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Lealtad a los votantes y sistema electoral

Un hecho en principio positivo puede volverse negativo en función de las circunstancias. Esto es lo que ocurre con los actuales partidos políticos que no quieren renunciar a sus promesas y compromisos electorales. Esta reacción resulta saludable, en cuanto implica lealtad y respeto.

El problema surge por su difícil compatibilidad con nuestro sistema electoral. Definido constitucionalmente como de representación proporcional, debería significar que cada candidatura recibe un número de escaños proporcional a los votos obtenidos. Sin embargo, en la práctica tal definición ha funcionado deficientemente, con primas importantes para los primeros partidos y sanciones para los demás. Por eso, nuestro sistema electoral se acerca mucho en su resultado final al sistema mayoritario, como el implantado en el  Reino Unido, pero –todo hay que decirlo- sin las ventajas de este último.

El resultado mayoritario de nuestro sistema ha generado el conocido bipartidismo o cuasi bipartidismo, también parecido al del Reino Unido. Hasta las elecciones del 20 de diciembre de 2015 siempre surgió un partido claramente vencedor en las elecciones, incluso en numerosas legislaturas con mayorías absolutas. En tales circunstancias naturalmente era ocioso hablar de negociaciones y pactos para formar gobierno: el primer partido en escaños recibía la investidura y todo lo más negociaba algún apoyo expreso o tácito con otro partido pequeño.

La vigencia de este sistema durante cuarenta años ha impedido una cultura del pacto, de la negociación para formar mayorías estables. Nos hemos acostumbrados a posturas tajantes, de blancos y negros, por lo demás muy españolas.

Sin embargo, las elecciones del 20-D y las recientes del 26-J han alterado profundamente este panorama. Aun manteniéndose el trato desigual, el caso es que por primera vez se presenta un claro pluripartidismo que es propio de la representación proporcional que ordena la Constitución. La presencia de cuatro fuerzas políticas en el conjunto nacional ha acabado con esas mayorías claras de los cuarenta años anteriores, haciendo imposible que cualquiera de ellas pueda formar gobierno por sí misma.

Se impone entonces una nueva actitud, una nueva cultura acorde con el sistema de representación proporcional. Los partidos políticos deberían renunciar a su pureza electoral, a la fidelidad sin fisuras a sus electores, para acercarse y formar mayorías estables. Lo cual significa naturalmente negociación, transacción y pacto, por muy ingratas que resulten estas operaciones. Lo contrario –el encastillamiento en las propias posiciones- podrá ser saludable desde algún punto de vista, pero desde luego es contradictorio con el sistema de  representación proporcional que nos hemos dado.

Los partidos políticos no solo deberían asumir de forma realista el nuevo marco representativo sino, lo que es más importante, hacérselo ver a sus votantes. Hay que educar a los ciudadanos en que la transacción y las renuncias recíprocas son indispensables para que el sistema funcione, según ocurre en los países nórdicos, en Alemania y en tantos otros. No proceder así podría conducir a la frustración y a la deslegitimación del sistema.

Si no se desea lo anterior, si se opta incondicionalmente por la pureza y lealtad electorales, lo mínimo que se puede pedir es coherencia. En este sentido debería defenderse la implantación de un sistema electoral mayoritario, donde siempre hay un claro vencedor que forma gobierno sin necesidad de algo tan incómodo como la negociación y el pacto.  Pero sus inconvenientes (bipartidismo, penalización de las terceras opciones) también habría que asumirlas.

Flash Derecho: Breves reflexiones post 26-J ¿Sigue habiendo una oportunidad para la regeneración?

Los españoles hemos vuelto a votar, un tanto a regañadientes y un tanto asustados, el 26 J. Más allá de los análisis estratégicos de carácter general y los puntuales sobre los votos recibidos por cada partido, que dejamos para los grandes medios y para sus expertos (que tanto se han equivocado en sus predicciones electorales y parecen seguir la misma línea en las postelectorales) en este blog nos interesa sobre todo la oportunidad que puede representar este resultado para la imprescindible regeneración de nuestras instituciones y de nuestro Estado de Derecho.

De entrada, la opción “rupturista” representada por Unidos Podemos ha fracasado claramente en su apuesta de “sorpasso” del PSOE. Queda claro ahora que la opción elegida por Pablo Iglesias de forzar unas nuevas elecciones y presentarse como alternativa única a un Gobierno del PP ha fortalecido precisamente al PP. Su visión de la realidad se ha mostrado equivocada y ahora le toca iniciar un proceso de reflexión urgente sobre la base de asumir de una vez que sus votantes son mucho más pactistas, posibilistas y reformistas de lo que él pensaba. Un nuevo error de valoración de su electorado y volverá rápidamente a las catacumbas de Izquierda Unida, lo que tampoco sería buena noticia para España. Podemos tiene ahora la  oportunidad de repensar su estrategia y de decidir qué quiere ser de mayor. Quizá toque convertirse en un partido un poco más “normal” en el sentido de más institucional. Al fin y al cabo, suma un buen número de diputados y sigue siendo el depositario de una parte muy importante del voto juvenil.

Sin duda, ha sido el PP de Rajoy quien ha rentabilizado el susto que a muchos votantes moderados les ha provocado un programa como el de Podemos, sobre todo si tenemos en cuenta que algunas actitudes no han sido precisamente muy tranquilizadoras y  que no parece que el desempeño de los Ayuntamientos del cambio sea para tirar cohetes. Pero celebrar este resultado como un triunfo inapelable es un espejismo del que – por el bien de España- deberían despertar cuanto antes. Lo cierto es que tiene un futuro parlamentario y extraparlamentario muy complicado por delante, y solo podrá afrontarlo con garantías si se embarca en un decidido proceso de renovación interna y de compromiso externo con las reformas.

La opción del cambio moderado, liderada por Cs y en menor medida por el PSOE, tampoco ha salido bien parada, aunque en ambos casos se han salvado los muebles, lo que en un escenario de polarización no es poco. Y en ellos sigue residiendo la posibilidad real de forzar una legislatura reformista en torno a los grandes problemas que tiene España y que siguen estando ahí. De ellos hemos tratado muy ampliamente en este blog, y podemos resumirlo en varios ejes: lucha contra la corrupción, regeneración institucional, problema territorial, pacto por la educación (de verdad), Estado del bienestar, economía/empleo e integración europea. Este último punto es novedoso, pero obligado después del Brexit y más en España donde tanto le debemos a las instituciones europeas cuantitativa y cualitativamente.

Sería un drama que, comprendiendo los cuatro partidos cuál es el único camino posible para el país, el maximalismo ideológico, la ambición personal de los candidatos, o los compromisos clientelares a corto plazo frustrasen la posibilidad de comenzar cuanto antes a recorrerlo. Las reformas transversales que requiere España necesariamente exigen la colaboración de varios partidos, a ser posible de todos. Lo ideal sería que el pacto necesario versara sobre programas y en mucha menor medida sobre personas (o sillones) ya que al fin y al cabo, estas son mucho más contingentes de lo que parece, incluso en partidos políticos tan rígidos y faltos de democracia interna como los españoles. La última legislatura fracasó entre otras cosas porque se puso mucho más el acento en el quién que en el qué. Convendría no perderlo de vista.

Lo que está claro es que tras el resultado electoral, el partido que pretenda gobernar deberá pactar y quizá por esa vía entren reformas que logren la necesaria regeneración democrática e institucional en nuestro país. Aunque resulte paradójico, a lo mejor se puede hacer mucho con pocos pero decisivos escaños. No sería la primera vez. Los partidos nacionalistas “bisagra” eran expertos en estas lides, aunque no utilizaron precisamente su poder para mejorar la calidad de la democracia en España.

Por último, es indudable que todo el proceso negociador ganaría mucho si se contase con expertos independientes para los distintos temas. Ya sabemos que en España esto de los expertos no se lleva mucho, y que normalmente incluso cuando se les convoca a comisiones se termina por no hacerles demasiado caso. Pero también es verdad que esta situación política no deja de ser insólita, y que dada la pérdida de credibilidad de los partidos y de la clase política, no vendría mal que quienes hablaran a los españoles de la falta de sostenibilidad del sistema de pensiones a la vista de nuestra demografía, de las reformas institucionales,  de lucha contra la corrupción, del problema de la sanidad pública, de la mala calidad de nuestra educación  o del caos de la financiación autonómica fuesen personas que conozcan bien la materia. Como puede verse, se ha hablado poco en campaña electoral de estos y otros temas fundamentales, pero sin abordarlos será difícil avanzar.

Esperemos que esta vez, de verdad, primen los intereses generales y se inicie por fin una nueva época en España.

Artículo de la editora Elisa de la Nuez en El Mundo: La vía del reformismo

 

En el diario El Mundo del pasado día 22 de junio se ha publicado este artículo de nuestra editora Elisa de la Nuez, que reproducimos.

Cercana ya la segunda vuelta de las elecciones del 20-D los partidos más beneficiados del fracaso de la XI legislatura parecen ser -al menos según las encuestas- los partidos de los extremos, es decir, el PP y Podemos. La polarización de la campaña y del electorado, una vez fracasado el intento de alcanzar un acuerdo reformista de Gobierno desde el centro (PSOE-Ciudadanos) era inevitable. Acuerdo que fue propiciado por el desistimiento del propio presidente del Gobierno en funciones. Sin este intento todavía estaríamos en una situación de bloqueo constitucional que no hubiese permitido disolver el Parlamento y convocar nuevas elecciones, conviene no olvidarlo. Como era previsible, tanto el PP como Podemos están apelando indistintamente al voto del miedo y/o al voto útil (desde su perspectiva se trata del mismo voto) con la finalidad de restar sufragios a los partidos que ocupan el centro político, PSOE y Ciudadanos, y por tanto, al reformismo. En esta estrategia el PP y Podemos se necesitan mutuamente. Mientras que el PP clama contra el populismo que representa Podemos, Podemos clama contra la corrupción y los recortes que encarna el PP. Partidos rojos y azules, negros y blancos, buenos y malos, sin matices. En una contienda electoral sin duda es una estrategia legítima, pero la pregunta que debemos hacernos como ciudadanos responsables es la de si es la más adecuada para emprender las reformas estructurales que necesita nuestro país.

La elección entre un partido rupturista y un partido inmovilista no es la mejor forma de garantizar que se realicen reformas importantes en nuestro sistema político, institucional y económico (me refiero en este último caso a la lucha contra el capitalismo clientelar o de amiguetes y al impulso de la productividad de la economía española). El problema es que son este tipo de reformas las únicas que podrían frenar el auge de un partido como Podemos, cuyo diagnóstico de la situación política ha contactado con un electorado muy amplio. Este electorado ha decidido que no es posible reformar desde dentro el sistema, y que es mejor empezar desde cero. Por supuesto que a Podemos también le votan personas de extrema izquierda, pero no alcanzan el 25% que pronostican las encuestas. Hay algo más.

Desde mi punto de vista, el inmovilismo del PP de Rajoy es un estupendo aliado de Podemos. El PP bajo la presidencia de Rajoy no sólo no ha realizado ninguna reforma importante en el plano político e institucional (teniendo mayoría absoluta), sino que se resiste como gato panza arriba a tocar ninguna pieza del sistema, aún cuando hacerlo no cueste dinero o incluso permita ahorrarlo. Ahí está como ejemplo la campaña a favor de las diputaciones provinciales eludiendo los datos que cuestionan la eficacia de su funcionamiento y su tendencia a favorecer el clientelismo y la corrupción. El discurso es profundamente conservador y anclado en las bondades del indudable crecimiento macroeconómico, pero sin reconocer la necesidad de un cambio drástico en la forma de hacer política. Quizá porque el presidente del Gobierno en funciones no concibe que se pueda gobernar de otra manera.

Sin embargo, la sociedad española -y especialmente las personas más jóvenes- empieza a mostrar su hartazgo ante el clientelismo y la concepción patrimonialista del poder practicada por los grandes partidos en estos últimos 30 años que ha generado una corrupción política generalizada. También hay que tener muy presente la sensación de injusticia derivada del desigual reparto de los sacrificios económicos durante la Gran Recesión; la percepción general es que los más responsables han sido los menos penalizados y que hay muchos colectivos (clase política, funcionarios o pensionistas) que han permanecido al abrigo de la crisis. No sólo eso: el gran peso de los ajustes derivados de la Gran Recesión han recaído en gran medida sobre los jóvenes.

Estamos en presencia de un colectivo que se ha cansado de aporrear la puerta de un local (el “régimen del 78”) con reserva del derecho de admisión, ya se trate de contratos indefinidos, mejores salarios, acceso a la función pública, a la vivienda, a los servicios públicos o a cualquier otra prestación relevante para el bienestar y la dignidad presente o futura de los ciudadanos. Lo cierto es que los jóvenes españoles tienen hoy unas expectativas mucho peores que las que tuvieron a su edad las generaciones que les preceden. Generaciones que, por otra parte, ahí siguen y no tienen especial interés en que las cosas cambien, dado que son las principales beneficiarias del statu quo. Mariano Rajoy es, por edad y por formación, un exponente perfecto de esa generación anterior, que se resiste a oír los golpes en la puerta.

Si a esto añadimos el que muchos de estos jóvenes crecieron en la época de la burbuja y que -al menos sobre el papel- cuentan con mejor formación que sus padres y abuelos, la frustración al entrar en la edad adulta y ser conscientes de la diferencia entre sus aspiraciones y la realidad era inevitable. Que esta generación encontrase un líder dispuesto a convertir en un programa político radical ese descontento existencial era cuestión de tiempo. El problema, a mi juicio, es que el líder tiene una ideología muy marcada, muy poca experiencia fuera del ámbito de la teoría política y una agenda propia con unos objetivos y con unos tiempos que pueden no coincidir con los de una parte importante de sus votantes, precisamente, los menos radicalizados. Algo que, por otra parte, no es de extrañar dada la tradicional debilidad de la democracia interna y de los cauces políticos de participación ciudadana en España incluso en los nuevos partidos.

No hace falta ser un genio para darse cuenta de que se trata de una situación potencialmente explosiva, y que puede arruinar la ventana de oportunidad para realizar reformas estructurales que se abrió el 20-D, gracias, precisamente, a la presencia de los nuevos partidos y a la necesidad de pactos transversales. Si hay una parte importante de la ciudadanía que se siente excluida y más todavía si es la parte más joven, es fácil canalizar su indignación y su descontento hacia propuestas rupturistas y no hacia propuestas reformistas. Esa es la estrategia utilizada sistemáticamente por Podemos en relación con las propuestas de Ciudadanos, el otro partido emergente que ha elegido la vía de la reforma, presentado siempre como la marca blanca del PP o como el partido del Ibex 35. Los tímidos intentos del PSOE en la misma dirección le merecen a Podemos iguales reproches, de forma que la Gran coalición se equipara a un pacto para blindar el régimen. Que esta estrategia puede darles muchos votos es indudable; que pueda favorecer las posibilidades de reforma es otra cosa.

En fin, a los optimistas que pensábamos hace unos meses que iban a primar los intereses generales de España sobre los personales de algunos líderes la realidad nos ha devuelto al punto de partida. Nuevas elecciones, nueva campaña electoral y hasta nuevos envíos de propaganda electoral a nuestros domicilios, ya que ni en su supresión se han puesto de acuerdo los partidos políticos. El problema es que todo suena ya a deja vu y hasta lo que parecía nuevo hace unos meses empieza a parecer antiguo. Quizá porque estamos ante la política de siempre, la del sectarismo, la del voto del miedo, la del voto útil, la de los bloques, la de las dos Españas.

Los incentivos que tiene la débil democracia española no han sido suficientes para obligar a que dos, tres o incluso los cuatro partidos se pongan de acuerdo en asuntos tan básicos como la lucha contra la corrupción, el clientelismo y la sociedad del favor y el enchufe. Aquí hay poca ideología que rascar, no hay que gastar dinero público y está disponible una ingente cantidad de literatura y evidencia empírica sobre los buenos resultados que proporciona, por ejemplo, una Administración pública meritocrática y neutral o un Poder Judicial independiente. Hasta en el Partido Comunista chino lo tienen claro. Pero seguimos mareando la perdiz, hablando mucho de líderes y estrategias y sorpassos y poco o nada de programas y de las reformas y propuestas concretas que pueden mejorar la forma de gobernar. En España no hay nada parecido a una evaluación externa y experta de los programas electorales de los principales partidos -como existe en países como Holanda- quizá porque tampoco se espera que se cumplan, visto lo visto. Sin duda, se trata de asuntos aburridos, poco mediáticos y que pocas ganancias pueden reportar a los partidos políticos que más tienen que perder si los ciudadanos se dan cuenta de que la mejor forma de llegar al futuro no es dando saltos en el vacío ni permaneciendo parados en el mismo punto, sino avanzando paso a paso en la dirección correcta.

En conclusión, las grandes mejoras democráticas logradas a lo largo de la Historia en los países más avanzados no han sido ni el producto de grandes revoluciones, ni el producto de las concesiones de las élites dirigentes acomodadas con el statu quo. Han tenido más bien un carácter incremental y han tardado en llevarse a cabo, siendo el resultado del esfuerzo colectivo de muchos ciudadanos decididos a cambiar las cosas, sin prisas, pero sin pausas. Y sobre todo, sin miedo.

HD Joven: El disputado voto del señor García

Víctor bajó la cabeza:
—Increíble, Dani. Él es como Dios, sabe hacerlo todo, así de fácil. ¿Y qué le hemos ido a ofrecer nosotros? —preguntó—. Palabras, palabras y palabras… Es… es lo único que sabemos producir.
Dani volvió a sentarse. Su mano derecha tabaleaba impaciente sobre el tablero de la mesa:
—Siempre tendrá que haber dirigentes, supongo—apuntó.”
Miguel Delibes,
El disputado voto del señor Cayo.

 

El señor Cayo, a diferencia del señor García, no necesita de políticos, puesto que su vida transcurre pacífica y solitariamente en un pueblo prácticamente deshabitado de las montañas castellanas. Sin embargo, nuestro señor García no vive de manera autosuficiente en una aldea, es un ciudadano urbanita, con una familia que mantener, una hipoteca que pagar, un empleo que, aunque considera estable, no deja de preocuparle y una clase dirigente que lo tiene la mar de contento. Él, puesto que vive en sociedad, sí necesita de la política para vivir.

Este domingo, por segunda vez en menos de un año, el señor García tiene que acudir a las urnas a elegir un parlamento que no solo ha de representarlo, sino que tiene como primera, ineludible e imprescindible tarea la de elegir un Gobierno. García está cabreado, y no poco. Quizás con razón.

Nuestro españolito de bien cree que las elecciones, muy importantes ellas, sirven, entre otras cosas, no solo para mantener fuerte y vigorosa nuestra democracia, como se afanan en repetir sus queridos amigotes políticos, sino para elegir a otros conciudadanos, con el propósito de que, sueldo mediante, se ocupen de sus preocupaciones y él pueda descansar tranquilo durante un tiempo.

¿Pero qué le preocupa a García? Las quejas de nuestro español medio son conocidas por todos, no para de repetírnoslas mes tras mes: le aterra la idea de quedarse en paro, y está disgustado porque familiares y amigos cercanos estén desempleados; la corrupción y el fraude lo tienen harto, no entiende cómo tanta podredumbre ha podido florecer en nuestro país; la economía, la personal y la del país, le traen de cabeza…; pero si algo lo tiene hostigado, esos son los políticos en general, los partidos y, por qué no, la política. A García, aunque preferiría tener Gobierno (no en funciones, se entiende), le trae un poco sin cuidado si el inquilino de la Moncloa se va o se queda, lo que nuestro amigo no quiere es volver a ir a votar, no digamos en esta ocasión, sino quizás en una tercera.

Gráfico Gandulez

El señor García está en lo cierto, una de las funciones de las elecciones es la de evitar que los ciudadanos tengan que “esforzarse” puesto que participar políticamente requiere de tiempo y ganas… lo que se conoce como “estructura de oportunidades políticas” (Tarrow) y, como todo español, sabe que lo poco gusta, pero lo mucho cansa (menos el fútbol, claro).

¿Estamos ante una segunda vuelta? Es cierto que, para el señor García, es la segunda ocasión en la que va a tener que votar con un mismo propósito. Pero debe tener en cuenta nuestro amigo que vivimos en un sistema parlamentario y proporcional. El señor García votó en diciembre, como viene haciéndolo desde hace años, con el propósito de elegir unos representantes que después respetarán su voluntad y votarán por el candidato de la lista ganadora. Hasta aquí, todo como siempre. En lo que quizás García no se haya parado a pensar es en que las pasadas elecciones no fueron unas elecciones cualquiera. Hasta el pasado diciembre, nuestro sistema podía denominarse como un bipartidismo atenuado, donde el partido ganador, entre los dos principales, buscaba el apoyo de los minoritarios para gobernar.

Sin embargo, García sabe que eso ha cambiado, cada uno de sus tres primos ha votado distinto que él. Y los resultados de esas elecciones de diciembre, de esas elecciones de cambio de ciclo (Anduiza), así lo demuestran: ya no tenemos dos partidos que destaquen mayoritariamente sobre los demás y, si atendemos a las encuestas, los resultados del próximo Congreso serán todavía más acentuados. Entonces, ¿está seguro García de que sus representantes respetarán su voluntad para elegir un Gobierno? El señor García no se fía de los políticos, como hemos visto antes. Por lo tanto, ya no sabe si la opción que elegirá ayudará a que su candidato sea el elegido en esa segunda vuelta, en que, de facto, se ha convertido la investidura en el parlamento.

Con un sistema de bipartidismo moderado, no cabía –prácticamente– duda de que el ganador, entre los dos partidos mayoritarios, iba a gobernar. Sin embargo, en el nuevo sistema multipartidista, esas dudas se vuelven oscuras para García. Él ha oído a algunos dirigentes indicar qué harán en los distintos escenarios que se plantean después de las elecciones, con los diputados elegidos. Sin embargo, no todos lo han hecho, lo que produce cierta incertidumbre en nuestro ciudadano de a pie.

García no lo tiene del todo claro. Y es normal, porque esto no había sucedido antes. No estamos ante una segunda vuelta; la segunda vuelta fue la primera y fallida investidura. Estamos ante una tercera y necesariamente cuarta vuelta (si es que algún candidato acepta el encargo del jefe del Estado, porque, en caso contrario, no empezará a correr el plazo constitucional para elegir presidente, opción ahora mismo nada descabellada). En esta tesitura, ¿qué sería lo que preocuparía más al señor García? La “falta de Gobierno” (aunque esto, en realidad, no suceda nunca) parece que, aunque le inquieta, no le roba demasiado el sueño. Lo que no tengo del todo claro es si le gustaría demasiado elegir por tercera vez a unos representantes o terminaría de hartarse, nuestro buen García.

El señor García se pregunta qué van a hacer los políticos para solucionar esta encrucijada que depara el nuevo tipo de sistema que los españoles han configurado. Sugiero aquí la relectura del artículo de Rodrigo Tena “¿Es posible una reforma para evitar la repetición de elecciones?” (aquí). En un sistema como el actual, es necesario llegar a acuerdos. Hay quien discute con nuestro ciudadano medio que él preferiría ir a una segunda vuelta para elegir al Presidente. Hay quien le dice que, mientras no se elija otro Gobierno, debería continuar el anterior y el legislativo, legislar (opinión de Tena, por ejemplo). Y hay quien cree que deberíamos tener un sistema mayoritario que favoreciese, de nuevo, el bipartidismo. Éstas son algunas opciones que nuestro ciudadano ha podido discutir en el bar. García sabe que sus representantes deben ponerse de acuerdo no solo para formar Gobierno, sino para que esta situación no vuelva a repetirse. El próximo legislador (ordinario o constituyente) deberá prever y adecuar nuestro sistema a una situación no prevista como la actual. Hasta el momento, la propuesta de Tena sea quizás la más seria de todas las que he podido ver y que no impliquen un cambio radical del sistema.

El señor García, españolito de bien, tiene claras varias cosas, casi tan importantes como el sentido de su voto: que los políticos son más un problema para él que una solución; que no quiere volver a unas terceras elecciones; que le gustaría tener claro cuál va a ser el sentido del voto de sus representantes en esa “segunda vuelta parlamentaria”; y que le gustaría que se diseñase algún sistema para que estas incidencias no previstas por el antiguo legislador se resolviesen. Mientras tanto, el señor García, a diferencia del señor Cayo, deberá preocuparse por elegir a sus representantes. Pues “siempre tendrá que haber dirigentes, supongo” (a no ser que la opción que más le convenza sea la de vivir cual ermitaño en el campo).

 

La imposible oportunidad para la Tercera España

En los últimos años se ha recuperado y recordado la figura del periodista sevillano Chaves Nogales. Siempre que se escribe sobre él, se le glosa, junto a Salvador de Madariaga, como el representante de esa tercera España que, en palabras de Andrés Trapiello,  “fue la primera que perdió la guerra civil, porque las otras dos Españas, más minoritarias y revolucionarias, exigieron a esta tercera que se decantara de forma inmediata, tras el alzamiento del 36, por la una o por la otra”. Esa España, probablemente mayoritaria, que no se identificaba ni con el fascismo, ni con el comunismo, perdió la guerra, y arruinó su futuro.

Y aquí estamos de nuevo en este año 2016,  inmersos en la batalla de rojos frente azules, en ese eterno retorno en que se ha convertido la historia contemporánea de la política española, en la que los dos bandos nos exigen de nuevo a todos los ciudadanos que nos decantemos de nuevo por uno u otro.

En esta repetición de las elecciones generales parece que nuevamente es la tercera España la que va a volver a perder su oportunidad. Cuando irrumpieron en la escena política los nuevos partidos, algunos nos alegramos, no tanto porque representaran una nueva ideología que sintiéramos más próxima a nuestras posiciones, sino porque, por primera vez, cabía la esperanza de que en una campaña electoral se hablara de las cosas que realmente importan: se hablara de cómo mejorar la educación en este país, y no de si la religión debía ser asignatura obligatoria; se hablara de por qué nuestro mercado laboral es disfuncional y anómalo en el contexto europeo, y no de si debe o no derogarse la última reforma laboral. Pero es éste es un país de profundas convicciones ideológicas, y la ilusión no nos ha durado demasiado.

En el año 2013, en este artículo analizábamos el efecto que el voto identitario e ideológico, tiene sobre el funcionamiento de un país. España sigue siendo un país singular, en el que 77 años después de concluir la guerra civil, y transcurridos 39 años desde la muerte de Franco, aún no hemos conseguido cerrar las heridas y mirar hacia el futuro unidos. Sorprende la cantidad de gente que aún vota a un partido en función del bando en el que sus abuelos o sus padres lucharon o murieron en la guerra civil. Franceses y alemanes fueron capaces de reconciliarse tras la segunda guerra mundial para construir una Europa con un futuro libre de guerras y contiendas, pero parece que las dos Españas no están dispuestas a que eso suceda en nuestro país. Debe ser que sin duda es muy rentable políticamente. Sorprende lo lejos que queda la frase de Ortega y Gasset, escrita en el año 1937 en su prólogo a la edición francesa de La rebelión de las masas: “Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral”. Aquí conviene recordar que el vocablo “imbécil” solo empezó a utilizarse como un insulto a finales del siglo XIX, por lo que su acepción no es exactamente la misma que hoy interpretamos.

Sin duda las campañas ideológicas son mucho más sencillas. El voto del miedo, y el voto a “los míos” no necesitan mucha explicación. Es este un país en el que todo debe etiquetarse como de derechas o de izquierdas: las autovías, las depuradoras, los molinos de viento, las asignaturas de secundaria, la energía nuclear, la deuda, los días de indemnización por despido, o las políticas contra la violencia de género. Las políticas no se juzgan en función de si funcionan o no, de si producen o no los resultados deseados. Las políticas solo se juzgan en función de la etiqueta asignada: si es la mía es buena, si es la contraria es mala. Nadie precisa rendición de cuentas, ni explicaciones excesivamente elaboradas; no es necesario. La etiqueta con la denominación de origen ya dice todo lo que es necesario saber sobre cualquier política pública. Cómodo y sencillo.

El voto identitario e ideológico crea el entorno adecuado para un modelo de gobierno clientelar  y corrupto. Es este el gran mal que aqueja a España, y el que difícilmente podremos superar en un nuevo escenario en el que lo único realmente importante es que no ganen los otros, sean rojos o azules. En la primera edición de estas elecciones generales creímos que había una oportunidad para que se abriera paso esa tercera España, en la que las propuestas se juzgaran en función de sus resultados, y no en función de su color. El diagnóstico sobre los problemas que debían afrontarse era ampliamente compartido, e incluso las soluciones, basadas en políticas aplicadas con éxito en otros países también parecían contar con un alto grado de consenso. El entendimiento de las dos Españas para construir un país mejor parecía al alcance de la mano. A medida que transcurre esta segunda edición de las elecciones generales, esa esperanza se desvanece.

Es difícil creer que desde los extremos, y desde una visión de la vida tan simple como la que etiqueta toda política como de derechas o de izquierdas puedan acometerse las reformas que realmente necesita España. Gane quien gane, lo que parece seguro es que volverá a ganar el enfrentamiento entre las dos Españas, que deja poca cabida para las reformas que precisa este país, aunque quizás sí abra las puertas a una revolución, que como toda revolución siempre es de resultado muy incierto.

En los países con un componente de voto identitario e ideológico tan fuerte, las expectativas sobre los pactos electorales suelen ser más bien ingenuas. Es muy difícil pactar con el “enemigo”, aun cuando sus propuestas se parezcan a las mías. El sentimiento de traición a los valores identitarios impide cualquier movimiento en este sentido. Por eso soy escéptico sobre el pensamiento bienintencionado y voluntarista que suele imponerse en este país al hablar de los pactos. Y por eso, si queremos un mejor futuro para este país, quizás deberíamos pensar que nuestro modelo electoral no debería basarse en el modelo parlamentario, imperante en Europa, donde predomina la cultura del pacto, sino en el modelo presidencialista, basada en la elección de un presidente (y un gobierno) a doble vuelta, que predomina en América. Es cierto que habría que asumir el riesgo del caudillismo que suele verse en los regímenes de América, pero como el modelo mixto francés nos enseña, al menos nos ahorraríamos el sofoco y la vergüenza de ver como nuestros representantes son incapaces de ponerse de acuerdo, no porque no sepan lo que hay que hacer, sino porque su ideología se lo impide. Si ellos no son capaces, que dejen paso a los ciudadanos y su voto.

Mientras nos entretenemos en estos pensamientos, lo que nos espera son las elecciones del 26 de Junio, y la expectativa de que aún haya una oportunidad para esa tercera España.