Diario de Barcelona: Los ojos de la Transición

Pocas veces unos libros aparecen al unísono sobre un mismo tema desde ópticas distintas, pero en la misma dirección vital. Galaxia Gutenberg acaba de publicar dos obras que, además de estar muy bien escritas y de ser amenas, son como ojos para aquél que quiera ver lo que ha sido la Transición. Uno es el de Gregorio Marañón Bertrán de Lis, nieto del médico, escritor y político republicano (“Memorias de luz y niebla”); y el otro “Las transiciones de UCD” de Juan Antonio Ortega Díaz-Ambrona. Marañón es abogado y presidente del Teatro Real, coso operístico que ha convertido en templo indiscutible de la ópera española y mundial. Lo que ha sido Marañón Bertrán de Lis, cosido a lo que fue la Transición, viene a continuación. No se levanten. Y Juan Antonio Ortega sigue siendo, en la actualidad, letrado del Consejo de Estado y Consejero Electivo de ese alto órgano consultivo cuyo dictamen a veces se saltan los gobiernos porque no quieren conocer su docta opinión (no vaya a ser que no les guste). Ambas acusadas personalidades, además, son amigos entre sí desde su más tierna juventud, en esos años dorados de la universidad y de los primeros escarceos profesionales y políticos, en los que se forjan las grandes amistades.

La memoria que Gregorio Marañón nos va contando a través de los jalones de su vida pública y privada, que tampoco rehúye, de modo sutil y certero, lo hace desde la visión de lo que ahora viene en llamarse sociedad civil. Desde ahí nos cuenta cómo se puede influir decisivamente en la política, la cultura, el periodismo o en el modo de pensar -y de ayudar a pensar- de las personas. Marañón ha sido, pues, un hombre muy, muy influyente. Y lo sigue siendo. Fue su talante dialogante, siempre dispuesto a soportar los envites de la fortuna, incluso los desafíos de amigos cercanos, el que ha convertido a este abogado de vasta cultura, en una personalidad excepcional de la vida económica, social, jurídica, cultural y política española. De él se ha dicho siempre que no daba puntadas sin hilo. Y es cierto, pocas personas he conocido que hayan tejido la madeja de la vida con tanta cordura, precisión y, también, generosidad.

Nos fuimos cruzando, Gregorio y yo, en varios capítulos de nuestras vidas personales, profesionales, políticas y periodísticas. En 1974, él y su compañero de despacho Oscar Alzaga, me ayudaban ya a llevar los asuntos que tenía en Madrid pues todavía vivía en Barcelona y no había la movilidad de la que ahora gozamos. Entonces, el Tribunal Supremo todavía me parecía inalcanzable. ¡Éramos todos tan insultantemente jóvenes! Porque la transición, en su mayor parte la hicieron jóvenes como nosotros, casi todos menores de 45 años: del Rey abajo, casi todos. De cómo ocurrió ese milagro se va descubriendo a medida que el lector va desgranando las memorias de Marañón; y el lector se cerciora que sin esa juventud y osadía no se habría podido hacer ni la cuarta parte de lo que se hizo. Se partía de una sociedad muy elitista y endogámica, como puede comprobarse en estas memorias, sociedad que va ensanchando su base hasta hacerla amplia, popular y democrática. Ahí cabía, por fin, todo el mundo excepto aquellos que convirtieron el crimen en su carta de presentación política, esencialmente ETA y algunos grupos residuales como los GRAPO, el FRAP, Terra Lliure o el Moviment de la Terra (MDT).

Es el Banco Urquijo el cuartel donde Marañón inicia su importante carrera profesional, periodística, cultural y política. Era jovencísimo cuando entró en él; y muy joven cuando lo dejó. Quizás su secreto fue que sus consejos, como le dijo un día Matías Cortés, ese sibilino y brillante abogado, podría darlos un buen padre de familia. Y a Gregorio Marañón esos consejos siempre atinados (lo se por experiencia) le salían de dentro y desde los veinte años, pues como el mismo confiesa tuvo que reconstruir su vida sobre la base de una familia arruinada por un padre que no supo o no pudo conservar la herencia recibida y que, como Gregorio cuenta, “estaba y no estaba” en la vida familiar. Es, pues, en ese banco donde comienza su singladura en el “El País”, el medio de comunicación más influyente en todos los años que van desde el franquismo agónico hasta la prematura muerte de Jesús Polanco. El grupo de “El País”  también cayó, como Marañón cuenta, en la seductora trampa que tendían los bancos con el endeudamiento, en el caso de este conglomerado periodístico sin necesidad alguna. Narra Marañón con cómo todos los presidentes de gobierno que en España han sido, intentaron hacerse con la influencia, en muchos casos decisiva, de este diario a través de captar voluntades de consejeros o periodistas. A veces se tiene la sensación, leyendo algún capítulo de estas memorias, de estar asistiendo a alguno de los episodios de “Los favoritos de Midas”, la serie de Netflix protagonizada por Luis Tosar, eso sí, aquí al menos, sin asesinatos. Esa fue la razón por la cual el Banco Urquijo se deshizo de su paquete accionarial. Banca, prensa y política, son amigos inconvenientes, aunque tantas veces sientan atracción fatal unos de otros. El buen hacer de Jaime Carvajal (su presidente), Gregorio Marañón  (consejero) e Ignacio Urquijo (vicepresidente) impidieron entonces que ese banco cayera en la tentación de la política.

Otro capítulo que no quiero eludir es el famoso escándalo del caso Sogecable. Y no quiero hacerlo porque salgo en la historia pues me encargué de la defensa del juez Gómez de Liaño junto a su pareja en aquel momento y luego su mujer, María Dolores Márquez de Prado. No puedo contar muchas cosas del intríngulis del caso pues estoy, de por vida, atado al secreto profesional. Pero algo sí puedo añadir a lo contado por Marañón. Creo que su versión es muy parecida a la realidad, según he ido conociendo luego, salvo algunas cosas (por utilizar la frasecita rajoyana que se hizo viral cuando lo de la Gürtel). Sí puedo contar en qué circunstancias y por qué me encargué del caso en el que se vio implicado toda la plana mayor de Sogecable. En una cena en casa del escritor Camilo José Cela conocí a la pareja formada por Javier y María Dolores. Me preguntaron si yo me uniría a la defensa que llevaban conjuntamente ya que había sido procesado. Les contesté que lo pensaría. Al día siguiente lo comenté telefónicamente con Álvarez-Cascos (entonces secretario general del PP, de cuyo partido yo era diputado, y vicepresidente del Gobierno) desde el despacho de Pedro J. Ramírez. Porqué estaba con el director de “El Mundo”  lo contaré en otra ocasión. Y luego, también lo comenté con Aznar. Di el paso, un paso muy arriesgado, y dije que sí. El caso, entonces, se politizó todavía más: como he dicho yo era diputado, y no de los del montón. Me lo advirtió Alfredo Pérez Rubalcaba al día siguiente de conocerse la noticia en el Congreso: “Creo que has cometido un gran error, eras de las pocas personas en las que nosotros confiábamos”. Pero seguí teniendo una buena relación con Rubalcaba y, con Gregorio, al cabo de un tiempo, como él cuenta, volvimos a encontrarnos.

Esta reseña ya no da más de sí. La semana que viene hablaremos del gobierno. Mejor dicho, de los gobiernos de UCD a través de las memorias de Juan Antonio Ortega. Transcribo los versos de Waly Whitman que Gregorio Marañón nos ofrece como colofón de sus “Memorias de luz y niebla”:

 

“Lo pasado y lo presente se han agotado.

los he colmado y los he vaciado

y me dispongo a colmar el futuro”

Diario de Barcelona: Ser monárquico en Cataluña

En Cataluña, las instituciones autonómicas, la mayoría de los grandes ayuntamientos y, de forma pertinaz, los medios de comunicación públicos, desde que el independentismo adquirió carta de naturaleza incrustándose en todas partes, proclaman a los cuatro vientos que Cataluña es una república. Han logrado inventar una realidad paralela, de eso no cabe la menor duda, sobre todo fuera de Barcelona. Proclamarse leal a la Constitución y a la Monarquía parlamentaria es algo, pues, que no suele escucharse abiertamente en estas tierras. Y quien lo hace suele utilizar “peros” o “sin embargos”. Decir que uno es monárquico, que el Rey Juan Carlos fue un gran rey (al margen de sus vicios privados), y que su sucesor, Felipe VI, es ejemplar en su papel constitucional resulta bastante extraño. De ahí que el libro que acaba de publicar Sergio Vila-Sanjuán, director de “Culturas” de La Vanguardia –“Por qué soy monárquico” (Ariel)- resulte valiente y esclarecedor.

En el resto de España, este debate que en Cataluña es tan habitual, o sea si hay que cambiar la Constitución de 1978 y someter a referéndum el tema de la monarquía, es bastante minoritario, solo introducido por la influencia del independentismo catalán, con la ayuda de comunistas y podemitas. Vila-Sanjuán, en cambio, sin necesidad de entrar en el debate, ofrece varias razones para justificar la monarquía constitucional como forma de estado mucho mas apropiada que una república, según sean las circunstancias de cada nación. De hecho, nueve de las democracias más avanzadas y libres -recuerda- son monarquías: Inglaterra, Noruega, Dinamarca, Suecia, Bélgica, Holanda, Luxemburgo y Japón. A Puigdemont le da cobijo una monarquía; y si no existiera esa monarquía, tampoco es probable que tampoco existiera Bélgica pues ahí mal conviven dos comunidades -la flamenca y la valona- que se odian. Ponsatí está refugiada en Escocia, otra monarquía. La reina Isabel II y la monarquía son el pilar de los británicos. Sin monarquía, Gran Bretaña se dividiría en cuatro partes, por lo menos. Otrosí. Para nuestros independentistas, el modelo social de Cataluña está en los países nórdicos. De los cuatro, tres son, también, monarquías. Como dice Vila-Sanjuán en una entrevista a “El Cultural”, “la monarquía brinda estabilidad política y sentido ritual. En torno a Felipe VI, fundaciones como Princesa de Asturias y de Girona enlazan modernidad cultural y responsabilidad social con simbolismo histórico”.

Estados Unidos, nación que no tiene nombre sino cuyo nombre es la suma de sus cincuenta Estados, es una nación fuerte que cuenta con un estado central solvente, un estado, sí, muy descentralizado, incluso con sus propios Tribunales Supremos y con distintos sistemas electorales como podemos comprobar en estos días. España es una nación pequeña, pero con enorme influencia cultural gracias a su lengua. España ha progresado cuando su estado ha sido fuerte, por más descentralizado que esté. Y eso es lo que describe el autor en este recomendable libro, recordando, sobre todo, como paradigma, el año 1992, cuando España volvió a colocarse en el mapa del mundo.

Vila-Sanjuán rememora cómo su abuelo fue monárquico con Alfonso XIII, su padre con el Conde de Barcelona, y él lo ha sido con Juan Carlos I y ahora lo es con Felipe VI. Y no tiene medio en ensalzar el discurso del Rey Felipe el 3 de octubre de 2017, después de la celebración del referéndum ilegal en Cataluña sin que Rajoy hiciera nada para impedirlo cuando debió hacerlo, aplicando el artículo 155 de la Constitución tras la aprobación por el Parlamento de Cataluña de leyes ilegales los días 6 y 7 de septiembre de ese año. Tuvo que ser el jefe del Estado, es decir el Rey, quien recordara a todos los españoles, incluido su gobierno, que la Constitución permanecía vigente, también en Cataluña.  Vila-Sanjuán escribe: “He vuelto sobre ese discurso en varias ocasiones y hoy pienso que el rey hizo lo que tenía que hacer. Lo que constitucionalmente debía hacer: ejercer su papel al frente del Estado, en uso de sus poderes simbólicos”. En la monumental obra “Comentarios a la Constitución” dirigida por el profesor Oscar Alzaga Villaamil, uno de los padres de la Constitución de 1978, Miguel Herrero y R. de Miñón, sostiene que ese poder moderador del Rey excede del mero formalismo cuando se dirige a la Nación. Quizás sería conveniente, con el fin de evitar conflictos interpretativos, que una Ley Orgánica regulase, como ocurre en otras monarquías, el funcionamiento de la Casa del Rey.

En el libro de Vila-Sanjuán se recogen unas líneas del gran medievalista José Enrique Ruiz-Domènec que me parecen apropiadas para concluir esta reflexión: “Según se deduce de las bellas historias rescatadas por Georges Dumézil del inmenso bagaje cultural de los pueblos indoeuropeos, la monarquía debe considerarse una estructura latente de carácter simbólico que se adapta al curso de la historia en su forma y su significado”. Eso es lo que hicieron los constituyentes de 1978 según lo que afirma Sergio Vila-Sanjuán, reciente Premio Nacional de Periodismo Cultural, y monárquico en Cataluña, que no es poco.

Cataluña a distancia

Incluso los catalanes que hemos vivido mucho tiempo fuera de Cataluña, vemos lo que ahí ocurre de forma distinta si volvemos a instalarnos en una de sus ciudades. Por ejemplo, cualquiera que se adentre en la Cataluña interior y pase unos días en alguno de sus pueblecitos, el paisaje urbano que verá estará adornado de esteladas (la bandera independentista) y de jóvenes musulmanes y musulmanas perfectamente reconocibles por su atuendo. El resto, por lo general, son personas mayores que sobrepasan la cincuentena. A lo largo de muchos años se prefirió favorecer este tipo de inmigración –la procedente del norte de África o de Paquistán- que la hispana, por la sectaria razón de que no venían con el español aprendido, lo cual perjudicaba la implantación del catalán. La lengua, pues, en Cataluña ha sido y es uno de los símbolos distintivos del nacionalismo. Desde el origen del catalanismo, con Almirall, fue el elemento aglutinador para proclamar el “hecho diferencial” catalán. Un hecho diferencial que, culturalmente, parece más empobrecedor que otra cosa. El catalán, aislado, por más ayudas oficiales que tenga, se irá empobreciendo.

Pero esto que acabo de explicar –opinión personalísima- como tantas otras cosas se ven de un modo en Cataluña y, de otro, en el resto de España, especialmente en Madrid. Sólo de esta forma puede comprenderse el erróneo análisis que ha hecho el ex presidente Aznar a través de la fundación FAES. Mientras la línea política se marcó desde ahí, el Partido Popular erró siempre en su análisis sobre Cataluña. Fue equivocada la apuesta por la línea dura preconizada en la primera mitad de los noventa por Vidal Quadras; y equivocada fue la línea entreguista al pujolismo preconizada y aglutinada por los hermanos Fernández –y asumida por Aznar, no o olvidemos- de la segunda mitad de los noventa. El resultado ha sido una catastrófica comprensión del “hecho diferencial” catalán en los quince años siguientes, tanto con Aznar como presidente del Gobierno, como con Rajoy, jefe de la oposición, primero, y luego presidente, también, del Gobierno. Y ha pasado lo obvio: dentro del PP, salvo alguna excepción, no entendieron, hasta ahora, nada de nada sobre lo que se estaba cociendo en Cataluña.

En estos últimos días, frente a esa imagen de una presidenta del Parlament acompañada por un grupo de manifestantes portadores de banderas independentistas, camino del Tribunal de Justicia, hay esa otra del PP y el PSOE que parece que han llegado a un acuerdo sobre los límites de la reforma constitucional. Esa nueva etapa de diálogo, pues, en cuestiones que son las que de verdad importan, como la financiación, la educación, o la lengua, que parece que se ha inaugurado en esta época de pactos y de coaliciones, colocará al independentismo en el lugar del que nunca debió salir. Que hoy la política catalana dependa de un partido como la CUP para poder seguir adelante con la reivindicación secesionista resulta patético.

El referéndum, convertido en una especie de cajón de sastre reivindicativo, ya sea en su modalidad vinculante o consultiva, no sólo no es una panacea democrática, sino que puede llegar a ser la antesala de el autoritarismo. Primero porque, en el caso de que el resultado sea ajustado, excluye para siempre a la mitad de una población que pretende otra cosa. Segundo, por su irreversibilidad; si es vinculante, a diferencia de unas elecciones legislativas o presidenciales, no tiene marcha atrás. Y, tercero, porque no es posible, con un sí o un no, resumir una política con consecuencias llenas de matices. Junto al tema del referéndum, hay otra cosa que también se ven de forma distinta en Cataluña y en el resto de España. En Cataluña no se dan cuenta del profundo anticatalanismo que se ha ido incubando en cualquier lugar de España; o quizás algunos se han dado demasiada cuenta en Cataluña y lo han ido alimentando. Hace unos años ser catalán era un signo de respeto. (Es posible que, cualquiera que fuese el partido que gobernase, no se enterasen o no querían enterarse de lo que estaba pasando durante el cuarto de siglo de gobierno de Pujol).

Una cosa es predicar y otra dar trigo. No es lo mismo ver que vivir. Parece mentira que tan pocos kilómetros, con AVE por medio que nos une, haga tan distintas la formas de ver las cosas en Cataluña y en el resto de España.

Cataluña a distancia

Incluso los catalanes que hemos vivido mucho tiempo fuera de Cataluña, vemos lo que ahí ocurre de forma distinta si volvemos a instalarnos en una de sus ciudades. Por ejemplo, cualquiera que se adentre en la Cataluña interior y pase unos días en alguno de sus pueblecitos, el paisaje urbano que verá estará adornado de esteladas (la bandera independentista) y de jóvenes musulmanes y musulmanas perfectamente reconocibles por su atuendo. El resto, por lo general, son personas mayores que sobrepasan la cincuentena. A lo largo de muchos años se prefirió favorecer este tipo de inmigración –la procedente del norte de África o de Paquistán- que la hispana, por la sectaria razón de que no venían con el español aprendido, lo cual perjudicaba la implantación del catalán. La lengua, pues, en Cataluña ha sido y es uno de los símbolos distintivos del nacionalismo. Desde el origen del catalanismo, con Almirall, fue el elemento aglutinador para proclamar el “hecho diferencial” catalán. Un hecho diferencial que, culturalmente, parece más empobrecedor que otra cosa. El catalán, aislado, por más ayudas oficiales que tenga, se irá empobreciendo.

Pero esto que acabo de explicar –opinión personalísima- como tantas otras cosas se ven de un modo en Cataluña y, de otro, en el resto de España, especialmente en Madrid. Sólo de esta forma puede comprenderse el erróneo análisis que ha hecho el ex presidente Aznar a través de la fundación FAES. Mientras la línea política se marcó desde ahí, el Partido Popular erró siempre en su análisis sobre Cataluña. Fue equivocada la apuesta por la línea dura preconizada en la primera mitad de los noventa por Vidal Quadras; y equivocada fue la línea entreguista al pujolismo preconizada y aglutinada por los hermanos Fernández –y asumida por Aznar, no o olvidemos- de la segunda mitad de los noventa. El resultado ha sido una catastrófica comprensión del “hecho diferencial” catalán en los quince años siguientes, tanto con Aznar como presidente del Gobierno, como con Rajoy, jefe de la oposición, primero, y luego presidente, también, del Gobierno. Y ha pasado lo obvio: dentro del PP, salvo alguna excepción, no entendieron, hasta ahora, nada de nada sobre lo que se estaba cociendo en Cataluña.

En estos últimos días, frente a esa imagen de una presidenta del Parlament acompañada por un grupo de manifestantes portadores de banderas independentistas, camino del Tribunal de Justicia, hay esa otra del PP y el PSOE que parece que han llegado a un acuerdo sobre los límites de la reforma constitucional. Esa nueva etapa de diálogo, pues, en cuestiones que son las que de verdad importan, como la financiación, la educación, o la lengua, que parece que se ha inaugurado en esta época de pactos y de coaliciones, colocará al independentismo en el lugar del que nunca debió salir. Que hoy la política catalana dependa de un partido como la CUP para poder seguir adelante con la reivindicación secesionista resulta patético.

El referéndum, convertido en una especie de cajón de sastre reivindicativo, ya sea en su modalidad vinculante o consultiva, no sólo no es una panacea democrática, sino que puede llegar a ser la antesala de el autoritarismo. Primero porque, en el caso de que el resultado sea ajustado, excluye para siempre a la mitad de una población que pretende otra cosa. Segundo, por su irreversibilidad; si es vinculante, a diferencia de unas elecciones legislativas o presidenciales, no tiene marcha atrás. Y, tercero, porque no es posible, con un sí o un no, resumir una política con consecuencias llenas de matices. Junto al tema del referéndum, hay otra cosa que también se ven de forma distinta en Cataluña y en el resto de España. En Cataluña no se dan cuenta del profundo anticatalanismo que se ha ido incubando en cualquier lugar de España; o quizás algunos se han dado demasiada cuenta en Cataluña y lo han ido alimentando. Hace unos años ser catalán era un signo de respeto. (Es posible que, cualquiera que fuese el partido que gobernase, no se enterasen o no querían enterarse de lo que estaba pasando durante el cuarto de siglo de gobierno de Pujol).

Una cosa es predicar y otra dar trigo. No es lo mismo ver que vivir. Parece mentira que tan pocos kilómetros, con AVE por medio que nos une, haga tan distintas la formas de ver las cosas en Cataluña y en el resto de España.

El nuevo clima (político) en Cataluña

No es sólo una metáfora. La realidad es que, no se si por eso del cambio climático o por el efecto del “niño”, estamos disfrutando en la cuenca mediterránea nororiental una especie de primavera que llena las terrazas de todas las ciudades y pueblos costeros, especialmente las de la muy turística Barcelona. El clima navideño es este año cálido y, si a esto se suma que la situación económica resulta algo más alegre, al menos para una buena parte de los ciudadanos, el resultado es que se presentan unas fiestas más distendidas que las de otros años. Personalmente echo en falta algo más de Navidad en estos días, o sea que además de luces, árboles y flores, se conmemore, también, el nacimiento del cristianismo, la religión a la que nos sentimos vinculados desde su nacimiento hace algo más de dos mil años, unos mil millones de personas.

Y ha cambiado, así mismo, perceptiblemente el clima político en Cataluña. Se venía repitiendo de forma insistente desde hacía años. Si el gobierno modificaba su prepotente actitud, tendrían que cambiar los desafíos y arrebatos de las instituciones catalanas. Con el nuevo gobierno y la política de pactos -PP/Ciudadanos y PP/PSOE- en materia económica y educacional, se ha inaugurado un nuevo modelo de relaciones entre el Estado y el Estado autónomo catalán. No nos engañemos; el problema más serio que tiene España, y como consecuencia de ello Cataluña, es como incardinar en una leal colaboración económica y constitucional, las instituciones catalanas en las de España. De momento los gestos del presidente Rajoy, de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría y del delegado del Gobierno, Enric Millo, van por el camino adecuado. Y las prudentes respuestas de los gobernantes catalanes, también. Los gestos son ahora muy importantes.

El efecto Urcullu se ha dejado sentir en Cataluña y La Vanguardia, un diario que configura y encuadra a buena parte de la política catalana de cualquier tendencia, tanto trasversal como verticalmente, lo ha aireado conveniente y convincentemente. La independencia de un territorio de España, por ejemplo el País Vasco, no es posible, viene a decir Urcullu, en el actual escenario político internacional, y mucho menos si lo circunscribimos al europeo. Y lo mismo puede decirse de un territorio aunque cuatro veces y media mayor, como Cataluña, que depende de España y de Europa casi al cien por cien. ¿Con quién se aliaría una Cataluña independiente? ¿Con Rusia? No se puede negar que el sentimiento independentista está bastante arraigado en unos dos millones de habitantes de los siete que tiene el territorio catalán. Pero la política no es asunto de sentimientos sino de realidades.

Rajoy ha expresado que de los 46 puntos reivindicativos que le plantearon, todos son negociables, excepto uno: el referéndum. Y en esto somos muchos los catalanes que coincidimos con el presidente, aunque lo que nos cuesta comprender, y se lo advirtieron por todas partes y desde todos los ángulos políticos en Cataluña, es el porqué de la inacción y la estrategia judicial que se ha seguido todos estos años, si se sabía de antemano que por esa vía no se iba a ningún lado. Bien al contrario, el efecto inmediato ha sido el enrarecimiento del clima político, la crispación en las relaciones personales, el enfrentamiento en suma. O sea nada bueno.  Ahora va a ser difícil, mas posible, corregir el rumbo.

En La Vanguardia de hace unos días, su antiguo director y asiduo colaborador, Lluis Foix, recordaba una conferencia que este año había pronunciado uno de los padres de la Constitución, Miguel Herrero de Miñón, sobre su vigencia y escenarios de modificación. Está claro que los cambios radicales, como el que hace poco fracasó estrepitosamente en Italia, tienen mala presentación. Herrero proponía, de momento y para tratar de encauzar las reivindicaciones catalanas, una sola enmienda que posibilitase que Cataluña gozase de un sistema de financiación similar al de los vascos y navarros. Es decir, una enmienda que se añadiría como “Disposición Adicional Quinta”, para lo cual y de acuerdo con el artículo 167 de la Constitución, ni siquiera sería necesario someter la reforma a referéndum. Lo que sí precisaría es un amplio acuerdo. Ahora, quizás como en pocos momentos a lo largo de estos cuarenta años de historia constitucional, tenemos la posibilidad de llegar a consensos de este tipo y volver a caminar juntos por la senda constitucional.

El nuevo clima (político) en Cataluña

No es sólo una metáfora. La realidad es que, no se si por eso del cambio climático o por el efecto del “niño”, estamos disfrutando en la cuenca mediterránea nororiental una especie de primavera que llena las terrazas de todas las ciudades y pueblos costeros, especialmente las de la muy turística Barcelona. El clima navideño es este año cálido y, si a esto se suma que la situación económica resulta algo más alegre, al menos para una buena parte de los ciudadanos, el resultado es que se presentan unas fiestas más distendidas que las de otros años. Personalmente echo en falta algo más de Navidad en estos días, o sea que además de luces, árboles y flores, se conmemore, también, el nacimiento del cristianismo, la religión a la que nos sentimos vinculados desde su nacimiento hace algo más de dos mil años, unos mil millones de personas.

Y ha cambiado, así mismo, perceptiblemente el clima político en Cataluña. Se venía repitiendo de forma insistente desde hacía años. Si el gobierno modificaba su prepotente actitud, tendrían que cambiar los desafíos y arrebatos de las instituciones catalanas. Con el nuevo gobierno y la política de pactos -PP/Ciudadanos y PP/PSOE- en materia económica y educacional, se ha inaugurado un nuevo modelo de relaciones entre el Estado y el Estado autónomo catalán. No nos engañemos; el problema más serio que tiene España, y como consecuencia de ello Cataluña, es como incardinar en una leal colaboración económica y constitucional, las instituciones catalanas en las de España. De momento los gestos del presidente Rajoy, de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría y del delegado del Gobierno, Enric Millo, van por el camino adecuado. Y las prudentes respuestas de los gobernantes catalanes, también. Los gestos son ahora muy importantes.

El efecto Urcullu se ha dejado sentir en Cataluña y La Vanguardia, un diario que configura y encuadra a buena parte de la política catalana de cualquier tendencia, tanto trasversal como verticalmente, lo ha aireado conveniente y convincentemente. La independencia de un territorio de España, por ejemplo el País Vasco, no es posible, viene a decir Urcullu, en el actual escenario político internacional, y mucho menos si lo circunscribimos al europeo. Y lo mismo puede decirse de un territorio aunque cuatro veces y media mayor, como Cataluña, que depende de España y de Europa casi al cien por cien. ¿Con quién se aliaría una Cataluña independiente? ¿Con Rusia? No se puede negar que el sentimiento independentista está bastante arraigado en unos dos millones de habitantes de los siete que tiene el territorio catalán. Pero la política no es asunto de sentimientos sino de realidades.

Rajoy ha expresado que de los 46 puntos reivindicativos que le plantearon, todos son negociables, excepto uno: el referéndum. Y en esto somos muchos los catalanes que coincidimos con el presidente, aunque lo que nos cuesta comprender, y se lo advirtieron por todas partes y desde todos los ángulos políticos en Cataluña, es el porqué de la inacción y la estrategia judicial que se ha seguido todos estos años, si se sabía de antemano que por esa vía no se iba a ningún lado. Bien al contrario, el efecto inmediato ha sido el enrarecimiento del clima político, la crispación en las relaciones personales, el enfrentamiento en suma. O sea nada bueno.  Ahora va a ser difícil, mas posible, corregir el rumbo.

En La Vanguardia de hace unos días, su antiguo director y asiduo colaborador, Lluis Foix, recordaba una conferencia que este año había pronunciado uno de los padres de la Constitución, Miguel Herrero de Miñón, sobre su vigencia y escenarios de modificación. Está claro que los cambios radicales, como el que hace poco fracasó estrepitosamente en Italia, tienen mala presentación. Herrero proponía, de momento y para tratar de encauzar las reivindicaciones catalanas, una sola enmienda que posibilitase que Cataluña gozase de un sistema de financiación similar al de los vascos y navarros. Es decir, una enmienda que se añadiría como “Disposición Adicional Quinta”, para lo cual y de acuerdo con el artículo 167 de la Constitución, ni siquiera sería necesario someter la reforma a referéndum. Lo que sí precisaría es un amplio acuerdo. Ahora, quizás como en pocos momentos a lo largo de estos cuarenta años de historia constitucional, tenemos la posibilidad de llegar a consensos de este tipo y volver a caminar juntos por la senda constitucional.

Diario de Barcelona: Tarradellas, Maragall y Pujol

Estos días en Cataluña, en el resto de España y en todo el mundo no se habla de otra cosa: ¡Trump es el nuevo presidente de los Estados Unidos! Y a continuación viene la pregunta obligada: ¿Y qué va a hacer? De momento no lo sabe nadie o casi nadie y es probable que ni él mismo lo sepa. Llegar a un lugar tan importante no es fácil, mas si uno acierta en encontrar el punto de intersección entre lo que la gente quiere con lo que uno ofrece, es posible llegar. Quienes han logrado a lo largo de la historia encaramarse a puestos relevantes ha sido por eso, porque supieron dar con ese punto. Ahora bien, una vez se ha llegado a la cima, muchísimo más difícil que la subida es la bajada. (Prueben de subir y de bajar una montaña difícil…)  Ya en la tragedia griega se decía que lo importante no era cómo se entraba en escena sino el modo de salir de ella.

En estos vuelcos inesperados que está ofreciendo la política hay quien por aquí en Cataluña dice que primero fue el Brexit, que luego ha sido la llegada de Trump y que el siguiente bombazo será la secesión de Cataluña. El independentismo se agarra a lo que sea para seguir soñando, cueste lo que cueste. Se ha de conseguir. Pero, ¿qué es lo que quedará de todo esto? ¿Independencia para qué, nos preguntábamos hace unas semanas? ¿Cómo saldrán de la escena estos personajes que ahora están sentados en el Olimpo de la política? ¿Qué se recordará de Mas, de Forcadell, de Junqueras o de Puigdemont?  ¿Cómo dejaron la política algunos de nuestros más prominentes personajes de la vida pública?

De Tarradellas se recordará que, contra viento y marea, supo perseverar y guardar el legado de la Generalitat en el exilio. Con tesón consiguió que fuese restaurada y creó un embrión de estructura de estado autónomo catalán dentro de lo que viene en denominarse el estado de las autonomías. Se recordará de él su lealtad a Cataluña, a la Constitución, a la Monarquía –que allanó el camino para la restauración de las instituciones catalanas- y a España.

De Maragall se recordará el vuelco que supo darle a la ciudad de Barcelona tras el tirón que supuso el ser sede olímpica en 1992. Hay un antes y un después en la ciudad de Barcelona desde 1992, aunque ahora pretendan quitarle los nombres de las plazas al Rey Juan Carlos o la cita de Samaranch en un busto que él mismo donó. Maragall quedará en la historia de nuestra ciudad como el alcalde que la engrandeció en la segunda mitad del siglo XX.

De Pujol, ¿qué quedará? Se que es una pregunta que él se hace constantemente y que le preocupa. No es para menos. Cómo quedará mi figura en la historia de Cataluña, pregunta a sus contertulios y les pone los ejemplos de Tarradellas y de Maragall, que ya tienen por derecho propio un lugar en la historia de Cataluña. La respuesta merecería una meditación. Meditemos, pues. Qué fue de la Banca Catalana; de la Generalitat que Pujol heredó, leal al Estado y de incipientes y prosperas instituciones, ¿qué quedó?; esa ética que predicaba, ¿dónde está?; ¿qué fue de todo aquello que ahora se dilucida en la Audiencia Nacional? Quizás sea prematuro aventurar un juicio. Hubo un momento que Pujol, presidente de la Generalitat, tuvo la confianza de una inmensa mayoría de catalanes y el respeto de casi todos los españoles. Sus herederos políticos, de momento, se van repartido la herencia, a un lado o a otro, a pedazos y sin saber a dónde dirigirse. Veremos cómo termina todo esto y cómo sale Pujol de la escena. Bueno, de momento Pujol ya ha salido de la escena. Nadie le pidió que se fuera. Se marchó el mismo dando un portazo. Un portazo de tal magnitud que, de momento, ha dejado el escenario tambaleándose. Afortunadamente todavía nos quedan en el imaginario catalán figuras como Tarradellas o Maragall; y para los nostálgicos del franquismo, figuras como Samaranch que supieron mudar de piel con dignidad.

Diario de Barcelona: Tarradellas, Maragall y Pujol

Estos días en Cataluña, en el resto de España y en todo el mundo no se habla de otra cosa: ¡Trump es el nuevo presidente de los Estados Unidos! Y a continuación viene la pregunta obligada: ¿Y qué va a hacer? De momento no lo sabe nadie o casi nadie y es probable que ni él mismo lo sepa. Llegar a un lugar tan importante no es fácil, mas si uno acierta en encontrar el punto de intersección entre lo que la gente quiere con lo que uno ofrece, es posible llegar. Quienes han logrado a lo largo de la historia encaramarse a puestos relevantes ha sido por eso, porque supieron dar con ese punto. Ahora bien, una vez se ha llegado a la cima, muchísimo más difícil que la subida es la bajada. (Prueben de subir y de bajar una montaña difícil…)  Ya en la tragedia griega se decía que lo importante no era cómo se entraba en escena sino el modo de salir de ella.

En estos vuelcos inesperados que está ofreciendo la política hay quien por aquí en Cataluña dice que primero fue el Brexit, que luego ha sido la llegada de Trump y que el siguiente bombazo será la secesión de Cataluña. El independentismo se agarra a lo que sea para seguir soñando, cueste lo que cueste. Se ha de conseguir. Pero, ¿qué es lo que quedará de todo esto? ¿Independencia para qué, nos preguntábamos hace unas semanas? ¿Cómo saldrán de la escena estos personajes que ahora están sentados en el Olimpo de la política? ¿Qué se recordará de Mas, de Forcadell, de Junqueras o de Puigdemont?  ¿Cómo dejaron la política algunos de nuestros más prominentes personajes de la vida pública?

De Tarradellas se recordará que, contra viento y marea, supo perseverar y guardar el legado de la Generalitat en el exilio. Con tesón consiguió que fuese restaurada y creó un embrión de estructura de estado autónomo catalán dentro de lo que viene en denominarse el estado de las autonomías. Se recordará de él su lealtad a Cataluña, a la Constitución, a la Monarquía –que allanó el camino para la restauración de las instituciones catalanas- y a España.

De Maragall se recordará el vuelco que supo darle a la ciudad de Barcelona tras el tirón que supuso el ser sede olímpica en 1992. Hay un antes y un después en la ciudad de Barcelona desde 1992, aunque ahora pretendan quitarle los nombres de las plazas al Rey Juan Carlos o la cita de Samaranch en un busto que él mismo donó. Maragall quedará en la historia de nuestra ciudad como el alcalde que la engrandeció en la segunda mitad del siglo XX.

De Pujol, ¿qué quedará? Se que es una pregunta que él se hace constantemente y que le preocupa. No es para menos. Cómo quedará mi figura en la historia de Cataluña, pregunta a sus contertulios y les pone los ejemplos de Tarradellas y de Maragall, que ya tienen por derecho propio un lugar en la historia de Cataluña. La respuesta merecería una meditación. Meditemos, pues. Qué fue de la Banca Catalana; de la Generalitat que Pujol heredó, leal al Estado y de incipientes y prosperas instituciones, ¿qué quedó?; esa ética que predicaba, ¿dónde está?; ¿qué fue de todo aquello que ahora se dilucida en la Audiencia Nacional? Quizás sea prematuro aventurar un juicio. Hubo un momento que Pujol, presidente de la Generalitat, tuvo la confianza de una inmensa mayoría de catalanes y el respeto de casi todos los españoles. Sus herederos políticos, de momento, se van repartido la herencia, a un lado o a otro, a pedazos y sin saber a dónde dirigirse. Veremos cómo termina todo esto y cómo sale Pujol de la escena. Bueno, de momento Pujol ya ha salido de la escena. Nadie le pidió que se fuera. Se marchó el mismo dando un portazo. Un portazo de tal magnitud que, de momento, ha dejado el escenario tambaleándose. Afortunadamente todavía nos quedan en el imaginario catalán figuras como Tarradellas o Maragall; y para los nostálgicos del franquismo, figuras como Samaranch que supieron mudar de piel con dignidad.

Diario de Barcelona: Todo el pescado vendido

O, lo que significa lo mismo pero en culto: alea jacta est. Una opinión dejó en este blog escrito que el tema aburre, pues todo lo que podía decirse sobre Cataluña ya ha sido dicho. Y tiene razón. En mi última entrega planteaba una cuestión que ahora me parece fundamental: la claridad. Con el nuevo gobierno de Rajoy la respuesta al órdago del Govern y de la mayoría del Parlament, es clara: negociaremos todo lo que pueda negociarse, o sea cuestiones económicas o de lengua, pero no negociaremos la unidad de España. En pocas palabras: no habrá referéndum, ni consultivo ni decisorio. En todo caso, y dependiendo de cual sea el alcance de la reforma constitucional, habrá un referéndum en toda España y, entonces, ahí se verá cuál es el apoyo que tiene la Constitución de 1978 reformada en 2017 o 2018, en cada parte de España. Por parte de las instituciones del Estado central la respuesta, pues, es clara. Rajoy siempre ha dicho que él es previsible. Y desde luego que lo es. Su gobierno no contiene ninguna sorpresa.

Desde Cataluña la cuestión no está tan clara. Aquí Madrid se ve muy lejos. Creo que desde las instituciones autonómicas no se tiene ni idea del poder del Estado. Y, además, a la gran mayoría de catalanes les repugna –y no me apeo del verbo- estar en manos de la CUP. Pero lo toleran. Es una repugnancia tolerable. Son buenos chicos, dicen. Unos utópicos, pero buenos chicos al cabo. En sus filas –y también en la Esquerra Republicana- se han refugiado, incluso, algunos antiguos militantes del Moviment de la Terra o de Terra Lliure, aquellos “chicos” que ponían bombas en el pecho. Bueno, pero eso fue hace muchos años; ahora son buenos chicos, dicen. La CUP es nuestro Bildu, con la diferencia que aquí el equivalente al PNV se ha deshecho y ahora se debate en si proseguir por la senda constitucional o intentar dinamitarla.

Hay una solución, muy difícil pero posible: que impere la cordura. Los primeros pasos estarán en manos de la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Saenz de Santamaría, la cual ya movió algunas fichas, en sentido positivo, con anterioridad a las segundas elecciones. Ahora las grandes opiniones sobre lo que es o lo que debe ser España, Cataluña, etc. habría que dejarlo de lado y sentarse a discutir cuestiones particulares: financiación, sanidad, lengua, educación, infraestructuras. Y de este modo es probable que puedan llegar a entenderse las instituciones catalanas y las del Estado. Sobre los grandes temas ya no merece la pena seguir opinando, a no ser que todo esto acabe en desastre. Intentaré, en el futuro, centrarme en lo particular pues de lo general ya hemos hablado demasiado.

Diario de Barcelona: Todo el pescado vendido

O, lo que significa lo mismo pero en culto: alea jacta est. Una opinión dejó en este blog escrito que el tema aburre, pues todo lo que podía decirse sobre Cataluña ya ha sido dicho. Y tiene razón. En mi última entrega planteaba una cuestión que ahora me parece fundamental: la claridad. Con el nuevo gobierno de Rajoy la respuesta al órdago del Govern y de la mayoría del Parlament, es clara: negociaremos todo lo que pueda negociarse, o sea cuestiones económicas o de lengua, pero no negociaremos la unidad de España. En pocas palabras: no habrá referéndum, ni consultivo ni decisorio. En todo caso, y dependiendo de cual sea el alcance de la reforma constitucional, habrá un referéndum en toda España y, entonces, ahí se verá cuál es el apoyo que tiene la Constitución de 1978 reformada en 2017 o 2018, en cada parte de España. Por parte de las instituciones del Estado central la respuesta, pues, es clara. Rajoy siempre ha dicho que él es previsible. Y desde luego que lo es. Su gobierno no contiene ninguna sorpresa.

Desde Cataluña la cuestión no está tan clara. Aquí Madrid se ve muy lejos. Creo que desde las instituciones autonómicas no se tiene ni idea del poder del Estado. Y, además, a la gran mayoría de catalanes les repugna –y no me apeo del verbo- estar en manos de la CUP. Pero lo toleran. Es una repugnancia tolerable. Son buenos chicos, dicen. Unos utópicos, pero buenos chicos al cabo. En sus filas –y también en la Esquerra Republicana- se han refugiado, incluso, algunos antiguos militantes del Moviment de la Terra o de Terra Lliure, aquellos “chicos” que ponían bombas en el pecho. Bueno, pero eso fue hace muchos años; ahora son buenos chicos, dicen. La CUP es nuestro Bildu, con la diferencia que aquí el equivalente al PNV se ha deshecho y ahora se debate en si proseguir por la senda constitucional o intentar dinamitarla.

Hay una solución, muy difícil pero posible: que impere la cordura. Los primeros pasos estarán en manos de la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Saenz de Santamaría, la cual ya movió algunas fichas, en sentido positivo, con anterioridad a las segundas elecciones. Ahora las grandes opiniones sobre lo que es o lo que debe ser España, Cataluña, etc. habría que dejarlo de lado y sentarse a discutir cuestiones particulares: financiación, sanidad, lengua, educación, infraestructuras. Y de este modo es probable que puedan llegar a entenderse las instituciones catalanas y las del Estado. Sobre los grandes temas ya no merece la pena seguir opinando, a no ser que todo esto acabe en desastre. Intentaré, en el futuro, centrarme en lo particular pues de lo general ya hemos hablado demasiado.