barcelona-11-septiembre

Cataluña a distancia

Incluso los catalanes que hemos vivido mucho tiempo fuera de Cataluña, vemos lo que ahí ocurre de forma distinta si volvemos a instalarnos en una de sus ciudades. Por ejemplo, cualquiera que se adentre en la Cataluña interior y pase unos días en alguno de sus pueblecitos, el paisaje urbano que verá estará adornado de esteladas (la bandera independentista) y de jóvenes musulmanes y musulmanas perfectamente reconocibles por su atuendo. El resto, por lo general, son personas mayores que sobrepasan la cincuentena. A lo largo de muchos años se prefirió favorecer este tipo de inmigración –la procedente del norte de África o de Paquistán- que la hispana, por la sectaria razón de que no venían con el español aprendido, lo cual perjudicaba la implantación del catalán. La lengua, pues, en Cataluña ha sido y es uno de los símbolos distintivos del nacionalismo. Desde el origen del catalanismo, con Almirall, fue el elemento aglutinador para proclamar el “hecho diferencial” catalán. Un hecho diferencial que, culturalmente, parece más empobrecedor que otra cosa. El catalán, aislado, por más ayudas oficiales que tenga, se irá empobreciendo.

Pero esto que acabo de explicar –opinión personalísima- como tantas otras cosas se ven de un modo en Cataluña y, de otro, en el resto de España, especialmente en Madrid. Sólo de esta forma puede comprenderse el erróneo análisis que ha hecho el ex presidente Aznar a través de la fundación FAES. Mientras la línea política se marcó desde ahí, el Partido Popular erró siempre en su análisis sobre Cataluña. Fue equivocada la apuesta por la línea dura preconizada en la primera mitad de los noventa por Vidal Quadras; y equivocada fue la línea entreguista al pujolismo preconizada y aglutinada por los hermanos Fernández –y asumida por Aznar, no o olvidemos- de la segunda mitad de los noventa. El resultado ha sido una catastrófica comprensión del “hecho diferencial” catalán en los quince años siguientes, tanto con Aznar como presidente del Gobierno, como con Rajoy, jefe de la oposición, primero, y luego presidente, también, del Gobierno. Y ha pasado lo obvio: dentro del PP, salvo alguna excepción, no entendieron, hasta ahora, nada de nada sobre lo que se estaba cociendo en Cataluña.

En estos últimos días, frente a esa imagen de una presidenta del Parlament acompañada por un grupo de manifestantes portadores de banderas independentistas, camino del Tribunal de Justicia, hay esa otra del PP y el PSOE que parece que han llegado a un acuerdo sobre los límites de la reforma constitucional. Esa nueva etapa de diálogo, pues, en cuestiones que son las que de verdad importan, como la financiación, la educación, o la lengua, que parece que se ha inaugurado en esta época de pactos y de coaliciones, colocará al independentismo en el lugar del que nunca debió salir. Que hoy la política catalana dependa de un partido como la CUP para poder seguir adelante con la reivindicación secesionista resulta patético.

El referéndum, convertido en una especie de cajón de sastre reivindicativo, ya sea en su modalidad vinculante o consultiva, no sólo no es una panacea democrática, sino que puede llegar a ser la antesala de el autoritarismo. Primero porque, en el caso de que el resultado sea ajustado, excluye para siempre a la mitad de una población que pretende otra cosa. Segundo, por su irreversibilidad; si es vinculante, a diferencia de unas elecciones legislativas o presidenciales, no tiene marcha atrás. Y, tercero, porque no es posible, con un sí o un no, resumir una política con consecuencias llenas de matices. Junto al tema del referéndum, hay otra cosa que también se ven de forma distinta en Cataluña y en el resto de España. En Cataluña no se dan cuenta del profundo anticatalanismo que se ha ido incubando en cualquier lugar de España; o quizás algunos se han dado demasiada cuenta en Cataluña y lo han ido alimentando. Hace unos años ser catalán era un signo de respeto. (Es posible que, cualquiera que fuese el partido que gobernase, no se enterasen o no querían enterarse de lo que estaba pasando durante el cuarto de siglo de gobierno de Pujol).

Una cosa es predicar y otra dar trigo. No es lo mismo ver que vivir. Parece mentira que tan pocos kilómetros, con AVE por medio que nos une, haga tan distintas la formas de ver las cosas en Cataluña y en el resto de España.

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El nuevo clima (político) en Cataluña

No es sólo una metáfora. La realidad es que, no se si por eso del cambio climático o por el efecto del “niño”, estamos disfrutando en la cuenca mediterránea nororiental una especie de primavera que llena las terrazas de todas las ciudades y pueblos costeros, especialmente las de la muy turística Barcelona. El clima navideño es este año cálido y, si a esto se suma que la situación económica resulta algo más alegre, al menos para una buena parte de los ciudadanos, el resultado es que se presentan unas fiestas más distendidas que las de otros años. Personalmente echo en falta algo más de Navidad en estos días, o sea que además de luces, árboles y flores, se conmemore, también, el nacimiento del cristianismo, la religión a la que nos sentimos vinculados desde su nacimiento hace algo más de dos mil años, unos mil millones de personas.

Y ha cambiado, así mismo, perceptiblemente el clima político en Cataluña. Se venía repitiendo de forma insistente desde hacía años. Si el gobierno modificaba su prepotente actitud, tendrían que cambiar los desafíos y arrebatos de las instituciones catalanas. Con el nuevo gobierno y la política de pactos -PP/Ciudadanos y PP/PSOE- en materia económica y educacional, se ha inaugurado un nuevo modelo de relaciones entre el Estado y el Estado autónomo catalán. No nos engañemos; el problema más serio que tiene España, y como consecuencia de ello Cataluña, es como incardinar en una leal colaboración económica y constitucional, las instituciones catalanas en las de España. De momento los gestos del presidente Rajoy, de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría y del delegado del Gobierno, Enric Millo, van por el camino adecuado. Y las prudentes respuestas de los gobernantes catalanes, también. Los gestos son ahora muy importantes.

El efecto Urcullu se ha dejado sentir en Cataluña y La Vanguardia, un diario que configura y encuadra a buena parte de la política catalana de cualquier tendencia, tanto trasversal como verticalmente, lo ha aireado conveniente y convincentemente. La independencia de un territorio de España, por ejemplo el País Vasco, no es posible, viene a decir Urcullu, en el actual escenario político internacional, y mucho menos si lo circunscribimos al europeo. Y lo mismo puede decirse de un territorio aunque cuatro veces y media mayor, como Cataluña, que depende de España y de Europa casi al cien por cien. ¿Con quién se aliaría una Cataluña independiente? ¿Con Rusia? No se puede negar que el sentimiento independentista está bastante arraigado en unos dos millones de habitantes de los siete que tiene el territorio catalán. Pero la política no es asunto de sentimientos sino de realidades.

Rajoy ha expresado que de los 46 puntos reivindicativos que le plantearon, todos son negociables, excepto uno: el referéndum. Y en esto somos muchos los catalanes que coincidimos con el presidente, aunque lo que nos cuesta comprender, y se lo advirtieron por todas partes y desde todos los ángulos políticos en Cataluña, es el porqué de la inacción y la estrategia judicial que se ha seguido todos estos años, si se sabía de antemano que por esa vía no se iba a ningún lado. Bien al contrario, el efecto inmediato ha sido el enrarecimiento del clima político, la crispación en las relaciones personales, el enfrentamiento en suma. O sea nada bueno.  Ahora va a ser difícil, mas posible, corregir el rumbo.

En La Vanguardia de hace unos días, su antiguo director y asiduo colaborador, Lluis Foix, recordaba una conferencia que este año había pronunciado uno de los padres de la Constitución, Miguel Herrero de Miñón, sobre su vigencia y escenarios de modificación. Está claro que los cambios radicales, como el que hace poco fracasó estrepitosamente en Italia, tienen mala presentación. Herrero proponía, de momento y para tratar de encauzar las reivindicaciones catalanas, una sola enmienda que posibilitase que Cataluña gozase de un sistema de financiación similar al de los vascos y navarros. Es decir, una enmienda que se añadiría como “Disposición Adicional Quinta”, para lo cual y de acuerdo con el artículo 167 de la Constitución, ni siquiera sería necesario someter la reforma a referéndum. Lo que sí precisaría es un amplio acuerdo. Ahora, quizás como en pocos momentos a lo largo de estos cuarenta años de historia constitucional, tenemos la posibilidad de llegar a consensos de este tipo y volver a caminar juntos por la senda constitucional.

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Diario de Barcelona: Tarradellas, Maragall y Pujol

Estos días en Cataluña, en el resto de España y en todo el mundo no se habla de otra cosa: ¡Trump es el nuevo presidente de los Estados Unidos! Y a continuación viene la pregunta obligada: ¿Y qué va a hacer? De momento no lo sabe nadie o casi nadie y es probable que ni él mismo lo sepa. Llegar a un lugar tan importante no es fácil, mas si uno acierta en encontrar el punto de intersección entre lo que la gente quiere con lo que uno ofrece, es posible llegar. Quienes han logrado a lo largo de la historia encaramarse a puestos relevantes ha sido por eso, porque supieron dar con ese punto. Ahora bien, una vez se ha llegado a la cima, muchísimo más difícil que la subida es la bajada. (Prueben de subir y de bajar una montaña difícil…)  Ya en la tragedia griega se decía que lo importante no era cómo se entraba en escena sino el modo de salir de ella.

En estos vuelcos inesperados que está ofreciendo la política hay quien por aquí en Cataluña dice que primero fue el Brexit, que luego ha sido la llegada de Trump y que el siguiente bombazo será la secesión de Cataluña. El independentismo se agarra a lo que sea para seguir soñando, cueste lo que cueste. Se ha de conseguir. Pero, ¿qué es lo que quedará de todo esto? ¿Independencia para qué, nos preguntábamos hace unas semanas? ¿Cómo saldrán de la escena estos personajes que ahora están sentados en el Olimpo de la política? ¿Qué se recordará de Mas, de Forcadell, de Junqueras o de Puigdemont?  ¿Cómo dejaron la política algunos de nuestros más prominentes personajes de la vida pública?

De Tarradellas se recordará que, contra viento y marea, supo perseverar y guardar el legado de la Generalitat en el exilio. Con tesón consiguió que fuese restaurada y creó un embrión de estructura de estado autónomo catalán dentro de lo que viene en denominarse el estado de las autonomías. Se recordará de él su lealtad a Cataluña, a la Constitución, a la Monarquía –que allanó el camino para la restauración de las instituciones catalanas- y a España.

De Maragall se recordará el vuelco que supo darle a la ciudad de Barcelona tras el tirón que supuso el ser sede olímpica en 1992. Hay un antes y un después en la ciudad de Barcelona desde 1992, aunque ahora pretendan quitarle los nombres de las plazas al Rey Juan Carlos o la cita de Samaranch en un busto que él mismo donó. Maragall quedará en la historia de nuestra ciudad como el alcalde que la engrandeció en la segunda mitad del siglo XX.

De Pujol, ¿qué quedará? Se que es una pregunta que él se hace constantemente y que le preocupa. No es para menos. Cómo quedará mi figura en la historia de Cataluña, pregunta a sus contertulios y les pone los ejemplos de Tarradellas y de Maragall, que ya tienen por derecho propio un lugar en la historia de Cataluña. La respuesta merecería una meditación. Meditemos, pues. Qué fue de la Banca Catalana; de la Generalitat que Pujol heredó, leal al Estado y de incipientes y prosperas instituciones, ¿qué quedó?; esa ética que predicaba, ¿dónde está?; ¿qué fue de todo aquello que ahora se dilucida en la Audiencia Nacional? Quizás sea prematuro aventurar un juicio. Hubo un momento que Pujol, presidente de la Generalitat, tuvo la confianza de una inmensa mayoría de catalanes y el respeto de casi todos los españoles. Sus herederos políticos, de momento, se van repartido la herencia, a un lado o a otro, a pedazos y sin saber a dónde dirigirse. Veremos cómo termina todo esto y cómo sale Pujol de la escena. Bueno, de momento Pujol ya ha salido de la escena. Nadie le pidió que se fuera. Se marchó el mismo dando un portazo. Un portazo de tal magnitud que, de momento, ha dejado el escenario tambaleándose. Afortunadamente todavía nos quedan en el imaginario catalán figuras como Tarradellas o Maragall; y para los nostálgicos del franquismo, figuras como Samaranch que supieron mudar de piel con dignidad.

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Diario de Barcelona: Todo el pescado vendido

O, lo que significa lo mismo pero en culto: alea jacta est. Una opinión dejó en este blog escrito que el tema aburre, pues todo lo que podía decirse sobre Cataluña ya ha sido dicho. Y tiene razón. En mi última entrega planteaba una cuestión que ahora me parece fundamental: la claridad. Con el nuevo gobierno de Rajoy la respuesta al órdago del Govern y de la mayoría del Parlament, es clara: negociaremos todo lo que pueda negociarse, o sea cuestiones económicas o de lengua, pero no negociaremos la unidad de España. En pocas palabras: no habrá referéndum, ni consultivo ni decisorio. En todo caso, y dependiendo de cual sea el alcance de la reforma constitucional, habrá un referéndum en toda España y, entonces, ahí se verá cuál es el apoyo que tiene la Constitución de 1978 reformada en 2017 o 2018, en cada parte de España. Por parte de las instituciones del Estado central la respuesta, pues, es clara. Rajoy siempre ha dicho que él es previsible. Y desde luego que lo es. Su gobierno no contiene ninguna sorpresa.

Desde Cataluña la cuestión no está tan clara. Aquí Madrid se ve muy lejos. Creo que desde las instituciones autonómicas no se tiene ni idea del poder del Estado. Y, además, a la gran mayoría de catalanes les repugna –y no me apeo del verbo- estar en manos de la CUP. Pero lo toleran. Es una repugnancia tolerable. Son buenos chicos, dicen. Unos utópicos, pero buenos chicos al cabo. En sus filas –y también en la Esquerra Republicana- se han refugiado, incluso, algunos antiguos militantes del Moviment de la Terra o de Terra Lliure, aquellos “chicos” que ponían bombas en el pecho. Bueno, pero eso fue hace muchos años; ahora son buenos chicos, dicen. La CUP es nuestro Bildu, con la diferencia que aquí el equivalente al PNV se ha deshecho y ahora se debate en si proseguir por la senda constitucional o intentar dinamitarla.

Hay una solución, muy difícil pero posible: que impere la cordura. Los primeros pasos estarán en manos de la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Saenz de Santamaría, la cual ya movió algunas fichas, en sentido positivo, con anterioridad a las segundas elecciones. Ahora las grandes opiniones sobre lo que es o lo que debe ser España, Cataluña, etc. habría que dejarlo de lado y sentarse a discutir cuestiones particulares: financiación, sanidad, lengua, educación, infraestructuras. Y de este modo es probable que puedan llegar a entenderse las instituciones catalanas y las del Estado. Sobre los grandes temas ya no merece la pena seguir opinando, a no ser que todo esto acabe en desastre. Intentaré, en el futuro, centrarme en lo particular pues de lo general ya hemos hablado demasiado.

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Diario de Barcelona: De la Constitución a la Constitución

Ya hay gobierno. Hemos dejado atrás la interinidad, lo del gobierno en funciones. No voy a insistir en los problemas a los que ahora se enfrenta, nos enfrentamos, para ser más precisos nuestro país, o sea todos los españoles. La cuestión del referéndum para decidir lo que quieren los catalanes, lo que queremos, será una de los temas prioritarios que van a plantearse. Presumiblemente, el presidente Rajoy recibirá al president de la Generalitat, Puigdemont, e intercambiarán opiniones y, es de suponer, se cuenten mutuamente sus planes futuros. La sinceridad, en estos momentos, será esencial: saber lo que va a hacer cada uno para conocer sus consecuencias. Si el resultado de estas conversaciones es que el president de la Generalitat sigue en su órdago de referéndum sí o sí; y el presidente del gobierno de España en enviar todas las decisiones que tome el parlament o el govern de Catalunya a los tribunales, sinceramente estaríamos apañados.

Confiemos que los necesarios acuerdos para poder gobernar con el PSOE-PSC y Ciudadanos, den su fruto. Lo vuelvo a repetir: un referéndum, incluso con carácter consultivo, sólo en Catalunya, constituiría un grave error político que ninguno de los tres partidos exigirá. Hay que mirar más lejos. Y sólo hay una forma de contemplar un futuro institucional más a largo plazo y sosegadamente: el planteamiento de una profunda reforma constitucional en la que sea posible un modelo de estado plurinacional. Los socialistas proponen el modelo federal, los populares y C´s el actual modelo constitucional más o menos uniforme, los nacionalistas proponen, según los momentos, independencia, federación, confederación, estado plurinacional, etc. Si fue posible en 1978, con el franquismo todavía muy vivo, sacar adelante una Constitución en la que se reconocían las nacionalidades y regiones, no veo porqué ahora no puede ser posible el acuerdo para la reforma de la Constitución de 1978.

Un acuerdo es un pacto en el que todos ceden. La Comisión Constitucional del Congreso de los Diputados será, quizás, la más importante en esta legislatura que ya ha comenzado. Si se llega a un consenso en la reforma constitucional habrá que someterla a referéndum, como en 1978. Y ahí sabremos que grado de apoyo tiene esta Constitución, enmendada, en Cataluña o el País Vasco. El resultado será decisorio, no consultivo. Y aplicable a toda España. Quizás esta hoja de ruta no la acepten los independentistas catalanes, pero entonces se quedarán solos y aislados. Mas para llevar la política por este camino, complejo y factible, se necesita voluntad y un presidente que tenga decisión para ello. ¿La tiene Rajoy?

Mariano Rajoy es un hombre educado y tranquilo. Y, lo que es más importante, es el presidente del Gobierno, nos guste o no. Le cuesta tomar decisiones. Prefiere instalarse en el mundo de las tautologías: lo que tenga que pasar, pasará; trabajar da mucho trabajo; si usted cree que gobernar es fácil, pues no, es muy difícil; España es España, etc. Algunas no son reproducciones exactas, pero el sentido es el mismo. Ya no es posible seguir gobernando como lo ha hecho estos cinco últimos años, cuatro de mayoría absoluta y uno en funciones. Ni la oposición podrá ejercerse como antes, a no ser que se caiga en la red de Podemos, en la cual se juega otro partido pero no es el de la democracia formal.

A mi me gusta el liberalismo reformista de Harold Laski que fue presidente del partido laborista británico. Me impactó en la universidad. Y no he cambiado desde entonces. Advertía que las dificultades económicas del capitalismo podría traer consigo la destrucción de la democracia. E insistía en la importancia de la división de poderes y del cumplimiento de la ley. De todo esto no estoy seguro que Podemos y sus seguidores estén de acuerdo. Al menos no todos ellos. Los independentistas catalanes hace tiempo que van, también, por otra ruta. Ni que decir de los de Bildu u otras marginalidades. Pero el resto, incluido el nacionalismo vasco del PNV, no ponen en duda la legalidad constitucional. Y sólo a partir de ella y de la Constitución será posible cambiar las cosas. En la Transición fuimos de la Ley a la Ley. Ahora debemos caminar de la Constitución a la Constitución.

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Diario de Barcelona: Independencia ¿Para qué?

El problema político más importante que deberá afrontar el nuevo gobierno que presida Rajoy será el planteado en Cataluña con el asunto del referéndum por la independencia que reclaman con insistencia desde las instituciones catalanas, tanto el presidente de la Generalitat como la presidenta del Parlament, apoyados por una mayoría, mínima pero mayoritaria, de diputados catalanes. Ahora bien, ¿existe voluntad política de afrontar el problema o se seguirá remitiendo las decisiones del Parlament o del Govern de la Generalitat a los tribunales, a través de la fiscalía general del Estado? Ahora hay un nuevo escenario y quizás el presidente del Gobierno español se vea obligado a tomar alguna iniciativa a no ser que se tenga la intención de acudir a las urnas, nuevamente, en poco más de un año.

Todos los partidos, incluido el PP, han apuntado la necesidad de una reforma constitucional, aunque con distinta intensidad. Las tres cuestiones más importantes que deberá afronta esa reforma, además de otras, serán: la configuración territorial de España y su financiación; la reforma del Título IVde la Constitución para que se prevea una salida rápida a la interinidad cuando no sea posible, por un partido o coalición de partidos, obtener una mayoría absoluta; y, por último, la cuestión de la sucesión a la Corona. Centrémonos, pues, en lo que nos ocupa en este “diario”, principalmente: Cataluña.

Si la reforma constitucional reconociese lo que ya es una realidad, o sea la existencia de naciones dentro del Estado español, de un estado federal como propone mayoritariamente el PSOE y se contempla con dificultan en el PP; alternativa que los independentistas, sean catalanes, vascos o gallegos, es probable que no acepten, pero que sin gustar demasiado podría ser viable, entonces gran parte del problema quedaría resuelto. Al menos para el próximo cuarto de siglo. Esa reforma, amplia, de la Constitución tendrá que someterse a referéndum de todos los españoles. Y es en ese referéndum en el que deberán centrarse tanto el gobierno como los partidos para que la reforma constitucional prospere, reforma que podría llevar aparejado el reconocimiento de la nación catalana.

Si el gobierno afronta esta cuestión tan importante como ha hecho en estos cinco últimos años, cuatro de ellos con mayoría absoluta, poniéndose de perfil y no haciendo nada, la bola de nieve independentista ira creciendo. Si se ofrece una alternativa, apoyada mayoritariamente por los partidos, fruto del consenso, el secesionismo volverá al sitio de donde nunca hubiese debido salir: un lugar minoritario en el escenario político y social de catalanes y vascos.La única explicación de por qué el independentismo, ruinoso e imposible para Cataluña, goce de tanto apoyo, es el desprecio –o, en el mejor de los casos, el escaso aprecio- con el que los gobiernos del PP han tratado los problemas de Cataluña, quizás el motor, junto a Madrid, más poderoso de la economía española. El PP ha sido como ese perro que mordía la mano que le daba de comer, hasta que la mano se hartó.

Hasta hace pocos años (menos de cinco) no hubo un sentimiento independentista en Cataluña, salvo en una minoría. Ahora, en cambio, es un sentimiento bastante generalizado. El tiempo de las grandes ensoñaciones nacionales, aquél en el que unos cuantos mandaban a los pueblos a morir por la patria, una patria en la que los pueblos no se sentían reconocidos, ha pasado. ¿Pudo ser Cataluña una nación independiente? Quizás. ¿Cuándo? Hay opiniones para todos los gustos. Pero eso son elucubraciones que carecen de sentido. Lo que pudo haber sido y no ha sido, es una abstracción y, por lo tanto, un absurdo, escribía el poeta Elliot. Independencia, ¿para qué?, ¿para vivir peor?, ¿para estar más aislados?, ¿para quedarnos fuera de Europa? Mas si en el gobierno de España continúa con esa miopía política de la que, encima, alardea, al final no será posible encauzar una solución aceptable y duradera. El sentimiento independentista, aunque sólo sea eso, un sentimiento, irá creciendo sin remedio.

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Diario de Barcelona: El Principe carlista y los orígenes del nacionalismo.

Hace unos días tuvo lugar en Barcelona, en el monasterio de Santa Ana, un acontecimiento insólito: Carlos Javier y Ana María de Borbón-Parma y Orange-Nassau, hijo -y esposa- de Carlos-Hugo de Borbón-Parma y de la princesa Irene de Holanda (Orange-Nassau), presentaron en público al heredero del carlismo y pretendiente de la Corona de España. Estas cosas solo pasan en Cataluña o en Navarra. Como procedo de una familia de tradición carlista –mi abuelo, Bartomeu Trias i Comas había sido diputado por Vic en 1918, Senador por Gerona en 1920 y por Barcelona en 1923, por la Comunión Tradicionalista- cuando Carlos-Hugo se trasladó a España en el año 1979 para presentarse a las elecciones generales, le traté durante unos meses junto a la princesa Irene, su mujer, y su hermana María Teresa. Me parecieron personas inteligentes, muy cultas y, sobre todo, imaginativas. Pateamos Navarrra de Norte a Sur y de Este a Oeste. Trataban inclinar el carlismo hacia un partido socialista y moderno. Era una rara combinación. Tan rara que fracasó en las elecciones generales de 1979 y Carlos Hugo ya no volvió a presentarse como candidato. En cambio, muchos militantes carlistas navarros de entonces terminaron en Navarra en Herri Batasuna; y los de Cataluña, o sus herederos, hoy pueblan las filas del independentismo.

Gran parte de esa ansia secesionista de Cataluña y de Navarra o del País Vasco –ya se que me dirán que no una a unos y otros- hay que situarla en esa defensa de los fueros con las armas durante las tres guerras carlistas que asolaron España durante el siglo XIX. Desde luego hay muchos otros ingredientes,  pero esos, los ingredientes más conservadores, mamados en las ubres del carlismo, fueron muy importantes. El historiador Jesús Pabón fija los elementos esenciales de los orígenes del catalanismo, de donde surgió el nacionalismo, en estos cuatro: 1º El proteccionismo económico. 2º El federalismo político en su doble vertiente, la de Pi y Maragall y la del particularismo –preferentemente catalán- de Valentí Almirall. 3º El tradicionalismo, con la recuperación del romanticismo (Duran i Bas, en lo jurídico; Balmes y Torras i Bages en lo religioso; y Esterlic en lo intelectual). Y, 4º El renacimiento cultural basado en la recuperación de la lengua que, según Pabón, “constituye la raíz más honda y más vieja del catalanismo”. Francesc Macià, siendo teniente-coronel participó junto a carlistas y federalistas, por ejemplo, en el movimiento Solidaritat Catalana.

Nada es por casualidad. Los desencuentros vienen de muy lejos, casi dos siglos en los que el catalanismo incipiente del XIX se convirtió en nacionalismo radical en la Segunda República, y tras los cuarenta años de franquismo, volvió a resurgir en su doble vertiente, la catalanista y nacionalista de Tarradellas, Unió, la Lliga y parte de Convergencia, sin cuestionar la unidad estatal de España; y la nacionalista de la otra parte de Covergencia y la Esquerra cuya meta última era, sencillamente, la secesión. Se echa en falta un debate sosegado sobre las consecuencias de esta hipotética secesión. Si fuese posible ese debate, con cifras, datos, estadísticas, no con falsedades, cifras trucadas o sentimientos, gran parte de los secesionistas, de aquellos que creen lo que se les dice sin una base crítica, se quedarían espantados de las consecuencias que esa secesión traería consigo. Si en Gran Bretaña se hubiese explicado, sobre todo a los jóvenes, las verdaderas consecuencias del BREXIT, habrían votado en masa en lugar de quedarse cómodamente en sus casas esperando que otros decidiesen por ellos.

Jhon Donne, el poeta metafísico inglés de principios del XVII, escribió unas meditaciones que bien vale la pena traer aquí, pues como anillo al dedo como anillo al dedo, encaja con lo que está pasando en Gran Bretaña, lo que ocurre en Cataluña y en España, y lo que puede ocurrir si determinados populismos aislacionistas triunfasen en el mundo. Una meditación que invita a la reflexión: “No man is an island, entire of itself; every man is a piece of the continent, a part of the main. If a clod be washed away by the sea, Europe is the less, as well as if a promontory were, as well as if a manor of thy friend´s or of thine own were: any man´s death diminishes me, because I am involved in mankind, and therefore never send to know for whom the bells tolls; it tolls for thee”. (Ningún hombre es una isla, autosuficiente. Cada hombre es un trozo del continente, una parte del todo. Si el mar se llevara un pedazo de tierra, Europa quedaría disminuida, del mismo modo que si fuera un promontorio o la hacienda de tus amigos o la tuya propia: la muerte de cualquier hombre me disminuye, pues formo parte de la humanidad. Por lo tanto, nunca preguntes por quién tañen las campanas. Tañen por ti. Traducción libre mía, perfectamente mejorable)

¿Queremos ser más pequeños, vivir con menos referencias, ser más pobres? Sigamos caminando hacia no se sabe dónde, como ese centenar de carlistas que asistieron en el monasterio de Santa Ana a la solemne y exótica presentación real, algo que probablemente ni la familia Borbón-Parma y Orange-Nassau, educada en la modernidad, puede creer sin sonrojarse. ¿Queremos ser grandes, formar parte de una cultura hispánica amplia en la que la lengua y la nacionalidad catalana tenga su pleno desarrollo, queremos seguir creciendo en riqueza en un mundo globalizado y, sobre todo, queremos seguir en paz? Busquemos, entonces, puntos de coincidencia y las sinergias vendrán, nuevamente, por añadidura. Hasta hace pocos años los catalanes éramos respetados en España. Ahora comienza a percibirse un cierto hartazgo. Es posible que el gobierno, hasta el día de hoy, no haya hecho nada, absolutamente nada, excepto enviar los problemas políticos planteados en Cataluña a los tribunales. Pero me temo que, aunque la actitud fuese otra, aunque en el futuro el gobierno de España buscase una solución que no fuese el referéndum sí o sí, la del gobierno de la Generalitat y la de su Parlament, mayoritariamente secesionista, no cambiaría. La Meditación XVII de John Donne sería un buen punto de partida antes de empezar a hablar. Quizás.

barcelona-11-septiembre

Diario de Barcelona: “Som i serem gent catalana”

Uno de los símbolos de la independencia catalana es esta hermosa letra de la sardana “La santa espina”, obra del poeta Ángel Guimerà y música pegadiza –como la de casi todas las sardanas- de Enric Morera.Guimerá nació en Tenerife, de madre canaria, y padre catalán. Cosmopolita, amante de ambas tierras, nunca se le pasó por la cabeza lo de la independencia de Cataluña. Su nombre, a instancia de la Academia Sueca, fue propuesto para el Nóbel de literatura. Morera, amigo de Albeniz y de Rusiñol, fue un músico también cosmopolita, ejemplo vivo de lo que se ha venido en denominar “catalanismo musical”. Si mis datos no son erróneos, tampoco pensó en la independencia. Ambos amaban demasiado a su tierra como para empobrecerla desgajándola de España. Una España que, con todos sus defectos, florecía en la etapa de la restauración monárquica regida bajo la Constitución liberal de 1876.

Durante la Dictadura de Primo de Rivera, en 1924, el gobernador civil de Barcelona prohibió “La Santa Espina” por considerarla subversiva y haberla convertido en “himno representativo de odiosas ideas y criminales aspiraciones”, o sea la independencia. Estuvo prohibida, también, durante el franquismo. Y en 1983, en una parada militar en El Pardo, siendo ministro el catalán Narcis Serra, la interpretó la Guardia Real, ante el Rey y los miembros de las comisiones de defensa del Congreso y el Senado.

Con esta introducción voy a meterme en el saludable debate del que son objeto mis opiniones vertidas en este blog, con algunas intervenciones muy superiores, en rigor y calidad, a las mías. Y lo digo sin falsa modestia. Gracias. Hay varios bloques en los que podrían agruparse los comentarios que se publican en este apasionado –y apasionante- blog. Veamos: 1º El sentimiento de nacionalidad. 2º Las referencias históricas y los agravios. 3º La financiación de Cataluña. Y 4º El referéndum. Antes de meterme en harina, les recuerdo la letra de la Santa Espina:

“Som i serem gent catalana/ tant si es volcom si no es vol,/ que no hi ha terramés ufana/ sota la capa del sol.” (Somos y seremos catalanes/ tanto si se quiere como si no,/ pues no hay tierra más ufana/ bajo la capa del sol)

1º El sentimiento de pertenencia a una Nación. Los sentimientos tienen una gran dosis de irracionalidad, a veces no pueden siquiera explicarse. Desde la época de la Cataluña condal, el rechazo al poder central, ya fuese el poder del Monarca aragonés afincado en Barcelona o a la Monarquía absoluta centralizada en la Corte o, con el nacimiento de las naciones, el rechazo al poder español de Madrid, es una constante indiscutible. Un rechazo que en algunas épocas se torna en bienestar. Eso de los 300 años de opresión es una de las falsedades más gruesas que pueden escucharse. Si no fuese porque han calado hondo, produciría hilaridad. Por ejemplo, a los pocos decenios de consolidarse los Borbones en el Trono español, la intelectualidad más señera de Cataluña opinaba, entre otras cosas, que España, hasta la llegada de los Borbones era “un cuerpo cadavérico, sin espíritu ni fuerzas para sentir su misma debilidad” (Capmany y en el mismo sentido Dou –primer presidente de las Cortes en Cádiz- y Finestres). Ahora bien, ahora es cierto que una buena parte de catalanes no sólo no se siente española sino que rechaza de forma acrítica –sobre todo en la Cataluña rural o interior- la pertenencia a España.

2º Referencias históricas y agravios. Es inútil adentrarse en un análisis histórico de la “nacionalidad catalana” pues habría argumentos para todos los gustos. Quiero recordar que el historiador FerranSoldevila entabla en su monumental “Historia de Catalunya” (Barcelona, 1962) una agria discusión con Vicente Ferrer (San Vicente Ferrer) a causa del resultado del Compromiso de Caspe ( Caspe, 1412). Pero conviene ser riguroso, al menos escribir con un mínimo de rigor. Y sobre todo no acalorarse demasiado. Y mucho menos llegar al insulto y la descalificación.  Es inadmisible que se califiquen las decisiones del TC de “ilegales e inmorales” (sic). Serán más o menos acertadas, según como le afecte a cada uno, pero acusar a sus miembros con descalificaciones así raya en lo calumnioso. En otro orden de cosas, se debate también el tema de los “derechos históricos” de los territorios. A ellos se refiere la Constitución y el Estatuto de Cataluña, que forma parte del llamado “bloque de constitucionalidad” (Art. 28 LOTC y, entre otras STC 147/92). Aunque pensemos que de derechos solo gozan los individuos.

3º La financiación de Cataluña. El acudir a lugares comunes, como ese del agravio de los 16.000 millones, ya fue desmontado con contundencia por Josep Borrell, tanto en su análisis “Las cuentas y los cuentos de la independencia” (2015) como por el Conseller de Economía, el profesor Mas Colell. Ambos, con distintas ópticas ya se había referido a la falta de rigor de esa cifra. ¿Concierto u otra forma de financiación específica para Cataluña? Eso requeriría un estudio que se escapa de la finalidad de este blog, aunque podríamos proponer un “Estudio” patrocinado por la Fundación “Hay Derecho?”… Supongo que se necesitará algo de financiación (directa y sin concierto) para llevarlo a cabo. Merecería la pena.

Lo de que la Seguridad Social, las autopistas sin barreras, el Eje Mediterráneo, un sistema educativo ejemplar, etc., etc., se conseguiría sin demora una vez obtenida la independencia no merece la pena contra argumentarse pues esas afirmaciones carecen de rigor. Es lo que se denomina en la jerga anglosajona “wistfulthinking” (pensamiento ilusorio).

4º El Referéndum. Constitucionalmente y con determinados requisitos, el gobierno tiene capacidad y competencia legal para promover un  referéndum consultivo  en un solo territorio para asuntos que considere trascendentes. En Cataluña, por ejemplo, para consultar a sus ciudadanos sobre la conveniencia o no de la secesión de España. Ni el Parlament de Catalunya, ni el govern de la Generalitat, tienen, en cambio, competencia para ello. Se trata, pues, de una decisión política. Lo que ha resultado exasperante a lo largo de estos cinco años pasados ha sido la inactividad política del presidente del Gobierno; y la falta de responsabilidad política de los dirigentes de la Generalitat de Catalunya. Se ha perdido un tiempo precioso en el que Rajoy ha actuado, como lo dice –o decía- con abierta naturalidad, al igual que los juncos ante los huracanes. Y, no se olvide, la meteorología política de Cataluña, anuncia vientos huracanados.

En fin, “som i serem gent catalana”, pero de momento la mayoría de los catalanes queremos seguir siendo españoles. Y con buena voluntad, si el presidente Rajoy se decide a hacer política, el porcentaje aumentará.

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Diario de Barcelona: el Concierto catalán

¿Por  qué hay ahora un conflicto importante en Cataluña con la cuestión de la independencia y, en cambio, no lo hay en Euskadi? Pues que existe un conflicto en Cataluña –premisa mayor- creo que no lo pone nadie en duda. Un conflicto que “parece” no tener solución. Y escribo “parece” entre comillas porque creo que sí tiene una salida. Pero esa salida precisa de un gobierno y de unos partidos nacionales fuertes y unidos –por más voces discrepantes que eleven el tono de su voz- y por una Generalitat –Parlament y Govern- que esté dispuesta a transitar por puentes y no por lanzarse a las procelosas aguas de un río muy peligroso y no navegable. Hurguemos en la memoria y trasladémonos al año 2003 que es cuando se alza Maragall y el PSC con la presidencia de la Generalitat, aupado con el apoyo de Esquerra Republicana que entonces lideraba Josep Lluis Carod Rovira.

En ese momento, con los datos que el presidir un gobierno ofrece, Maragall y sus asesores llegan a la conclusión que el sistema de financiación catalán depende, esencialmente, de los vaivenes políticos de los dos grandes partidos nacionales, o sea PP y PSOE. Cuando estos partidos tienen mayoría absoluta y no necesitan a los partidos nacionalistas para gobernar les atornillan con el dinero. Eso lo hace el PP con Aznar y luego con Rajoy hasta la exasperación en 2000 y 2011. Mas cuando obtienen mayorías relativas, el PSOE en 1993, 2004  y  2008 o el PP en 1996, todo va razonablemente bien pues el gobierno del Estado hace concesiones que satisfacen a los nacionalistas catalanes. Y vascos, no lo olvidemos.

Maragall no encontró interlocutor en Aznar. Es cierto también que en 2003 organizaron lo del cordón sanitario para aislar al PP en Cataluña y, de paso, quitarle el gobierno en España, como así ocurrió. Pero hubo mucha cortedad de miras en ese gobierno presidido entonces por Aznar. Con Zapatero, abierta la brecha secesionista, se negoció el nuevo Estatuto que hubo que adaptar a las sucesivas sentencias del TC, resultado de varias demandas de inconstitucionalidad interpuestas, una de ellas por el PP. Artur Mas se hace con la presidencia de la Generalitat en 2010 y la suerte de Zapatero ya está echada. Al ganar Rajoy las elecciones en noviembre de 2011, hizo oídos sordos a lo que con un sistema de financiación adecuado habrían aceptado tantos y tantos catalanes que hasta entonces nunca se les había ocurrido pensar en la independencia, y muchos de ellos se lanzarn a la calle pidiendo “¡independencia!” Pero el problema de Cataluña es, esencialmente, económico.  Para ser más precisos, de financiación. A algunos les parecerá mezquino, pero es así y así hay que resolverlo.

Cuando se discutió la Constitución y el Estatuto pudieron haber elegido los negociadores catalanes el sistema de financiación de “concierto” o parecido. Pero al parecer Pujol, entonces, no estuvo por esa labor. Ya le iba bien el sistema de reivindicación y agravio  permanentes. Y sobre todo, cuando les necesitaban para gobernar España, pues se convertían en “la clau” (la llave), lo cual se demostró con creces en los gobiernos de mayorías relativas del PSOE y del PP. Nadie pone en duda, y menos que nadie las leyes constitucionales, que Cataluña es un territorio “histórico” con “derechos históricos” como establece la Constitución. En el Estatuto catalán de 2006, versión consolidada de acuerdo con los FJ 10 de la STC 31/2010, de 28 de junio; y el FJ 4 de la STC 137/2010, de 16 de diciembre, se refiere, nada menos que al autogobierno de Cataluña que “se fundamenta también en los derecho históricos del pueblo catalán, que el presente Estatuto incorpora y actualiza al amparo del artículo 2, la disposición transitoria segunda y otros preceptos de la Constitución, de los que deriva una posición singular de la Generalitat en relación con el derecho civil, la lengua, la cultura, la proyección de estas en el ámbito educativo, y el sistema institucional en que se organiza la Generalitat”. En redacción más simplificada ya se decía, más o menos lo mismo, en el Estatuto de Sau de 1979.

¿Y con esto se arreglaría el “problema catalán”? Pues me inclino a pensar que si no del todo, bastante, bastante, sí. Siempre habrá irredentos, sentimentalistas o esta versión anarquista siglo XXI que es la CUP. Por motivos diversos, todos respetables, preferirían tener un territorio independiente aunque fuese inviable económicamente y arruinase a sus ciudadanos, que pertenecer a un Estado mediano pero culturalmente poderoso, como es España. Ahora bien, una vez conseguida una financiación aceptable, vendría después el momento de la gran verdad: con una administración gestionada como la que hubo en Cataluña –salvo honrosas excepciones- en estos casi cuarenta años, elefantiásica y despilfarradora, sería imposible salir adelante. En esto, quizás, podríamos aprender, otra vez, de los vascos. Su territorio y habitantes son mucho mas pequeños, es cierto; pero nadie pone en duda la eficacia de su gobierno. Si un día Cataluña tiene un concierto, cupo incluido, con el Estado, para que suene bien ese concierto, habrá que afinar muchísimo los instrumentos. Por ahí va la solución. No por un referéndum que todos sabemos va a ser inviable y que chirría por todas partes pues pretende interpretarse sin instrumentos.

 

Diario de Barcelona: Cataluña y el efecto Urkullu

Iñigo Urkullu ha dado una lección de sensatez y de cómo, en este siglo XXI puede conjugarse el nacionalismo vasco o catalán sin romper España. España, un Estado que, pese al gobierno, funciona bastante bien; incluso sin él. Primero en La Vanguardia, luego en El País y, por último, en El Mundo, Urkullu ha dicho lo mismo que repite una y otra vez en Euskadi y que se resume en esto: “La unilateralidad no es el camino, Europa no lo aceptaría”. Y ha ido más lejos: “Pensar en un Estado vasco independiente es hoy una quimera”. Los socialistas o populares podrían afirmar lo mismo y no sería noticia. Pero que lo afirme el presidente del PNV y Lendakari, sí lo es. Una gran noticia de primera página.

En Cataluña, en cambio, vivimos desde hace unos años instalados en la quimera. No hay argumentos que avalen que con un Estado independiente los catalanes fuésemos más prósperos, más ricos y, en suma, más felices. Por el contrario, nos empobreceríamos en todos los órdenes –económica, social y culturalmente- y, además, quedaríamos fuera del proyecto europeo en un momento en el que prácticamente la totalidad de la legislación aplicable en España, y en Cataluña como es lógico, procede de trasposiciones europeas. En Euskadi, tras la catastrófica gestión de Ibarretxe, el PNV perdió el poder a manos de Patxi López, socialista. Volvió a recuperarlo con Urkullu al cabo de casi cuatro años. Urkullu es un político que no tiene doble lenguaje y que dice lo mismo en Bilbao, Álava, Madrid, Sevilla o Barcelona. Lo mismo que su antecesor en la presidencia del PNV, hoy consejero delegado de Repsol, Josu Jon Imaz. Entre ambos, Urkullu e Imaz han sabido articular un discurso político y económico bueno para el País Vasco y, como consecuencia de ello, bueno para España.

Hace años, cuando el presidente de la Generalitat de Catalunya, Jordi Pujol, dejaba verse por Madrid en foros, almuerzos, entrevistas y conferencias, los políticos y empresarios capitalinos con quienes compartía andanzas, no importaba de que partido fuesen, solían quedarse muy tranquilos. “¡Que hombre más sensato!, ¡ojala tuviésemos un político así en Madrid!, ¡ya podrían aprender los vascos de cómo se hacen las cosas en Cataluña!” –decían los contertulios madrileños. Nadie se paraba a escuchar lo que este mismo Pujol contaba en los pueblos y ciudades de Cataluña que recorría un día sí y otro también, incluidos domingos y festivos, y en donde proclamaba las excelencias de la independencia. Mientras tanto arañaba una competencia detrás de otra aunque quedasen casi siempre los cabos sueltos de cómo se iban a financiar tantos traspasos. Y el famoso 3 %, ese que se atrevió a insinuar Pascual Maragall siendo president de la Generalitat, campaba libremente. Se decía entonces, con la boca chica, pues a nadie le interesaba destapar la olla de la corrupción, que la corrupción que por esos años asolaba al PSOE, era un juego de niños comparada con la que había en Cataluña. Pero nadie quería verlo. Bueno, casi nadie.

Luego vinieron años felices y dorados para España. Y llegado el PP al gobierno, que prometió un programa de regeneración moral e institucional, se selló la alianza con los nacionalistas de CiU. Se trabajaba bien con ellos, al menos por lo que en mi experiencia como diputado puedo certificar. Parecía que, por fin habíamos conjugado bien los verbos españoles y catalanes. Todo se vino al traste con la mayoría absoluta del PP en el año 2000. Ahí comenzaron los desencuentros y la corrupción rampante en los gobiernos autónomos del PP y entre sus filas. España iba para arriba y nadie se ocupaba de las minucias de esta o aquella prebenda. Pero vino el 2007 y cada mes que pasaba cientos de miles de trabajadores –muchos de las clases medias- iban engrosando las filas del paro. La historia es de sobras conocida. Cuando llegó Rajoy al Gobierno, con mayoría absoluta en 2011, los tres principales problemas que tuvo, la corrupción, Cataluña y el económico, el primero lo despachó achacando el problema a “los grandes titulares” (sic) por los pocos casos de corrupción; el otro, Cataluña, colocándose de perfil esperando que el huracán amainase; y el tercer problema, el del rescate, sí supo afrontarlo porque no tenía que hacer nada: sólo seguir las instrucciones que le daba Bruselas.

En Cataluña, en lugar de intentar empujar del carro para que no se despeñe, el independentismo lo ha colocado al borde del precipicio. No se si Puigdemont será un Urkullu. Me temo que no. Ni tampoco se ve ningún Imaz, químico de profesión como Rubalcaba, en el horizonte. Cataluña se ha poblado de Ibarretxes que no saben a dónde van y que utilizan un lenguaje poblado de falsedades. A veces bienintencionadas, pero falsedades al cabo. Tampoco existe ya una burguesía fuerte capaz de alzarse con la dirección de las instituciones y de desmontar tanta mentira. Y en España al frente del gobierno hay un presidente que no hace política. Aun así, ante este desolador panorama, vislumbro un rayo de esperanza al menos por lo que al “problema catalán” se refiere. La Vanguardia, que es el termómetro inconfundible de por dónde sopla el viento en nuestra tierra, ha arrinconado el independentismo a espacios más marginales. Hoy, las grandes portadas la ocupan mensajes como los de Urkullu. Su efecto parece imparable.

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Diario de Barcelona: mucha gente pidiendo independencia y el junco encallado

Mientras en el País Vasco –que durante decenios vivió un ambiente irrespirable en sus calles- quienes quieren la independencia no llegan al 30 %, en Cataluña, que durante esos mismo decenios se vendía como “un oasis”, están casi en el 50 %. Y mientras todas las decisiones del gobierno de la Generalitat terminan en los tribunales de justicia, el gobierno de España no es capaz de tomar una sola iniciativa política. Toda su política consiste en decir algo así como: “Esto no va conmigo, que decida el TSJC o el Tribunal Constitucional”. Ahora el gobierno se escuda en que está “en funciones”, mas antes de las elecciones del 20 de diciembre de 2015, que era un gobierno que gobernaba con mayoría absoluta, hacía lo mismo: de correo hacia los tribunales. Rajoy opina que eso de hacer política no sirve para nada. “Cuando el viento sopla a tu favor, todo va bien. Cuando sopla en contra, hay que inclinarse como el junco, aguardando que amaine el temporal”. Esto es lo que piensa de la política el estratega santiagués.

Antes de contarles mi impresión sobre lo que pasó el día de la Diada catalana, les aclaro –sobre todo a lectores suspicaces- que creo que sería un monumental error convocar un referéndum, aunque mayor error es no hacer nada; y que en política lo peor es sucumbir en la indiferencia. Hay cuatro análisis que me interesa destacar sobre este último 11 de septiembre de Cataluña. Tres se han publicado en La Vanguardia y uno en El Confidencial. El primero es el editorial de ese periódico que en Cataluña se lee en todas partes. Se llama “El capital cívico de la Diada”, y destaca sobre todo eso, el civismo en el que cada año se desarrolla, aunque señala algo más: “España no estaría ahora bloqueada si en Madrid no se hubiese caído en el error del quietismo”; ¿porqué?, pues aún con tanta gente solicitando la independencia, la sociedad catalana está dividida, no hay mayoría social en Cataluña. Y concluye el editorial diciendo que si bien “no hay mayoría social en Cataluña para el rupturismo unilateral, tampoco hay mayoría política en España para un Gobierno numantino”.

Los otros tres análisis tienen firma. El primero, del 13 de septiembre, también en La Vanguardia, es de Miquel Roca Junyent. Se refiere a la enorme cantidad de gente que hubo en la manifestación, aunque fuese menor que la del año pasado. Roca insiste en la necesidad de hablar, de tender puentes entre unos y otros, pero su artículo rezuma escepticismo pues él sabe que con los actuales actores políticos va a ser muy difícil dialogar. Va más allá Lluis Foix, que dirigió durante años La Vanguardia, en su análisis que llama “El relato y su hegemonía”. Escribe sobre los nuevos conceptos que han ido afincándose en el relato político catalán. Ahora ya no se habla del derecho a decidir sino directamente de independencia. Y se reclama una república catalana. Se sostiene que eso no costará nada y que en Europa se recibiría esa república con los brazos abiertos. No se atiende ya a lo que dicen los expertos y Foix se remite al editorial de The Economist: “La confianza popular en la opinión de los expertos y en las instituciones arraigadas se ha derrumbado en las democracias occidentales”. Joan Tapia, que también dirigió La Vanguardia antes que Foix, en El Confidencial recuerda la deriva independentista, inexistente hasta hace pocos años, que ha ido creciendo día a día desde la sentencia del TC sobre el Estatut de Catalunya.

El junco ha quedado encallado por la corrupción de su propio partido y el independentismo catalán. Su suerte, que le acompaña desde que se alzó con la presidencia del partido merced al dedazo de Aznar y luego con la presidencia del gobierno como resultado de la incompetencia de Zapatero, parece que ha llegado al final. Antonio Elorza recordaba en El País que ahora lo que está en juego no es un cambio de régimen sino la propia supervivencia de España o sea el Estado mismo. Ante una oposición inexistente, Mariano Rajoy, si fuese un patriota y no un partitócrata, felicitaría que otro miembro de su partido pudiese ser capaz de formar un gobierno capaz de afrontar el problema catalán, por un lado; y, por otro, con la firme decisión de limpiar de escoria el PP. Parece un mal sueño que en el PP, lleno de gente competente y con ideas, no sea nadie capaz de alzarse con una voz bien construida y discrepante del inmovilismo de Rajoy que está llevando a España a la asfixia.

Si nos metamos en unas terceras elecciones, de dudosa constitucionalidad, el descrédito de España irá en aumento. Mientras tanto en Cataluña se navegará como si España ya no existiera, con un gobierno en funciones o con un gobierno presidido por una persona políticamente desacreditada, incapaz de tomar una sola iniciativa política. Y el agujero de la corrupción irá socavando cada vez más al único partido que ha sido capaz de concentrar una mayoría social aceptable. Frente a este panorama, el independentismo cada vez se verá más fortalecido.

 

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Diario de Barcelona: aquel 11 de septiembre

 El 11 de septiembre se recuerda por el brutal ataque a las torres gemelas de Nueva York y al Pentágono. También por el golpe de estado de Pinochet en Chile que sacudió al mundo y movilizó a la izquierda. Y en 1714 cayó la ciudad de Barcelona y entraron las tropas borbónicas en la ciudad dando fin a una guerra de sucesión a la corona de España que había comenzado en 1700 a la muerte del Rey Carlos II. Ya es mala suerte esa coincidencia de fechas, diría Chiquito de la Calzada, levantando la pierna, moviendo las manos y dando un giro a su cuerpo para mandarlo en dirección contraria.

Carlos II murió el 1 de Noviembre de 1700 y su testamento, obra del cardenal Portocarrero, abrió la guerra de sucesión a la Corona de España, una de las más poderosas del mundo entonces. Duro casi catorce años hasta la firma del tratado de Utrech en 1713. Felipe V no cumplió el testamento de su antecesor que ordenaba acatar las “leyes, fueros, constituciones y costumbres” de sus reinos. Impuso una nueva planta judicial y modernizó la Corte –que era como se llamaba al Estado de entonces. Como ya hemos recordado en anteriores comentarios, después Cataluña obtuvo grandes ventajas de la nueva situación pues se le abrió todo el mercado peninsular, primero, y luego el de América. Pero la historia se escribe como cada uno quiere; y se conmemoran los acontecimientos según la singular apreciación de quien tiene el poder. Hoy, el 11 de Septiembre se conmemora, desde 1976, la caída de Barcelona, la derrota en suma, y el nacimiento de la “nación catalana”.

Recuerdo muy bien la primera “Diada Nacional de Catalunya”, la de 1976, que se celebró en Sant Boi, donde se encuentran los restos mortales de Rafael de Casanovas, Conseller en Cap –el equivalente a President de la Generalitat- de la ciudad que fue herido en las batallas finales pero que terminó sus días ejerciendo la profesión de abogado reconocido por todos, en 1743 o sea al cabo de veintinueve años. Formé parte de la comisión negociadora para discutir con el Gobernador Civil los términos de la autorización. Desde entonces han pasado, nada menos, que 39 Diadas. Este año conmemoramos la 40. Desde aquel 11 de Septiembre, festivo y generoso, a los últimos, independentistas y separadores, va todo un recorrido de abandonos, políticas a corto plazo, falta de entendimiento, incomprensión de los “hechos nacionales” por parte de los gobiernos centrales, utilización de la lengua como hecho separador, etcétera. Todo lo cual ha convertido a Cataluña en algo que sería casi irreconocible si la miramos con los ojos de entonces.

Ahora, o nos sumergimos en la nostalgia o intentamos llegar a algún punto de encuentro, unos y otros. Eso no será posible mientras el presidente del gobierno sea Rajoy. ¿Por qué? Pues porque ha demostrado a lo largo de sus años de gobierno que carece de una sola idea política. Su única idea política es la anti idea: la resistencia; el haber llegado a un sitio y mantenerse en el a toda costa. Todos los partidos políticos representados en el Congreso de los Diputados, coincidamos o no con ellos, tienen unas determinadas ideas políticas y, en el tema concreto catalán, saben más o menos lo que quieren. El único partido que carece de una idea con respecto a Cataluña es el Partido Popular. Y cuando desde sus filas alguien ha intentado ofrecer unas cuantas líneas de actuación, fue barrido. El último que lo intentó fue Piqué; después vino ya el desierto de ideas en el que está sumido el PP que lo único que ha sabido hacer, al menos en Cataluña, ha sido montar un sistema de espionaje, primero con Sánchez Camacho y luego a través de la oficina antifraude en conexión con el ministerio del Interior para hundir la sanidad catalana. Todo ello muy ejemplar.

Heredé de mi madre una novela histórica que se publicó en 1926 y cuya lectura recomiendo porque el rigor histórico es notable. Nada que ver con Galdós, pero yo no la pude dejar y leí los catorce volúmenes de corrido. Alguno de los personajes está bien caracterizado. Bien escrita, en un estilo florido, al que te acostumbras rápidamente. La serie se llama “Las guerras fratricidas” y el autor es Alfonso Danvila. Ahí puede comprobarse que el llamado “problema catalán” no es de ahora. Y ahora, lo que fue útil en 1978 ahora ya no lo es. En el País Vasco, con el sistema del cupo, prácticamente consiguieron la independencia. En Cataluña, de momento, no se ha sabido negociar un sistema de financiación satisfactorio. De nada sirve soliviantarse, enrojecerse de ira o contestar insultando, como hace algún lector, cuando se formulan afirmaciones como ésta. Guste o disguste, en Cataluña existe un sentimiento generalizado de injusticia que atraviesa transversalmente todos los partidos, incluido el PP. Es demasiada ciudad Barcelona como para considerarla una ciudad de provincias. Y mientras no se enfrenten los problemas con decisión e ideas claras, el encontronazo será mayor. Como decía el lúcido editor, amigo y prematuramente fallecido Jaume Vallcorba todos los actores de este drama parecen caminar “endavant, endavant, sense ideas i sense plan.”

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Diario de Barcelona: La partición de España

Mientras en el Congreso de los Diputados, que según la Constitución representa la soberanía nacional, se intenta infructuosamente formar un gobierno que dirija la política –y el presupuesto- de todos los españoles, o sea su bienestar, el Parlament de Catalunya trata de sacar adelante un proceso cuya consecuencia final sea la partición de España. En el Congreso nadie tiene, de momento, la mayoría suficiente para poder formar gobierno. Y en el Parlament, los diputados sí tienen la mayoría suficiente en escaños para iniciar ese dramático –pues estamos hablando de un drama- proceso, pero les falta un buen puñado de votos populares para constituirse en mayoría popular. Los catalanes han preferido mayoritariamente permanecer al lado de España, mas eso es una opinión que puede cambiar, como los votos, en cualquier momento. Y, para acabarlo de complicar, sus representantes opinan lo contrario.

Quienes conocen las leyes y los mecanismos, a veces sutiles, del derecho, tienen las ideas claras. Solamente, según la Constitución, representan la soberanía nacional los diputados del Congreso. Los diputados del Parlament de Catalunya, como los del resto de parlamentos autonómicos, representan los intereses de la Comunidad, región o nacionalidad, según se digan. Mas según el artículo 55.1 del Estatut de Catalunya de 2006, el Parlament de Catalunya representa también –y no es poco- al pueblo catalán. Ese pueblo, representado por su parlamento, se habría pronunciado por la independencia, se argumenta. Seamos claros: por la partición de España.

Pero el Estatut también dice que uno de los principios por los que se rige es el de la lealtad institucional. Y, además, la Constitución es la norma suprema de todos los españoles y es superior en rango al Estatut. Y, en cualquier caso y en el supuesto de conflicto, será el Tribunal Constitucional quien deba decidir lo que es la Constitución y lo que no es.Lo que es ser leal o desleal, en términos constitucionales. Son la única voz autorizada para interpretarla y hacerla cumplir. Bien. Así las cosas, el llamado gráficamente choque de trenes está garantizado. ¿Alguien se imagina a un grupo de policías deteniendo a la presidenta del Parlament de Catalunya? A mi me resulta difícil imaginarlo. Mucho menos una situación como la que provocó la intervención del general Batet –tío abuelo de la diputada socialista MaritxelBatet- en la plaza de Sant Jaume en 1934. ¿Entonces? ¿Qué hacer?

De momento, al margen de unas cuantas palabras, Rajoy no ha hecho nada. En fin, nada, nada, tampoco. Ha habido guerra sucia orquestada desde las cloacas del ministerio del Interior. Guerra sucia que ha hecho aflorar mucha mierda –perdonen la expresión- que estaba como empantanada sin que se acabase de desbordar hasta que lo hizo con el caso Pujol y luego a través de las escuchas en el despacho del ministro del Interior. No ha habido ninguna política. Y sí mas de una sucia acción que ha tintado de sospechas al presidente y a su entorno.

Desde el partido socialista, por otra parte, empujado por el PSC, se predica acerca de las bondades del federalismo; y si ese federalismo es asimétrico, mejor. Y desde el resto de partidos, a excepción del PP y de Ciudadanos, se intenta capear el temporal como buenamente se puede, o sea muy mal. Ciudadanos representa la resistencia y de ahí no se mueven. Los del PP se han aferrado a las viejas banderas, impasibles al ademán, o a entretenerse escuchando al vecindario.

Cuando ustedes, lectores y amigos compatriotas españoles, nos preguntan a los catalanes que también queremos seguir siendo españoles, qué es lo que pasa aquende el Ebro, como si nuestras montañas, ríos, valles y praderas fuesen un Pakistán desgajado de la India, la verdad es que llega un momento que no sabemos que responder porque no tenemos explicación razonable. A lo sumo, les repetimos eso que nos dicen nuestros parientes independentistas: se trata de un sentimiento; y contra los sentimientos es imposible combatir. Estamos, pues, ante un drama sentimental. Ocurre como con el amor. Si nos enamoramos de una persona que a nosotros nos parece la mas hermosa o guapo del mundo, ya nos pueden decir lo que sea, que nos seguirá pareciendo su belleza y hermosura muy superior a la Venus o la de Apolo. Pues eso pasa con Catalunya, así, con “ny” en lugar de “ñ”. Que a una buena parte de catalanes les parece tan hermosa, tan singular, tan llena de mar y de montañas, tan “rica i plena”, que para nada necesita a España.

A finales del siglo XVIII y durante una buena parte del XIX, la intelectualidad catalana se sentía tan a gusto de ser española que incluso decían que no entendían como antes no lo habían visto. Dou –primer presidente de las Cortes en Cádiz-, Finestres o Campmany, lo más granado de la intelectualidad catalana de entonces eso decían. Lógico. Primero, después del cuarto decreto de Nueva Planta, a los catalanes se les abrió, sin fronteras, todo el mercado español; y, poco después, nada menos que la América hispana. Hasta finales del XIX no se deshizo el encanto. Fue la generación llamada del 98, arrastrada tras la pérdida de las colonias, la que empezó a proferir denuestos contra España. Cánovas, un poco antes, el gran Cánovas del Castillo ya había afirmado que se era español porque no se podía ser otra cosa. Y Ortega unos tres decenios más tarde opinaba que no había ni un solo periodo de la historia de España que pudiese ser admirado, ni siquiera el del emperador Carlos V. Y así fue creciendo en Cataluña la desafección hacia España y lo español.

Seguiré contándoles cómo se fue gestando y en el estado en el que se encuentra esta desafección que hoy parece irreversible. Serán ustedes mismos quienes juzguen si dan por buenas las premisas que iremos colocando y discutiendo. Al final del drama, seguro, todos llegaremos a la misma conclusión. ¿Cuál? Pues la de la inevitabilidad del choque de trenes. ¿Resultado?: Una catástrofe. No conozco un solo drama que haya terminado bien. Sólo después del conflicto y de la violencia que conlleva un conflicto, es posible llegar a un acuerdo. Y en Cataluña estamos al borde del conflicto. La única incógnita es conocer qué tipo de violencia se va a generar. Y en esto yo me mantengo optimista y creo que la sangre –literalmente- no llegará al Ebro.

 

Diario de Barcelona: Brexit y Catalexit

El Brexit ha tenido consecuencias en muchos otros lugares además de Gran Bretaña. En Cataluña, por ejemplo. Aquí, como en toda España, se vio primero con sorpresa, luego con estupor y, finalmente, con incertidumbre. La incertidumbre, en cualquier caso, es la tónica general de la política en todo el mundo, muy acusada en los países occidentales, acostumbrados a las certezas. En Catalunya solemos mirar y analizar, para contemplarnos, cualquier proceso secesionista que va apareciendo en nuestro entorno: Quebec, Bélgica, Checoslovaquia, Kósovo y, por último, Escocia. ¿Porqué no hacer un referéndum como ahí?, se preguntaban muchos.

Mas el resultado de la consulta escocesa dio negativo. Un poco más de la mitad de los escoceses no querían abandonar el Reino Unido. Y en un segundo referéndum, el del “Brexit”, salió que querían permanecer en la Unión Europea por abrumadora mayoría, de la cual se habrían salido si hubiese triunfado el sí a la secesión. Entonces aquí, en Cataluña, comenzaron las reflexiones. Quienes habían apostado por la desconexión con el Reino Unido, ahora querían quedarse en Europa para lo cual era condición indispensable que el Reino Unido permaneciese unido. Y, en cambio, los escoceses no podrían permanecer en la Unión Europea sin seguir, previamente, un tortuoso proceso: primero desconexión con el Reino Unido, para lo cual sería imprescindible otro referéndum, y luego petición y trámites para la incorporación a la Unión Europea. Años de camino por delante para volver al mismo sitio del que ahora van a salir. O sea, un pésimo negocio.

¿Es eso lo que queremos los catalanes cuando el parlament de Catalunya avala el plan de ruptura con el Estado, como ha ocurrido esta semana? En las últimas elecciones autonómicas, el 52 % de los catalanes ya se pronunció: no querían eso. Los partidos independentistas –Junts pel Sí y la CUP- sostuvieron que aquellas elecciones había que tomarlas como un plebiscito, pero como el plebiscito no les salió bien, se apuntan ahora a la aritmética parlamentaria. Lo ocurrido en el Reino Unido ha abierto los ojos a muchos catalanes que pensaban, en caso de plantearse un referéndum en España sobre el tema catalán, votar sí a la independencia como voto de castigo. “Todo el mundo”, sostenían, estaba convencido que saldría una negativa a esa desconexión catalana. ¿Porqué no tener valor y plantearlo como había hecho Cameron?  Sin embargo el resultado del “Brexit” puso aquí los pelos de punta. El escenario político ha cambiado completamente y lo que antes era blanco o negro, ahora se ha tornado en una gama de grises. Hoy, por ejemplo, un gobierno en España apuntalado por nacionalistas catalanes y vascos, como en 1993 y 1996, resulta inviable.

Si alguien quiere estar informado sobre lo que piensan los bienpensantes en Catalunya no tiene más que leer La Vanguardia, especialmente alguno de sus editoriales o a sus más emblemáticos colaboradores. El jueves pasado, el director de ese diario, Màrius Carol, comentaba en su columna “El riesgo de los atajos”, el plan de ruptura con España aprobado por el parlament de Catalunya. Concluía: “Catalunya es un país, pero no puede ser un sobresalto. Y ya no hay día sin vértigo”. Es cierto. No hay en el Estado un interlocutor legitimado para ofrecer alternativas políticas en Catalunya. España camina de momento a la deriva, sin gobierno y sin un plan político que sea aceptable o, al menos, comprensible, para Catalunya y los catalanes. En el mundo político capitalino parece que no se dan cuenta de lo que aquí está ocurriendo.

El Catalexit, de facto, ya se ha producido. Y además del sonsonete de que las leyes están para que se cumplan -¡obvio!- quizás habría que ofrecer otro tipo de respuestas; por ejemplo, una política que posibilitase la formación de un gobierno pactado y que llevase aparejado una serie de reformas para hacer más fluidas las relaciones bilaterales entre el gobierno de Catalunya y el del Estado. Carreras, en una columna en El País, solicitaba esa cultura del pacto, de democracia parlamentaria, sin la cual nuestro sistema constitucional va a salir muy mal parado. El independentismo catalán germinó, entre otras razones, porque todos los escritores de la generación del 98 sin excepción se regodeaban con las miserias de España. Para formar parte de un pueblo miserable preferimos ser los holandeses de España, sostenían los intelectuales catalanes. Ahora el problema es otro. Catalunya no puede seguir dependiendo de la arbitrariedad de la CUP. Y España no puede –mejor dicho, no debe- seguir sin gobierno y con casi todas las instituciones paralizadas. Entonces, en los albores del siglo pasado, fue un problema social, económico y cultural el que alejó a los catalanes de España. Hoy el alejamiento es político y de administración de las finanzas: de gobierno. España es un país rico y con enormes posibilidades. Y seguiremos siendo ricos si sabemos permanecer unidos respetando las diferencias. Sin política, en cambio, el “Catalexit” de facto está garantizado. Les recomiendo a los lectores airados de este blog –cuyos comentarios agradezco- para que perciban por sí mismos esto que escribo, que hagan alguna incursión por los pueblos costeros y del interior de Catalunya. Luego hablamos…

Nueva serie. Diario de Barcelona: ¿Todo está en el mismo sitio?

 

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Nuestro colaborador Jorge Trías está de vuelta en Barcelona, su ciudad natal. Nos ha parecido que sería interesante que nos fuera contando con una periodicidad semanal bajo el título “Diario de Barcelona”  como ha sido la vuelta y la situación desde el punto de vista del Estado de Derecho por allí.  Pero inevitablemente la primera pregunta es ¿como se ha llegado a esa situación?

Los editores

Después de una breve y fructífera estancia en el Ministerio de Justicia, me quedé a vivir en Madrid donde monté un despacho profesional. Corría el año 1981, poco después del golpe de estado. Presidía la Generalitat de Catalunya Jordi Pujol, quién  durante ese esperpéntico asalto llamó sobresaltado al Rey y éste  le calmó con un “tranquilo Jordi, tranquilo”.  Tras la corta presidencia de Calvo Sotelo los socialistas arrollaron en las elecciones de 1982 y gobernaron ininterrumpidamente hasta 1996. Su único contrapeso durante varios años fue el gobierno ecléctico de Jordi Pujol, que entonces lideraba Covergencia i Unió, y hacía y estructuraba y desestructuraba la administración catalana a sus anchas. Lo importante, decía el Presidente Pujol, solía repetir el Presidente Pujol, era ir arañando competencias, aunque estas fuesen mínimas y no se tuviese claro cómo costearlas. Y lo repetía hasta la saciedad, como si de una estrategia militar se tratara. Así se llegó a 1996, cuando los populares ganaron las elecciones por minoría y hubo que pactar con CiU del mismo modo que en el gobierno anterior lo había hecho Felipe González en 1993.

Las negociaciones, llevadas directamente por Aznar y Pujol, finalizaron con un acuerdo de gobierno estable con los nacionalistas catalanes al que se sumaron el PNV y Coalición Canaria. No sólo se suprimió la simbólica figura del gobernador civil sino que, incluso, el gobierno del PP se comprometió a transferir competencias que ni siquiera los nacionalistas habían pedido. En CiU estaban tan contentos que no daban crédito al terreno que iban consiguiendo. Y con el PNV se pactó un nuevo concierto económico, concierto que cuando fue aprobado por el Congreso de los Diputados llevó a un exultante Anasagasti a proferir, mientras descendíamos juntos las escaleras del congreso, “¡esto es la h…, Jorge,  es como haber conseguido la independencia”! Y era verdad, los nacionalistas vascos habían obtenido lo que querían: el control del dinero, o sea la independencia. Lo demás era accesorio perteneciendo, como pertenecíamos, a la Comunidad Europea en donde se establecía una política monetaria, exterior y de defensa común.

Es importante, recordar lo que ocurrió con la mayoría absoluta obtenida por el PP en la siguiente legislatura, la guerra de Irak, el triunfo de Zapatero y la negociación del nuevo estatuto de Catalunya. El PP se automarginó y los populares quedaron como apestados de la política en Catalunya. Gente tóxica. Las permanentes apelaciones de este partido al Tribunal Constitucional, en varias ocasiones perfectamente prescindibles, y el enfrentamiento directo entre el gobierno catalán y el español en la legislatura en la que Rajoy obtuvo mayoría absoluta, envenenaron la política española y la catalana. Y esto es lo que permitió al gobierno de Pujol, heredado por Artur Mas, introducir en el imaginario de todos (o al menos de los catalanes) que había dos gobiernos –el español y el catalán-. Los catalanes, sobre todo nacionalistas, entendieron que dos gobiernos representaban dos estados –el estado catalán y el español- y que ambos tenían derecho a  negociar en plano de igualdad. Pero, negociar ¿el qué? Pues el “tránsito hacia la independencia”, clamó Mas, la independencia de Catalunya; y no había nada más que hablar.

El gobierno español, con un presidente propenso a ponerse de perfil, también se puso de perfil. Y los líderes de los partidos comenzaron a imitar a Rajoy o sea a no hacer nada, a quedarse quietos. Y así aguantó toda la legislatura –de 2011 a 2015- hasta que Mas convocó elecciones y las ganó pero con tanta minoría que tuvo que dejar, in extremis, el sillón de President a quien hoy preside la Generalitat, el señor Puigdemont, con el fin de obtener los suficientes apoyos para poder gobernar. Con caras nuevas, antes de iniciarse la campaña electoral se consiguió desbloquear, al menos, el aislamiento entre el gobierno central y el autonómico y se pactaron varios acuerdos, algo que no había sido posible en los cuatro años anteriores.

Ahora se espera que el PP forme gobierno en España, a base de abstenciones ya que de otro modo parece imposible, entre las que probablemente se encuentre la del Partit Demócrata de Catalunya –la nueva Convergencia hija y nieta del pujolismo. Ellos –los antiguos convergentes- no han abandonado el independentismo, al que se sumaron abiertamente hace bien poco; y desde el gobierno que salga se harán concesiones económicas pero no convocarán el desde Catalunya tan demandado referéndum. Las experiencias de Escocia y el Brexit son lo suficientemente recientes que Mariano Rajoy, utilizando sus propias palabras, no se meterá “en ese lío”.

¿Y cómo se ha llegado hasta aquí, a una situación tan inviable –la independencia- y perjudicial económicamente para los catalanes, o sea para nosotros? ¿Son los sentimientos tan fuertes que estaríamos dispuestos a lanzar a nuestros hijos a luchas que les arruinarían la vida y les empobrecerían durante varias generaciones, por lo menos? Una cosa es predicar y otra dar trigo. Una cosa es tergiversar la realidad y lanzar un mantra como ese del robo español, o ese otro de los 16.000 millones o aquel de las balazas fiscales de Alemania, y otra muy distinta aceptar la realidad. Como ha demostrado Josep Borrell los 16.000 no llegan a 2.000 y aquí no hay expolios sino malos negociadores o, lo que es lo mismo, malos políticos; y que en Alemania no existe lo que se pretende desde el independentismo sobre las balanzas fiscales.

Esto es lo que trataré de averiguar ahora que he instalado mi residencia habitual en Barcelona, la ciudad en la que nací y me crié. ¡Es tan poca la distancia entre Madrid y Barcelona!Tengo curiosidad por ver si ejerciendo mi profesión desde aquí, mi perspectiva cambia. O si lo que parece que es distinto, el mar, el Tibidabo, los edificios construidos por mi tío abuelo (el arquitecto EnricSagnier), el magma urbano, a veces modernista, que se desborda entre el Besós y el Llobregat, Montjuico Mont Juïf, enfin, si todo eso y todo lo que contiene, catalanes viejos y nuevos, es realmente ajeno a Madrid. También entender si Barcelona es Catalunya o siCatalunya es otra, la hermana olvidada que ve el independentismo como una forma de imponerse a la hermana que globalmente brilla entre cruceros y turistas.

Esto es lo que iré desgranando semana tras semana.