

Cap. 8º. El Estado Contemporáneo, despiezado.

Cap. 9º. Sus antagonistas.

Cap. 10º. Exigencias de la lógica institucional. Conclusiones-