Capítulo 9.- Sus antagonistas.

Recientemente la posmodernidad se ha erigido como el principal desafío filosófico al pensamiento social, económico y jurídico de nuestro tiempo, lo que incluye naturalmente al tipo de organización política dominante. Así, el “Estado Posmoderno” es el primer antagonista a nuestro Estado que vamos a revisar. Su contexto lo proporcionan la “globalización” y el “pensamiento líquido”, constructos ambos que atacan a los fundamentos mismos de los Estados actuales, por lo que serán también considerados.

Al objeto de concretar de algún modo todo lo anterior, he optado por utilizar tres publicaciones recientes: la primera de ellas nos propone “fluir” para reconstruir nuestra civilización sobre bases totalmente nuevas; la segunda, quiere llevarnos a un “anarcocapitalismo” de nuevo cuño; y, la tercera, sugiere corregir lo necesario del soporte institucional del que ya disponemos. De esta manera tendremos algo tangible sobre lo que opinar.

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PALABRAS CLAVE: CIVILIZACIÓN; CRISIS DEMOCRÁTICA; ESTADO; GLOBALIZACIÓN; GOBERNANZA; INDIVIDUALISMO; MODERNIDAD; PENSAMIENTO LÍQUIDO; POSMODERNIDAD; RACIONALISMO.

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a) ¿Un Estado posmoderno?

 

Nuevo punto de partida

Un gran estudioso francés del Estado, Jacques Chevallier, publicó en 2008 una monografía sobre El Estado posmoderno (trad. esp. Univ. Externado, Colombia, 2011, 447 pgs.). En ella, tras desmitificar el Estado Moderno, que encuentra trivializado y segmentado, y constatar el derrumbamiento del mito del crecimiento indefinido, afirma que el Estado posmoderno se está construyendo a partir de:

  • La actual crisis de la democracia representativa;
  • la destrucción de los vínculos “político” y “cívico” de los Estados actuales; y
  • las múltiples incertidumbres que trae consigo la globalización.

 

Cáscaras vacías de contenido

No ha lugar a un análisis en profundidad de sus cientos de densas páginas, pero al menos debo dejar constancia de la grave acusación formulada en este estudio al Estado contemporáneo, consistente en el exceso de racionalidad formal en que ha incurrido, que habría convertido sus instituciones en cáscaras vacías. ¿Es cierto?

La respuesta debe ser matizada. Cuando nació el Estado moderno hace quinientos años, la racionalidad era terriblemente necesaria; y, cuando se transmutó en Estado contemporáneo, siguió siendo necesaria, pero ya no pudo actuar sola, sino que hubo de admitir junto a ella cosmovisiones fundadas en otros valores.

Por ejemplo, en la Revolución Francesa se exaltó a la “Diosa Razón” colocando en el altar de la catedral de Notre Dame una joven revolucionaria que la representaba: se comprende la intención, pero no fue una conducta muy racional.

En el siglo XIX el romanticismo y en el XX el existencialismo negaron al racionalismo la capacidad de captar la vida, sin la que no se pueden dirigir las sociedades actuales. El arte y la filosofía contemporánea fluyen en esa dirección. Admitamos, pues, en su favor que un exceso de racionalismo resultaría socialmente peligroso, aunque conviniendo al mismo tiempo que un idealismo excesivo también lo sería.

Ahora bien, sabemos de las instituciones públicas se sostienen sobre normas que por definición tienen responder a su propia racionalidad y producir comportamientos previsibles. Su calificación como “cascaras vacías“, no es de recibo: si fuera cierto, nuestra civilización ya no existiría. Por consiguiente, lo racional y lo emocional tendrán que seguir buscando su equilibrio dentro y entre las instituciones, como han hecho siempre.

De donde se deduce que el pretendido “vaciamiento” de las instituciones actuales del que se acusa al Estado contemporáneo es una de esas exageraciones emocionales que hay que rechazar. Nuestras instituciones, cierto es, se están degradando, pero de ahí a despreciarlas como un envoltorio vacío hay un abismo al que no debemos saltar.

 

Siete crisis

Un segundo ataque deriva del conjunto de crisis que presenta el Estado Moderno y que Chevallier señala certeramente en su trabajo:

  • Crisis de la arquitectura estatal.
  • Crisis de la modernidad jurídica.
  • Crisis de la democracia.
  • Crisis del vínculo político.
  • Crisis del vínculo cívico.
  • Inflexión de los equilibrios institucionales.
  • Transformación de la ciudadanía.

No está mal como catálogo de problemas. Casualmente se obtienen el mismo número (siete) de vectores que personalmente he localizado como determinantes de la debilidad del Estado contemporáneo.

Son: a) tamaño excesivo; b) burocratización; c) fragmentación; d) ocupación de sus instituciones; e) desgobierno generalizado; f) apesebramiento de la población y g) aturdimiento de la sociedad civil. Están publicados en: De la Cuétara Límites del Estado. Reus, Madrid. 2019, pg. 119 y otras.

Si las buscamos, encontraremos otras muchas disfunciones en la situación actual del Estado. Pero la cuestión no consiste en enumerarlas, sino en decidir qué hacer ante ellas. En este punto nos encontramos en un auténtico atolladero.

 

Un atolladero cultural

Todos estamos de acuerdo en que nuestra organización política tiene problemas; la cuestión, en concreto, es determinar si será precisamente el nuevo “Estado posmoderno” el que los resolverá. Creo que no, por la siguiente razón: las instituciones públicas, lo mismo que tantas otras elaboraciones intelectuales, dan lugar a una cultura propia, en muchos casos de gran relevancia. Derivada de unas creencias y valores específicos, y plasmada en costumbres y tradiciones propias, esta cultura determina el “comportamiento institucional“, que constituye uno de los soportes de la sociedad. En cuanto la filosofía posmoderna lo rechaza, es claro que de ella no puede venir la solución de los males detectados.

Recuérdese la conclusión a que llegamos en la primera parte de este estudio según la cual las instituciones son básicamente reglas que domestican el poder del Estado. Y recuérdese también que dan lugar a los denominados “órdenes normativos institucionales” de que nos habla MacCormick en sus Instituciones del Derecho” (trad. esp. M. Pons, Madrid, 2011, 393 pgs.), con un buen capítulo sobre la creación de reglas y hábitos en sus pgs. 85 y ss.

 

El “impasse” de la gobernabilidad posmoderna

Chevallier sitúa en el núcleo de este atolladero el “problema de gobernabilidad“, que constata en los Estados contemporáneos y que efectivamente existe; en eso no hay discusión. Para solucionarlo, plantea los dos postulados siguientes:

a) los procesos de decisión deben abrirse a lo privado y alcanzar los distintos niveles de la acción colectiva; y  b) las soluciones consensuadas y la concertación social deben constituirse en la regla general de atención a los problemas.

Su objetivo es que los agentes sociales “alcancen regularmente decisiones […] mediante la negociación y la cooperación” (pg. 408). Esto significa que en el Estado posmoderno desaparecerá el “ordeno y mando” y se extenderá el nuevo “derecho negociado” y los métodos de “influencia y persuasión” (pg. 410). En fin, para Chevallier:

El Estado posmoderno guarda la forma y los atributos de un Estado, aunque su lógica de funcionamiento se encuentra profundamente modificada. Falta saber si este equilibrio complejo de un Estado posmoderno, que presenta nuevas características, pero permanece impregnado por los valores de la modernidad, tiene vocación para ser duradero: el Estado posmoderno es una fórmula política ambigua, dudosa y por definición evolutiva; como tal constituirá una transición hacia una concepción diferente de la organización política rompiendo esta vez con la racionalidad estatal” (pg. 411)

El texto transcrito son las palabras finales de la obra. En mi opinión, su autor, aparentemente asustado por la dilución de la racionalidad estatal que contempla, cierra la cuestión en falso al plantear dudas sobre la bondad del pensamiento líquido de la posmodernidad para sostener la necesaria “organización política” de la sociedad: sobre premisas dudosas no deben sentarse conclusiones.

 

Una salida consensuada

Dicho lo cual, debo agregar que, aquí y allá, las ideas del gran jurista galo apuntan en la dirección correcta, como sucede en las siguientes:

a) su llamamiento a las soluciones consensuadas mediante la negociación y cooperación es una apelación directa a las instituciones, nacidas de y para la cooperación;

b) su rechazo de la racionalidad política como guía general del Estado apunta en la línea de usar la “lógica institucional” como guía específica para la búsqueda de consensos; y

c)  su noción de una “transición”pendiente de encontrar sus propias fórmulas evolutivas, encaja muy bien con el carácter evolutivo de las instituciones, cuya flexibilidad y plasticidad conocemos desde los primeros capítulos de este libro.

De lo cual resulta que el refuerzo de las instituciones aquí postulado ofrece todo lo que Chevallier parece necesitar para viabilizar su Estado posmoderno, que resultaría ser el contemporáneo revisado.  En fin, el debate está abierto; si con lo expuesto he conseguido incitar al lector a dar un vistazo al libro comentado, me doy por satisfecho.

 

b) Globalización, pensamiento líquido y otras cuestiones.

La globalización es un fenómeno mundial y un hecho cierto e inevitable. Está ahí para recordarnos que vivimos tiempos de cambio y que algo habrá que hacer ante ella. Sin dejarnos agobiar por la inmensidad del tema, debemos repasar al menos sus características más notorias en lo que afectan a las instituciones para poder sopesar las opciones que se nos presentan.

 

Sustitución o refuerzo de las instituciones

En materia de instituciones, las opciones son claras: o sustituimos las actuales por otras de nueva planta, o adaptamos las que tenemos. Chevallier nos invita a reflexionar sobre las posibles nuevas instituciones globales; por mi parte, he escrito que debemos reforzar las instituciones que tenemos; ¿insisto en ello, pese a todo? Sí, insisto. Releyendo mis escritos confirmo lo siguiente:

“estoy convencido de que, como personas y ciudadanos libres, podemos dejarnos guiar por nuestras emociones -previo un cierto aprendizaje de su manejo- asumiendo riesgos más o menos estimables; pero, como sociedad, en todo cuanto trascienda a lo colectivo, la regularidad y previsibilidad del comportamiento humano que aportan las instituciones es condición “sine qua non” de la vida civilizada (Límites…, cit. pg. 63).

Mi objeción al pensamiento líquido como constructor de instituciones deriva de las siguientes diferencias fundamentales que observo entre el pensamiento “sólido” de la modernidad y el pensamiento “líquido” de la posmodernidad:

 

MODERNIDAD Estatalización Industrialismo Pensamiento social
POSMODERNIDAD Globalización Consumismo Pensamiento individual

Diferencias fundamentales

Bauman en sus estudios sobre la modernidad líquida y la vida líquida ha desarrollado in extenso estas diferencias. Por mi parte pienso que, si bien la posmodernidad “podría” alumbrar algunas instituciones globales inicialmente viables (p. ej., de carácter cultural o científico), la inmediata adición del consumismo y el individualismo acabarían destruyéndolas. Es fácil imaginar instituciones mundiales favorables a unos Derechos Humanos auténticamente universales; lo difícil es llevarlas a la práctica.

 

Crítica del pensamiento líquido

El pensamiento líquido es una reacción contra el neoliberalismo y el egoísmo de los conglomerados que dominan la economía global; es más, es una forma de responder a la modernidad que, desde su punto de vista, nos hace depender de un aparato político inútil y contraproducente (estatalización), de unos modos de producción absurdos y antiecológicos (industrialización) y de un sistema que es incapaz de proporcionar libertades reales a la población (pensamiento social).

 

Individualismo

Centremos la atención en el individualismo. La posmodernidad lo impulsa a la vista del fracaso de las grandes instituciones tradicionales a la hora de proporcionarnos la vida satisfactoria que ofrecían.

El matrimonio y la familia han perdido su solidez; la libertad de empresa ya no crea trabajo sino fabrica -literalmente- robots; la democracia se ha demostrado manipulable; etc.

Frente a ello, el individualismo consumista ofrece a las nuevas generaciones un espejismo atractivo: es posible maximizar la retribución propia mediante la explotación interesada de las instituciones comunes. El problema es que ese tipo de comportamiento -el oportunismo egoísta- acabaría destruyendo las mismas instituciones.

 

Igualdad de estatus

En su obra póstuma (“Retrotopía” Paidos, Barcelona, 2017, 172 pgs), Bauman afirma que, tras haberse demostrado ilusorio el proyecto racionalista de autoemancipación colectiva, lo que procede es ir hacia atrás, retroceder, y explorar a través del diálogo las posibilidades que ofrece una auténtica “igualdad de estatus“, capaz de sustentar la cooperación entre los seres humanos cuando dejen de hacerlo las decadentes instituciones actuales.

El dilema está bien planteado, pero mal resuelto. Una “igualdad de estatus” modesta, con una distribución “bastante” igualitaria del poder político, es un objetivo difícil de alcanzar, pero plausible; una igualdad de estatus radical, generalizada y absoluta es una de tantas utopías que forjamos los seres humanos. De donde resulta que, mientras las instituciones del Estado de Derecho actual nos proporcionan una igualdad de estatus relativa pero razonable, sería absurdo iniciar la búsqueda de una nueva utopía de alcance global y soporte individualista, que construiría una igualdad de estatus absoluta para todos. Tal es, al menos, mi opinión, que someto gustoso al debate que pueda surgir.

 

c) Tres visiones del futuro.

Seguidamente presento tres obras estimulantes del debate, lo que no significa que no haya otras, sino que las características de este libro me obligan a limitar su número. También posibilitan un diálogo electrónico “autor-lector” al que gustosamente me ofrezco para compartir bibliografía.

 

Castells

Manuel Castells, en su libro Ruptura. La crisis de la democracia liberal (Alianza Editorial, Madrid 2017, 124 pgs) sintetiza magníficamente la cuestión. Su tesis es que la crisis de la democracia liberal es muy profunda, hasta el punto de afirmar que “nuestro extraordinario desarrollo tecnológico está en contradicción con nuestro subdesarrollo político y ético“. Para él se trata de una crisis planetaria, que las instituciones son incapaces de afrontar; textualmente:

[Se refiere a los cambios políticos que piden un relevo institucional] “Cuales son las formas de esa nueva política? … ¿cuál es ese nuevo orden que necesariamente debe existir y reemplazar a lo que se muere? […] ¿cuál es la alternativa?; ¿dónde están esas instituciones dignas de la confianza de nuestra representación?” (pgs. 120-121).

Sin confianza en las instituciones existentes, Castells acaba enfrentándose a la globalización o, más exactamente, a la crisis democrática global, tratando de reconstruir “de arriba abajo el tejido de nuestras vidas” (pg. 122). Es la tesitura de la posmodernidad en estado puro: “la modernidad nos ha engañado: ¡recomencemos desde cero!”. En sus propias palabras:

[podríamos] “configurar un caos creativo en el que aprendamos a fluir con la vida el lugar de apresarla en burocracias y programarla en algoritmos. Dada nuestra experiencia histórica, tal vez aprender a vivir en el caos no sea tan nocivo como conformarse a la disciplina de un orden” (pg.122).

En la misma línea, pero más moderado, Esteve plantea la redefinición de las funciones del Estado, tesis también rupturista, aunque menos radical. Lo hace en La nueva relación entre Estado y Sociedad (Pons, Madrid, 2013, 205 pgs.), de lectura fácil y recomendable, incluso aunque no se compartan sus conclusiones.

 

Huemer

Michael Huemer publicó en 2013 su libro El problema de la autoridad política (trad. esp. Deusto, Barcelona, 2019, 693 pgs), subtitulado “Un ensayo sobre el derecho a la coacción por parte del Estado y sobre el deber de la obediencia por parte de los ciudadanos”. Su punto de partida es que “lo que denominamos autoridad política es un espejismo”, posición desde la que llega fácilmente a los postulados del anarcocapitalismo, o si se prefiere, anarcoliberalismo, actuales.

Estas tendencias difieren radicalmente del anarquismo tradicional, en cuanto aceptan la propiedad y seguridad de personas y bienes, aunque confían su consecución a técnicas de gestión privada, rechazando la coacción por el Estado. También las diferencia su carácter no revolucionario y su aceptación del proceso de abolición del Estado como algo paulatino; en palabras de Huemer;

Es conveniente abordar la abolición del Estado mediante un método gradual que permita desarrollarse a las nuevas organizaciones a tiempo que las entidades estatales van menguando” (pg. 626)

Su postulada demolición del Estado se sustenta sobre una base innegable, como es el desmesurado crecimiento del aparato estatal y su excesivo intervencionismo, materias en las que coincido con él. La cuestión es si de ahí se deriva necesariamente su desaparición. Así, por ejemplo, es totalmente cierto que, como afirma:

Nadie tiene derecho a aplicar por la fuerza normas inútiles o contraproducentes, ni medidas orientadas a fines de menor interés” (pg. 203)

Pero la desaparición del Estado suprimiría también su posibilidad de imponer “medidas acertadas y justas para impedir situaciones gravemente perjudiciales”, que él mismo le reconoce y cuya pérdida nos dejaría inermes ante las inevitables crisis futuras.

Las bases de su pensamiento son plausibles. Cuando critica tanto el socialismo utópico como el estatalismo utópico, o cuando denuncia la imposibilidad de que en las democracias actuales los votantes dediquen suficiente tiempo y esfuerzo a informarse de los asuntos colectivos, hay mucho de razón en lo que dice; no obstante, su propuesta de “anarquismo realista”, de advenimiento gradual, no acaba de convencer: es tan utópica como las alternativas que rechaza.

Su radicalismo, además, a mi juicio es excesivo. El hecho de que la ampare en el rotundo postulado “Los seres humanos son egoístas, no sociópatas” no la convalida. De todas maneras, para mayor ilustración del lector, resumiré su pensamiento con uno de sus párrafos finales:

“Es razonable pensar que el mundo adoptará la anarquía a su debido tiempo. La transición más verosímil se producirá a partir de una sociedad democrática que evolucione paulatinamente hacia el anarcocapitalismo gracias a la externalización gradual de las tareas del Estado en empresas en régimen de competencia” (pg. 648) (las tareas a que se refiere son seguridad, justicia, fuerzas armadas, legislación y otras del mismo tenor).

 

Acemoglu y Robinson

Acemoglu y Robinson son los conocidos autores de Por qué fracasan lo países, quienes, es su reciente libro El pasillo estrecho. Estados, sociedades y como alcanzar la libertad (trad. esp. Deusto, Barcelona 2019, 672 pgs), parten de que: “para que la libertad surja y florezca, tanto el Estado como la Sociedad deben ser fuertes“.

 

Énfasis en la cooperación

El pasillo estrecho (“the narrow corridor“) discurre entre el estatismo y el liberalismo, y, en él, Estado y Sociedad no se enfrentan sino cooperan y se equilibran entre sí. El adjetivo “estrecho” es fundamental porque:

“La libertad es un proceso. Hay que recorrer un largo camino en el pasillo antes de que la violencia se controle, las leyes se escriban y se impongan, y los Estados empiecen a proporcionar servicios a sus ciudadanos. Es un proceso porque el Estado y sus élites deben aprender a vivir con las cadenas que les impone la sociedad y diferentes sectores de la sociedad tienen que aprender a trabajar juntos a pesar de sus diferencias. No se trata de una hazaña fácil”. (pg. 16)

Va de suyo que, en su posición favorable al equilibrio mutuo entre el Estado y la Sociedad, las instituciones juegan un papel determinante. Para hacer la historia corta, diré que al considerar el tránsito de la Europa medieval hacia el Estado moderno por su propio “pasillo estrecho”, es decir, al comentar un hecho histórico bien conocido y constatado, estos autores explican:

Las instituciones de las tribus germánicas, en especial los Francos, eran participativas y de abajo arriba, y, al fusionarse con las tradiciones legales burocráticas y centralizadoras del decaído Imperio Romano, forjaron un equilibrio de poder único entre el Estado y la Sociedad, que permitió un ejercicio del poder de los nuevos reinos Francos bastante razonable (Texto extractado de la pg. 53. Para el contexto, véanse los capítulos 6º y 7º de este estudio).

Ni que decirlo tiene: todo el tratamiento dado por estos autores a la necesidad de mantener el “Leviatan” estatal debidamente “encadenado” es incompatible con la idea de desmontar los equilibrios de las instituciones actuales, sea para dar fluidez al pensamiento líquido postulado por Castells o buscando la acracia que nos ofrece Huemer.

 

Una conclusión razonable

Por eso, cuando al final de su trabajo Acemoglu y Robinson defienden los derechos fundamentales como guía para el mantenimiento del Estado en el pasillo estrecho bajo la vigilancia de la Sociedad, hay que estar de acuerdo con ellos en su conclusión de que:

Probablemente no exista ningún atajo que lleve a un mejor desarrollo de nuestras vidas desechando las actuales instituciones que ligan a los Estados y sociedades reales, y optando por nuevas instituciones supranacionales o transversales pretendidamente “globales”. Y, si alguna vez llegan a nacer, tendrán que hacerlo con un esfuerzo igual, sino mayor, al costoso desenvolvimiento de las que actualmente disponemos”.

De ahí mi inclinación personal a este camino, expuesta en mis últimos trabajos publicados (Fundamentos de Derecho Público (2011) y Límites del Estado (2019), a los que me remito in toto. En cualquier caso, insisto, esta opinión es una más, que -como suele decirse en Derecho- gustosamente someto a cualquier otra mejor fundada, surgida de un debate abierto, riguroso y esclarecedor.

 

 

 

 

Juan Miguel de la Cuétara Martínez

Catedrático de Derecho administrativo