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¿De camino a la igualdad? Más rápido, por favor

El lunes 28 de mayo tuve la suerte de compartir mesa con José Ignacio Conde-Ruiz, Carlota Tarín Quirós e Irma Clots-Figueras en un evento que esta fundación había organizado, titulado “Igualdad de género en el ámbito laboral. El impacto de la Ley para la igualdad efectiva de mujeres y hombres”.

Como bien saben, la Ley Orgánica 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres, fue obra del primer Gobierno de Zapatero. Tras 8 meses de debate parlamentario, en el que se negociaron 512 enmiendas presentadas por los distintos grupos, la Ley fue finalmente aprobada con el voto a favor del Partido Socialista, de CiU, de Esquerra Republicana, del PNV, de Izquierda Unida, de Coalición Canaria y del Grupo Mixto, y con la abstención del Partido Popular. Por tanto, la ley presumió de un gran consenso y, además, de una excelente acogida por parte de los ciudadanos españoles: de acuerdo con un informe del CIS, el 80% de los ciudadanos la consideraba “muy positiva”.

Sin embargo, transcurridos más de 11 años desde su aprobación, es obligatorio preguntarse lo siguiente: ¿para qué ha servido esta Ley? ¿Ha mejorado o empeorado la situación? Si ha mejorado, ¿de qué manera? Si ha empeorado, ¿por qué razón? En cualquier caso, ¿se ha desarrollado y aplicado adecuadamente?

Uno de sus aspectos más destacables es la novedad. Aunque en realidad era en parte consecuencia de la Directiva 2002/73/CE, del Parlamento Europeo y del Consejo, así como de diversos textos internacionales, convenciones y tratados, la Ley destaca por un marcado carácter transversal, cuyo objeto consistía en generar un cambio estructural que afectase a distintos sectores, incluyendo al mundo público y privado. Cuando menos en un sentido pedagógico, la iniciativa fue importante. Fue un primer paso.

De esa manera, y fundándose en los artículos 14 (que proclama la igualdad de los españoles ante la ley) y 9.2 (que exige a los poderes públicos promover las condiciones para garantizar la libertad y la igualdad) de la Constitución Española, la Ley pretendía garantizar, de una vez por todas, la verdadera igualdad entre hombre y mujer. Por eso el título habla de “igualdad efectiva”; porque ya existe una formal, que reconoce la Constitución, pero su mandato no se había traducido en una real en el año 2007 –y, desde luego, tampoco ahora.

Al principio, sí se iniciaron algunas reformas legislativas y reglamentarias con el objeto de desarrollar parcialmente la Ley, como la modificación de la ley electoral para garantizar la paridad en las listas electorales, la regulación de los permisos de paternidad, la elaboración periódica de informes de impacto de género o la creación, por primera vez en nuestra democracia, de un Ministerio de Igualdad (aunque, a partir del año 2010, tras una remodelación del Gobierno, fue suprimido y su estructura se integró en el Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad, del cual surgiría la nueva Secretaría de Estado de Igualdad).

Sin embargo, pese a sus buenas intenciones, la Ley está lejos de haber logrado su objetivo. En materia laboral, el paro ha afectado a las mujeres en mayor medida. Además, entre las que trabajan, las mujeres encuentran más dificultades que los hombres para progresar en el mundo laboral. Por otro lado, todavía existe una brecha salarial importante y, aunque cada vez más empresas disponen de un Plan de Igualdad, la conciliación laboral y personal es difícil.

Bajo mi punto de vista, si la Ley no ha prosperado todo lo bien que se deseaba se debe a diversas razones que conviene señalar, aunque sólo sea a los efectos de mejorar y abordar mejor el problema en el futuro. Ensayo y error. Los principales defectos de la Ley, pues, son los siguientes:

  1. Su carácter eminentemente enunciativo y poco práctico. El primer problema de esta Ley es que, pese a que dice qué ha de hacerse, no dice cómo.
  2. Un segundo problema es la falta de instrumentos coercitivos. Y es que, además de que no dice cómo han de implementarse las medidas que propone, no aclara qué ocurre si no se implementan. Es decir, no regula un régimen sancionador que prevea, a su vez, cuáles son las consecuencias del incumplimiento de la Ley.
  3. La ausencia de regulación de partidas presupuestarias específicas. Aunque es bien sabido que, sin dinero, nada funciona, no se diseñó una partida presupuestaria específica para el desarrollo de la Ley, pero tampoco se exigió la inversión anual en recursos suficientes. Por tanto, al no haber impuesto tal obligación, era previsible que su desarrollo pudiera quedar paralizado en cualquier momento en el que las prioridades de la política desviasen la atención y minimizasen la necesidad de desarrollar lo enunciado en aquélla. En cualquier caso, es justo reconocer que la publicación de la norma tuvo lugar apenas unos pocos meses antes de que estallara la crisis financiera, de modo que su aplicación quedó paralizada en muchos de sus aspectos durante varios años.
  4. Podría decirse que un cuarto factor ha sido la falta de voluntad política, durante los últimos años, de implementar las medidas acordadas en la Ley de manera plena. Si no se tienen pruebas fehacientes de esto, al menos ha quedado constancia de que no ha figurado como una de las prioridades políticas del Ejecutivo en este tiempo; sólo en parte excusable, porque, como saben, hemos tenido que hacer frente a diversas crisis económicas y políticas que han mantenido al Gobierno ocupado.
  5. Por último, el quinto factor es, a mi juicio, la poca relevancia que se le ha concedido a la educación. Los artículos 23, 24 y 25 se refieren expresamente a la educación, pero, a decir verdad, solamente de una manera genérica y sin establecer ninguna forma concreta de cumplir con las obligaciones que prescribe. Por ejemplo, el artículo 25 dispone que las Administraciones públicas fomentarán la enseñanza y la investigación sobre el significado y alcance de la igualdad entre mujeres y hombres, pero, nuevamente, en ningún momento se especifica ni cómo ha de hacerse, ni, insisto, qué ocurre si no se hace.

Esta última cuestión me parece crucial. Resulta que numerosos estudios aseguran que gran parte de los estereotipos o prejuicios de género son creados durante la infancia. Es de destacar un estudio dirigido por Robert Blum, de la Universidad Johns Hopkins, que se titula It Begins at Ten: How Gender Expectations Shape Early Adolescence Around the World. El estudio se concentró en entrevistas realizadas durante 4 años a 450 adolescentes y a sus padres y cuidadores en Bolivia, Bélgica, Burkina Faso, China, La República Democrática del Congo, Ecuador, Egipto, India, Kenya, Malawi, Nigeria, Escocia, Sudáfrica, Estados Unidos y Vietnam. Las entrevistas determinaron que tanto niñas como niños están atados a restricciones de género a muy temprana edad que pueden tener graves consecuencias en su vida, siendo peores en el caso de las niñas. En pocas palabras, que la atención temprana es fundamental y, por tanto, la Ley debe en todo caso incidir en un mayor esfuerzo educativo para, entre otras cosas, evitar que los prejuicios o sesgos nos determinen el resto de nuestras vidas.

Dicho lo anterior, resulta que precisamente mañana se debatirá en el Pleno del Congreso una nueva iniciativa que, sin embargo, para lo bueno y para lo malo, comparte los atributos de la Ley 3/2007: repleta de significado, vacía de contenido. La iniciativa en cuestión, una Proposición de Ley Orgánica que pretende la modificación de la Ley Orgánica del Poder Judicial al objeto de aplicar algunas de las medidas acordadas en el Pacto de Estado en materia de violencia de género, también la presenta el Grupo Parlamentario Socialista (con toda probabilidad, a fin de calmar las voces atormentadas a raíz del caso de “La Manada”) y también incide vagamente en la educación, esta vez de los jueces en materia de género.

A estas alturas, debo discrepar de las que son unas buenas intenciones legislativas, pero poco más. Considero de interés general abordar medidas concretas y en un sentido global (entiéndase como distintas medidas concretas que afronten el problema de manera global) a fin de paliar la desigualdad entre hombre y mujer, pero, si el efecto más importante y deseado de la Ley 3/2007 fue el de hacer pedagogía a una sociedad que todavía no estaba acostumbrada a hablar de feminismo y que ahora, cada vez más, sí lo está (no hay más que ver la última manifestación del 8 de marzo), el siguiente paso debe a la fuerza ser más ambicioso.

Ya no es momento de símbolos. La sociedad española ha aceptado el problema y pide una solución. Ahora urge cumplir el encargo.

 

El feminismo del siglo XXI: Reproducción de la tribuna en El Mundo de Elisa de la Nuez

Uno de los objetivos esencialesdel movimiento por la igualdad entre hombres y mujeres –lo que podemos denominar feminismo-es acabar con la brecha de género en el mercado laboral. O, siendo aún más precisos, con la brecha de género laboral que afecta a las mujeres.Esta brecha se refiere en primer lugar al salario, pero incluye también otros aspectos importantes, como el mayor desempleo, la mayor temporalidad, el mayor trabajo a tiempo parcial (involuntario) o la mayor sobrecualificación(en relación con el puesto de trabajo)que soportan las trabajadoras.

Desde que en 1792  Mary Wollstonecraft abogara en su obra “Los derechos de la mujer” por los derechos fundamentales de las mujeres y particularmente por el derecho a la educación (que los revolucionarios franceses no reconocían a las mujeres más que muy limitadamente) el mundo ha cambiado mucho. Por ejemplo,  en España -aunque es una tendencia general en el mundo desarrollado-  las mujeres menores de 50 años tienen ya un nivel educativo superior al de los hombres de su generación.  Según el estudio de 2016 de Fedea sobre la brecha de género en el mercado laboral español el 67% de las mujeres de entre 20 y 50 años han completado la educación secundaria frente al 58% de los hombres. Por lo que se refiere a los estudios universitarios la “brecha educativa” a favor de ellas es del 43% frente al 36%. Y lo más significativo es que la brecha se ensancha en las generaciones más jóvenes: hasta 13 puntos en educación universitaria y 12 en educación secundaria. La repetición de cursos o su secuela, el abandono escolar temprano es, sobre todo, cosa de hombres.

Lo interesante es que este tipo de estudios también muestra que la brecha laboralde género y muy en particular la brecha salarial de género no existe prácticamente antes de la maternidad. Y decimos maternidad porque tener hijos no supone coste profesional alguno para los padres. Es un problema de las madres que además se prolonga a lo largo de toda su vida profesional. De ahí que las políticas públicas tendentes a la equiparación de los permisos de paternidad y maternidad, siendo desde luego muy deseables, tengan un impacto relativamente pequeño para resolver esta situación. Lo mismo podríamos decir de la extensión de la educación infantil para menores de 3 años o de otras medidas como el cheque bebé.La propia Organización Internacional del Trabajo (OIT) considera en un informe de 2016 que si no se actúa sobre esta situación ahora,la brecha salarial de género puede tardar más de 70 años en cerrarse. Demasiado tiempo para esperar de brazos cruzados.

Lógicamenteesta brecha de género está muy relacionada con el papel de las mujeres en el entorno familiar. Las mujeres, en nuestra sociedad, sonlas “cuidadoras” por antonomasia.  En España las mujeres todavía viven en un tipo de familia más tradicional que en otros países de la Unión Europea: las parejas con hijos siguen siendo el tipo de familia más numeroso (el 30,38% de los hogares) seguidas de cerca por las parejas sin hijos (el 29,89% ). La diferencia entre el tiempo que ellas y ellos dedican a las tareas domésticas, en particular en familias con hijos, es muy relevante: más de 2 horas al día. Es difícil que no tenga un impacto directo sobre el mercado laboral. Dicho de otra forma, los empleadores esperan que sean las mujeres las que se dediquen a estas tareas y actúan en consecuencia, bien adoptando la figura del empresario paternalista y proteccionista que no quiere sobrecargar a las madres con tareas y responsabilidades importantes o bien la del empresario hostil que prefiere no tener madres trabajadoras. Lo interesante es que, en ambos casos, las consecuencias son igualmente desfavorables: las madres  tienenmuchas menos posibilidadesde ser contratadas que los hombres, de alcanzarpromociones profesionales o de recibir mejoras salariales. El “carril para madres”  no lleva muy lejos profesionalmente.

La evidencia está ahí: según el estudio de FEDEA casi el 70% de las horas dedicadas al trabajo doméstico no remunerado en España lo realizan ellas. Pero también ocurre quelas mujeres nos hemos incorporado masivamente al mercado laboral y en relativamente poco tiempo. Si en 1985 trabajaba fuera del hogar el 35% de las mujeres en edad de hacerlo ahora lo hace el 68%, por encima de la media europea. En muchas profesiones ya son mayoría. Por ejemplo, el 62% de los candidatos que se acaban de examinar del MIR hace unos días son mujeres.

¿Pero se tratarealmente de un problema social o más bien de un problema privado?¿No es mejor dejar a los individuos y a las parejas que se organicen y alcancen los equilibrios vitales que tengan por oportuno? Dicho de otra manera ¿hay que dejar a la biología que siga su curso?A mi juicio la contestación es clara: No estamos ante un problema “privado”que tienen que solucionar las mujeres jóvenes –y no tan jóvenes- con sus parejas. Estamos ante un problema social de primera magnitud. Las mujeres jóvenes han recibido igual o mejor educación que sus compañeros varones y tienen las mismas aspiraciones profesionales. Quizás la novedad es que ya hay una generación plenamente consciente de que –a diferencia de lo que creían sus madres, tanto las que intentaron compaginar su familia y su carrera profesional con un tremendo coste personal como las que renunciaron o rebajaron sus ambiciones profesionales para ocuparse de su familia- no hay ninguna  razón para conformarse con esta situación. No es justo que el coste profesional y personal de tener hijos lo soporten solo las mujeres, al menos mientras la sociedad considere que tener hijos es deseable para el futuro de un país.

Pero hay más; estamos ante un problema socialno solo por el evidente problema demográfico que supone que muchas mujeres renuncien a la maternidad a la vista de su elevado costeprofesional y personal sino también porque se trata de una cuestión de justicia y de igualdad de oportunidades.  Y además de un problema económico: no nos podemos permitir en sociedades tan abiertas y competitivas como las nuestras  desperdiciarel talento y la formación de la mitad de la población. No solo eso: existen otras ventajas muy importantes de la incorporación de las mujeres a los procesos de toma de decisiones o a los denominados “grupos dominantes”. Como bien explica la historiadora Mary Beard en su imprescindible ensayo “Mujeres y poder” lo que nos estamos perdiendo es sencillamente una forma distinta de entender el podermás adecuada a la modernidad:un poder entendido menos como liderazgo y como posesión que lleva aparejado un reconocimiento social y más como atributo, como colaboración y como herramienta para cambiar el mundo.

Lo que está claro en todo caso es que hay que ensayar cuanto antes nuevas políticas. El diagnóstico ya está hecho pero, como sucede con cualquier problema complejo no hay soluciones no son sencillas. No es fácil encontrar lafórmula mágica que permita a las mujeres tenerlo todo, es decir, tener lo mismo que los hombres con hijos.Son imprescindibles muchas medidas, incluidas las anteriormente citadas, permisos de paternidad y maternidad equiparables y largos, educación infantil, flexibilidad de horarios, ayudas por hijos, transparencia en las retribuciones… Y por supuesto a largo plazo la educación es esencial. Pero probablemente a corto plazo hay que hacer más:algunas o todas estas medidas ya existen en muchos países y no parece que la situación laboral de las mujeres haya mejorado sustancialmente. Es más, las políticas públicas especialmente orientadas a las mujeres con hijos –por ejemplo reducciones de jornada o contratos a tiempo parcial- pueden empeorar su situación profesional.  Puede ser más razonable poner en marcha medidas que supongan equiparar el costeque tiene para el empleador contratar a padres y madres.

Por último, debemos hablar del famoso “techo de cristal” que afecta a las mujeres trabajadoras y que como bien resume la nigeriana ChimamandaNgoziAdichie en su ensayo “Todos deberíamos ser feministas” consiste sencillamente en que cuanto más arriba, menos mujeres, incluso en sectores donde son mayoría.Pensemos–solo en el sector público- en el número de juezasen relación con el número de magistradas del Tribunal Supremo, el de médicasen relación con el número de gerentes de hospitales públicos o elde profesoras universitarias en relación con el número de catedráticos o rectores.

Así las cosas, quizás va siendo hora dearriesgar un poco. En mi opinión, una de las medidas más razonables es tratar de introducir cambios en los sesgos inconscientes de los denominados grupos dominantes. La psicología lleva tiempo explicando que nuestras conductas son sistemática y predeciblemente mucho más irracionales de lo que pensamos, siendo los sesgos cognitivos una prueba del pensamiento automático y rápido que sustituye al más lento y racional. Son esos sesgos los que explican-en un famoso experimento realizado entre estudiantes de una prestigiosa universidad americana- que la misma persona sea evaluada de forma mucho más negativa si se le pone un nombre femenino que si lleva un nombre masculino. O que algunas orquestas solo empezaran a contratar mujeres cuando los examinadores desconocían si el músico al que escuchaban detrás de una cortina era hombre o mujer. La sencilla razón de esta discriminación se fundamenta en que los seres humanos valoramos sistemáticamente mejor a los miembros de un grupo dominante que a los que no lo son. Y, hoy por hoy el grupo dominante es de hombres particularmente en el ámbito laboral y profesional.

Efectivamente, mientras que a los miembros del grupo dominante se les evalúa por su potencial a los que no forman parte del grupo se les evalúa por sus logros.Mientras que a los primeros se les atribuyen fácilmente todo tipo de éxitos, propios y ajenos, a los segundos se les regatean, atribuyéndose a cualquier factor externoantes que a sus propias capacidades. Dicho de otra forma, el buen hacer de las mujeres es sistemáticamente subestimado mientras que el de los hombreses sistemáticamente sobrevalorado. Y lo más interesante es que los miembros de uno y otro grupo también reaccionan así. Por eso no es casualidad que ellas suelan ser más autoexigentes: las mujeres saben que tienen que demostrar su valía.

¿Cómo cambiar estos sesgos? La fórmula más sencilla es cambiar la composición del grupo dominante. Una forma rápida es mediante la imposición transitoria y transparente de cuotas de género en los órganos de gobierno de empresas e instituciones importantes. El ejemplo de Italia, Noruega, Francia o Alemania nos marca el camino. Se trata de incorporar talento femenino que de otra forma sencillamente no va a alcanzar a estas posiciones de poder. Y de paso, aportar no solo mayor diversidad sino también mayor profesionalidad, formación y juventud a muchos consejos de administración que lo están pidiendo a gritos. No parece que como sociedad haya nada que perder y sí mucho que ganar. En el peor de los casos, tendremos mujeres corrientes en lugar de hombres corrientes. En el mejor, tendremos mujeres valiosas en lugar de hombres corrientes. Y lo más importante: tendremos una sociedad más justa y mejor. Por eso todos, hombres y mujeres, deberíamos ser feministas.

7 prejuicios para rechazar el feminismo en el lenguaje

(A propósito de las declaraciones de la “portavoza” de Unidos Podemos)

 

La semana pasada se abrió nuevamente el debate sobre la necesidad o no de modificar nuestras reglas lingüísticas para que nuestro idioma sea más inclusivo con la mujer. Todo comenzó cuando Irene Montero, número 2 de Unidos Podemos, dijo en una rueda de prensa “portavoces y portavozas”, lo que pareció tratarse de un error que después ella elevó a la categoría de lucha social. Ahora me dispongo a escribir mi primer artículo feminista en un intento, confío en que no estéril, por expresar mi preocupación por el modo en que se produce la toma de decisiones en nuestra sociedad.

Me interesa especialmente plasmar una idea y es que, en mi opinión, es casi tan grave ser machista como negarse a discutir sobre el fondo de un asunto, sin importar las razones que para ello se aduzcan. Si uno no respeta las normas, es imposible avanzar en el modo adecuado: o bien unos impondrán su dogma con reticencia de los otros o no lo impondrán, pero el problema de fondo quedará sin resolver. Así pues, la primera norma de la democracia es que tenemos el deber de hablar los unos con los otros y, por tanto, de escuchar.

Por entendernos, lo que ahora me preocupa no es convencerle a usted, lector/a, de que diga “portavozas” o de que apoye la incorporación de un cierto lenguaje inclusivo en el Diccionario de la Lengua Española. Lo que ahora pretendo es combatir el rechazo (“Del lenguaje inclusivo no quiero ni hablar”), a veces violento, primario e instintivo, carente de toda modestia, que en ocasiones todos mostramos para evitar debatir sobre determinados asuntos, porque su discusión nos resulta irritante.

Mientras trataba de plasmar mi postura, he identificado 7 prejuicios que he visto repetirse y que han ayudado a muchos a escurrir el bulto cuando de hablar de feminismo se trataba:

Prejuicio núm. 1: “A las mujeres lo que les interesa es cobrar más, no decirportavozas’

Por una parte, no dudo que la igualdad efectiva de la mujer no se consigue diciendo “portavozas”. Tampoco dudo que, entre decir “portavozas” con total libertad y una subida de sueldo, una mujer prefiere lo segundo, pero ésa tampoco es la cuestión. La pregunta es: ¿le parece importante a una mujer, aunque sea por una razón simbólica, que se avance en el lenguaje inclusivo?

A esto muchos responden negativamente, cuando a todas luces parece que no debiera ser un hombre el que responda a esta pregunta, pues su acción bien pudiera -y debiera- ser acusada de mansplaining. Por tanto, a menos que uno se base en detalladas encuestas que demuestren científicamente la verdadera voluntad del conjunto de las mujeres, es preciso ser más cauto en nuestras afirmaciones y, concretamente, no asegurar cuáles son las preferencias particulares de tus conciudadanas ni erigirse en portavoz o portavoza del mundo.

En cualquier caso, este prejuicio consiste en realidad en negar la mayor (el lenguaje inclusivo o aun el feminismo) por medio de desautorizar un argumento secundario o aun terciario (el sinsentido de decir “portavozas”). Por tanto, es una manera simplista, la más primaria, de rechazar el debate por medio de acreditar una pereza intelectual intolerable, que, además, denota una considerable fragilidad de los principios de uno: basta que una parlamentaria a quien ni siquiera votamos diga una “tontería” para que rechacemos el paquete en su conjunto, esto es, la oportunidad o no de adaptar el lenguaje a las nuevas exigencias sociales, o incluso el feminismo por entero. Esto sería casi como odiar la propia existencia porque el vecino no te haya dado los “buenos días” por la mañana.

Prejuicio núm. 2: “Debates cosméticos

La idea aquí sostenida es que los políticos se enredan en debates infecundos y no trabajan de verdad para los españoles. Este prejuicio, aunque relacionado con el anterior, invita a una reflexión distinta: ¿cuán importantes son los símbolos en política? Es decir, ¿hacen bien los políticos en atender lo simbólico, descuidando quizás policies más pragmáticas?

Según Abner Cohen, los símbolos son irrenunciables en política y de una importancia capital para la sociedad. Para advertir la relevancia que se otorga al simbolismo en todo tipo de sociedades, desde las más primitivas hasta las más modernas, no hay más que pensar en el modo en que se celebra un funeral o una boda.

Sin embargo, a pesar de que nuestro prejuicio núm. 2 entraña ya un error de concepto, que es menospreciar el valor de los símbolos en la sociedad, está además compuesto por un nuevo triple prejuicio: (i) presumir que son los políticos los que han creado (artificialmente) el debate (cuando no se tiene total seguridad de ello), (ii) presumir que los políticos no trabajan por lo que es verdaderamente importante (por cierto, me consta que el mismo día de aquellas declaraciones la propia Irene Montero se reunió con el Grupo Parlamentario Ciudadanos, a puerta cerrada, para discutir sobre la reforma electoral, que quizás sí nos interesa mucho a los españoles y que, en cualquier caso, sugiere que aquélla, además de en la provocación, está ocupada en otras labores legislativas) y (iii) presumir que lo que uno considera importante coincide con lo que el resto del mundo considera importante, lo cual fácilmente puede revertir en un acto de soberbia, al descartar por absurdos asuntos que para otros sí pueden ser sustanciales.

Prejuicio núm. 3: “Ahora tenemos otras prioridades

Este prejuicio, apenas un argumento, viene a sugerir, en resumen, que precisamente ahora –se entiende que de manera excepcional– no disponemos de tiempo para encarar asuntos “menores” como éstos, pero que, ya cuando seamos ricos, hablaremos de ello. Es un argumento del tipo “me pilla usted ocupado”, “ya le llamaremos” o “hablaremos cuando los cerdos vuelen”.

Por un lado, se trata de una actitud conservadora, por cuanto se vislumbra con perfecta nitidez que el argumento no responde a una lógica racional (pues no la tiene), sino a una reacción emocional basada fundamentalmente en conservar los privilegios adquiridos, aun siendo éstos injustos, bajo cualquier circunstancia, hasta el punto de que uno se niega vehementemente incluso a conversar sobre el asunto. El rechazo no obedece, pues, a un estricto orden de prioridades a partir del cual uno pretende lograr un desinteresado mejoramiento del bienestar social (puesto que ambas cosas son compatibles y, de hecho, complementarias), sino a una excusa (vestida de orden y templanza) para no esforzarse por modificar el modo en que uno está acostumbrado a hablar.

Por otra parte, lo entiendo: una persona tiene muchas obligaciones diarias que colman el curso natural de sus días (el trabajo, los niños, las facturas, los amigos, etc.), dejando apenas tiempo, en el mejor de los casos, para debatir sobre los asuntos políticos de mayor envergadura. Se me ocurre, no obstante, una solución: hablar de fútbol una hora menos a la semana.

Prejuicio núm. 4: “El lenguaje ya prevé la neutralidad

Este prejuicio parte directamente de un descuido teórico. Como señalaba en El Mundo Salvador Gutiérrez Órdoñez, catedrático de Lingüística, miembro de la RAE y consejero de Fundéu, esta disputa no es nueva. Nos recuerda que la incorporación del tinte femenino a las palabras ya ha atravesado la reticencia en el pasado, como demuestran los casos de “diputada”, “abogada”, “jueza”, “catedrática”, “árbitra” o “bombera”. ¿Saben por qué razón hubo entonces un ferviente rechazo a su incorporación al Diccionario? Porque entonces las mujeres no desempeñaban ninguno de esos oficios y los hombres no estaban acostumbrados a oír esas nuevas palabras. De modo que por un tiempo se empeñaron en decir la diputado, la abogado, la juez, etc., y finalmente cedieron. Todo se resume en una frase: “El pueblo es el dueño del idioma”.

La ausencia de neutralidad ocurre aún en nuestra lengua, por supuesto. Si se fijan, es habitual que, en un grupo de diez personas con ocho chicas y dos chicos, un chico diga: “Chicos, vámonos” (a pesar de la minoría en número), de la misma forma que, si es una chica la que lo dice, rápidamente se disculpe ante los otros dos, como si se tratara de una ofensa. También es costumbre hablar de “el hombre” para referirse a ambos sexos: “A lo largo de la Historia, el hombre se ha mostrado siempre reacio al cambio” (en el ejemplo, se refiere a hombres y mujeres, pero bien pudiera referirse sólo a los primeros a los efectos del presente artículo). Al respecto, Mercedes Bengoechea, sociolingüista y catedrática en Filología de la Universidad de Alcalá, afirmaba: “El problema es que el masculino intenta representar a toda la humanidad y el femenino, no”. Por tanto, el problema no es que el masculino abarque la neutralidad, sino que es precisamente el masculino, y no el femenino, el que la abarca.

Es justo recordar que polémicas similares ocurrieron con palabras como “negro” o “maricones”, pues nuestra rica lengua contiene palabras y expresiones que, por irrespetuosas, son merecedoras de revisión, véase “merienda de negros”, “maricón, el último”, “qué […] ni qué niño muerto” o “cara de corderito degollado”.

Eso por no hablar de algunas palabras innegablemente machistas e irrespetuosas con la mujer, que, además, refiriéndose a hombre y mujer, adquieren significados distintos: golf@ (pícaro, promiscua), zorr@ (astuto, promiscua), atrevid@ (valiente, promiscua).

Por tanto, el lenguaje no es neutral, sino que favorece al hombre, en detrimento de la mujer y por razones obvias: el histórico dominio del primero sobre la segunda.

Prejuicio núm. 5: “Me niego a que cuatro feminazis me digan cómo debo hablar

Si lo anterior no ha funcionado, el instinto está gratamente invitado a actuar. Este argumento, pues, contiene una elevada carga emocional, esta vez en forma de defensa propia, que olvida que las lenguas están en continua evolución y que, de hecho, el español no es sino una vulgarización del latín.

Además, nuestras preferencias o deseos no son un patrón oro ni de la justicia ni del bien y del mal (antes al contrario). Por tanto, poco importa que uno quiera o no quiera hacer una cosa (“me niego a hablar”), porque, no el Código Penal, sino la moral y sus caprichos seguirán su propio camino sin prestarle a uno atención.

Existe una última réplica a este prejuicio núm. 5: la propia educación, a veces no impuesta sino por uno mismo o por el entorno más próximo, es un ejemplo más de cómo la corrección (también política) es parte de nuestro día a día. Uno es perfectamente libre de no decir “buenos días”, de no dar las gracias o de comenzar una frase diciendo “a ver si te enteras de una vez”, pero es posible que no caiga en gracia en sociedad.

Prejuicio núm. 6: “El feminismo es intolerante con los hombres

Cuando los argumentos secundarios o terciarios fallan, llega el momento de negar la mayor: el feminismo. En esta negativa siempre se percibe una notable confusión entre el feminismo radical y otro más moderado.

Cierto es que algunos de los protagonistas de este movimiento, que se han erigido en representantes de todo un pueblo, han pecado ciertamente de exceso y populismo, lo cual es irresponsable de acuerdo con su posición (políticos y otros personajes públicos). Así, como es natural, se corre el riesgo de asociar el feminismo a determinados individuos que nos resultan antipáticos y, de ese modo, acrecentar el riesgo de rechazo. Sin embargo, y al margen de lo anterior y de lo ya expuesto en el prejuicio núm. 1,  el feminismo representa una causa pública muy noble y digna de nuestra atención, que no persigue otra cosa que el progreso social y la igualdad de los ciudadanos.

Y hay algo más: si los feministas (partidarios de la igualdad efectiva entre hombres y mujeres), que somos la mayoría de la población española, nos empeñamos en no participar de este debate, corremos el riesgo de que quede éste a merced de una ideología inaceptable de tintes supremacistas, como puede ser el hembrismo o el machismo, dos extremos de la misma cuestión simplemente detestables.

Prejuicio núm. 7: “Mucho victimismo

Este argumento, ya muy falible, producto del agotamiento que produce la conversación, parte de una suerte de darwinismo social posmoderno que defiende que, si una mujer tiene talento y se esfuerza, puede llegar a donde quiera, lo cual demuestran casos de altas ejecutivas, juezas y escritoras. Vaya, que lo que una mujer debe hacer es trabajar duro y no discutir sobre cosas absurdas. La legitimidad del argumento, de una distinguida pobreza intelectual, se concede cuando quien lo expone es una mujer bien situada social, económica y profesionalmente, normalmente sin hijos (excepcionalmente con ellos).

Este prejuicio se empeña en obviar que existen circunstancias que dificultan, no sólo el ascenso profesional de la mujer, sino también su inclusión social efectiva. Como decíamos antes, el caso particular no ilustra la verdad general, que es que, desgraciadamente, la inclusión total de una mujer no es más que la anomalía.

CONCLUSIONES

Durante estos días, he podido observar cómo estos prejuicios invaden el curso natural de la conversación y la reducen a la categoría de “discursitos de bar”. El fondo del asunto, de índole lingüística, política o, en cualquier caso, no emocional no es apenas contrastado precisamente a causa de que estos prejuicios se interponen en nuestro debate.

No soy sospechoso de profesar una actitud relajada ante la gramática y la ortografía, ni desde luego de simpatizar con algunos de los políticos y personajes que han protagonizado el discurso feminista con alta vehemencia y poca habilidad política. Sin embargo, tras un breve estudio de la Historia, cualquiera puede advertir que las mujeres han permanecido a la sombra del hombre durante siglos, de modo que lo mínimo que merece el feminismo es toda nuestra sincera atención, aunque eso conlleve superar nuestras fobias y rabias, así como separar la paja del trigo para encontrar, debajo del populismo y la estupidez, debates y políticas dignos de nuestro tan apreciado tiempo.

La forma en la que discutamos sobre éste y cualquier otro asunto es crucial. Tal vez los prejuicios analizados en este artículo sirvan para convencer al/la lector/a de que, cuandoquiera que discuta sobre un asunto público, ya sea el feminismo, el lenguaje inclusivo o el aborto, no debe en ningún caso permitir que sus prejuicios, que en gran medida son inevitables pero que desde luego se pueden superar, interfieran en la discusión de asuntos sociales y políticos de una manera racional y, en definitiva, más civilizada.

Existe una forma de identificar si nos estamos dejando llevar por nuestros impulsos, una pista para advertir nuestra vulnerabilidad ante las emociones, que, además, es compartida por los siete prejuicios antes expuestos: el rechazo. Si no estamos dispuestos ni siquiera a debatir es porque ya estamos a merced de los deseos, y no de las ideas.

En el debate sobre el feminismo, escurrir el bulto ya no es una opción. Es hora de hablar; de todo, incluso de las chorradas.

 

Gestación comercial: deseos y derechos

(El presente post es una versión reducida, a instancias de los editores, de un artículo publicado por la autora en la revista El Notario del Siglo XXI, que puede leerse aquí)

La Ley 14/2006 de 26 de mayo sobre Técnicas de Reproducción Humana Asistida prohíbe, en su artículo 10, la gestación subrogada o comercial. Pese a ello, se estima que anualmente en nuestro país cerca de mil criaturas son adquiridas mediante esta práctica, hasta el momento, sin demasiada dificultad (como así lo corrobora la existencia de mediáticos y conocidos casos). Sin embargo, la ilegalidad de la práctica en los países de procedencia de las y los clientes, está planteando reiterados conflictos a la hora de inscribir al nacido/a en los registros civiles nacionales. Por ello, algunos países donde la práctica es legal están empezando a exigir que la gestación comercial cuente con el beneplácito de las disposiciones normativas en país de destino, y de ahí la urgencia de su legalización.

En defensa de la legalización se esgrimen argumentos varios: que es la única forma que tienen algunas personas para ser madre o padre y su prohibición vulnera un supuesto derecho a serlo, que es un contrato válido en la medida que opera la libre elección entre las partes, que limitar la decisión de las mujeres sobre su cuerpo es un acto de paternalismo, la teoría del “mal menor”, según la cual dado que es una práctica existente es mejor contemplarla y legalizarla para garantizar ciertos derechos o incluso la posibilidad de su desmercantilización mediante la regulación de la gestación altruista.

En primer lugar, la maternidad o paternidad no es un derecho ni es la única forma que tienen algunas personas de acceder a la paternidad o maternidad (habida cuenta de las miles de criaturas pendientes de ser adoptadas o acogidas). Eso sí, es la única vía posible para seleccionar una, dos o ilimitadas criaturas a la carta: eligiendo sexo, carga genética y con derecho a revocación del acuerdo. Un proceso que se ajusta a las pretensiones del cliente en lo que se niega a los y las menores la tutela institucional de la que gozarían si fuera una adopción internacional.

A su vez, el manido argumento del libre consentimiento precisa que éste sea un acto libre e informado. El ejercicio de dicha libertad requiere que no está mediada por la supervivencia o la subordinación. En un contexto globalizado de feminización de la pobreza y rearme del neoliberalismo patriarcal, el consentimiento está viciado porque no se dan los requisitos exigibles a un contrato libre entre iguales. La supuesta libertad del acuerdo operaría, además y en el mejor de los casos, solo para aceptar el contrato. Suscrito el mismo, la gestante pierde toda capacidad para interrumpir el embarazo, cambiar de opinión y revocar el consentimiento. Pero también exige que sea un acto informado, que se conozcan todas las consecuencias de la decisión. Como ocurre con la falsa premisa de la libertad del acuerdo, la información no es tal porque es imposible que las gestantes conozcan con anterioridad los lazos afectivos que desarrollarán con sus criaturas durante o después del embarazo y, no en vano, este es el principal argumento al que apelan las gestantes arrepentidas.

En tercer lugar, impedir la explotación reproductiva de las mujeres no equivale a limitar su libertad ni a un ejercicio de paternalismo, como se pretende defender. Como no lo es respecto a las trabajadoras y trabajadores prohibir jornadas laborales de 20 horas diarias, o trabajar con grilletes y cadenas. Quizás conviene recordar -como señalaba recientemente la filósofa Amelia Valcárcel- que “mi cuerpo es mío” es un eslogan, no un argumento, que vindica la autonomía de las mujeres respecto a los mandatos patriarcales, pero también respecto al mercado. No equivale a considerar el cuerpo como una propiedad privada que puedo vender apelando al slogan “mi riñón es mío” o “mi cornea es mía”. Nada más lejos del conocido eslogan que defender la explotación a la carta del cuerpo de las mujeres según se precise un rato de sexo, un par de óvulos o un útero.

La cuarta línea argumental es que frente al “mal mayor” que supone su no regulación, adoptar un marco jurídico permitiría garantizar los derechos de criaturas, gestantes y clientela. Conviene advertir que en nuestro país la gestación por sustitución ya está regulada: está prohibida. Como lo está la trata de personas con fines de explotación sexual, el tráfico de órganos, de drogas o de armas y nadie apela a su legalización para garantizar los derechos de las y los consumidores o asegurar la calidad del producto. El mensaje suele ser el contrario: fortalecer su persecución y penalización.

Por último, no debiéramos terminar sin abordar el falso o ingenuo debate que rodea a la gestación altruista. En la medida que las propuestas legislativas que contemplan dicha modalidad prevén una compensación económica por las “molestias” ocasionadas, el altruismo no es tal y cabe pronosticar un escenario similar al de la venta de óvulos (comúnmente denominada “donación”). Nuestras universidades están repletas de carteles que invitan a nuestras jóvenes a sacarse un “dinerillo” para sus estudios hiper-hormonándose y vendiendo sus óvulos, sin que exista un control sanitario público que vele e informe de los riesgos que conlleva para su salud. Quizás conviene  preguntarnos si el altruismo, de ser tal, se aceptaría en la donación de órganos entre donantes vivos sin control alguno por parte del sistema de salud pública y sin derecho a que la persona donante se retracte u obligándole, en su caso, a pagar una cuantiosa indemnización por ello.

No es difícil empatizar con aquellas personas que tienen el anhelo de tener hijos/as. Que ante las fotos de pequeñas criaturas sonrosadas que ilustran las páginas webs y los carteles de las empresas comercializadoras de los vientres de alquiler sintamos una espontánea oleada de ternura. Sin embargo, el apresurado debate al que asistimos evita, deliberadamente, contextualizar las condiciones de las posibles gestantes y revisar los requisitos o el procedimiento de un sistema de adopciones internacional no lucrativo en el que -a diferencia de la gestación comercial- prima el interés del menor y no el deseo o la capacidad económica de la clientela.

El debate sobre la legalización de la gestación comercial no se puede abordar solo desde la libertad individual o los deseos de cada cual. Hay responsabilidades estatales indelegables, una de ellas es la tutela de unas y unos menores que no pueden quedar al albur de chequeras, ilusiones o deseos personales. El derecho a la dignidad y a la integridad física y moral de las mujeres o el derecho de los menores a contar con tutela (paterna, materna o estatal) son valores intrínsecos de una democracia, bienes comunes reconocidos en nuestro ordenamiento jurídico. Por el contrario, no existe el derecho a ser padre o madre, por mucho que se desee; como no lo existe respecto a la compra de órganos por mucho que se desee vivir. Legalizar la gestación comercial tiene serias implicaciones éticas, entre otras, permitir que cualquier persona con capacidad económica suficiente pueda adquirir un ser humano, derivar hacia las mujeres más vulnerables las secuelas físicas y psicológicas que comporta un embarazo y establecer una ciudadanía censitaria, según la cual, solo las personas con recursos pueden garantizar que el libre mercado les provea de criaturas a demanda.

Mis amigas feministas

La semana pasada se publicó una entrevista a la Presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, en una revista de El País que causó cierto revuelo – aunque, ¿qué no causa ya revuelo?- por sus declaraciones sobre el feminismo. La entrevista completa puede verse aquí. Concretamente la comentada frase fue “Tengo amigas que son feministas y van perfectamente arregladas.” Obviamente no voy a entrar en el debate de si las feministas se arreglan o se dejan de arreglar, creo que antes preferiría que me arrancasen las uñas con tenacillas, pero sí me parece interesante la primera parte de la frase. Leyendo la entrevista completa salta a la luz que Cristina Cifuentes evita claramente autodefinirse de esta manera porque, según ella “El problema del feminismo tradicional es que en algunas ocasiones se ha identificado con la defensa de las mujeres, pero a costa de ir en contra de los hombres”, y ella no se siente identificada con este movimiento. Sin embargo en varias partes de la entrevista deja claro que cree que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres. Y, ¡oh sorpresa!, resulta que eso es el feminismo.

Abro aquí un breve paréntesis: antes de que se pongan a escribir comentarios altamente apasionados (o en el peor de los casos irrespetuosos) les pediría que leyeran esta definición del término, de una fuente tan aséptica como la RAE. Lo digo porque leí con tristeza los comentario al post publicado por Cruz Leal en enero en este mismo blog, y que puede leerse aquí. Muchos comentarios, que suelen ser muy interesantes, fundados y fundamentados, fueron en gran medida ideológicos y poco enriquecedores, por decirlo suavemente.

Cuando me plantearon escribir este post no pensé ni por un momento volver a hablar del concepto de feminismo. Mi idea era resumirles algunos datos que estoy actualmente analizando para un estudio sobre el papel de la mujer en el entorno digital en Europa. Sin embargo la citada entrevista y una posterior discusión sobre la misma con unos amigos me han hecho ver que desgraciadamente el debate es aún necesario.

Creo que la descalificación del término feminista, y la enorme carga negativa que actualmente conlleva, es un triunfo de los que no creen en la igualdad de derechos y obligaciones entre hombres y mujeres, a los que, si me permiten, llamaré machistas. Y es un triunfo muy importante, porque las palabras importan. Y si yo no puedo definirme como feminista, es decir, como una persona con una ideología que defiende que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres, limito mi capacidad para identificarme con esta lucha, una de las luchas más importantes por la igualdad y la libertad a las que probablemente jamás se enfrente la humanidad, ya que afecta a la mitad de ésta. Renunciar a la palabra feminismo, a decir que uno es feminista, implica en cierta medida renunciar a reconocer que existe un problema, que sigue sin haber igualdad. El feminismo se ha identificado con victimismo o revanchismo, en lugar de con una lucha justa en la que todos, hombre y mujeres, debemos estar en el mismo bando, que es precisamente a lo que hace referencia.

Y lamentablemente es una lucha que, aunque pueda parecer lo contrario, no estamos ganando. En los últimos años los indicadores de igualdad en Europa prácticamente no han mejorado. Me refiero a indicadores tales como la brecha salarial, la participación de la mujer en el mercado laboral, el acceso a puestos de liderazgo, la conciliación familiar y profesional o, incluso, el acoso sexual o la violencia de género. Les daré algunos datos para reforzar mi idea de que efectivamente sigue habiendo un problema, que sigue habiendo desigualdad.

Las formas más evidentes de discriminación, aquellas que suponen el ejercicio de la violencia sobre la mujer, continúa aumentando en la Unión Europea. Según datos de Eurostat en el año 2014 los delitos de tipo sexual registrados por la policía en la UE aumentaron un 16,6% respecto al año 2008, concretamente los delitos de violación aumentaron un 36,9% y un 8,1% las agresiones sexuales. Una de cada tres mujeres en la UE ha experimentado violencia física o sexual y el 75% ha experimentado algún tipo de acoso sexual en el entorno laboral (son datos de un estudio de 2014, el último disponible a nivel europeo).

La brecha salarial en la UE era en 2010 de un 16,4% y en el año 2016 del 16,3%. Las mujeres ocupaban en el año 2016 un 23,9% de los puestos de máxima decisión de las grandes empresas cotizadas europeas (presidencia y consejos y administración), y un 14,9% de los puestos de alta dirección. Estos datos sí han mejorado ligeramente en los últimos años si se consideran de forma agregada para toda Europa, gracias al empuje de aquellos países que han implementado medidas legislativas, como Francia, Bélgica, Italia o Alemania, ya que en aquellos países donde no se han implementado medidas de este tipo los datos empeoran, como es el caso de Eslovaquia, Rumanía, Hungría o la República Checa, o mejoran muy tímidamente. La tendencia es, además, más positiva en el ámbito del gobierno corporativo, donde se han puesto en marcha mayor número de políticas, que en la alta dirección.

En el ámbito social y político las cifras no son mucho más optimistas. A nivel europeo actualmente sólo el 29,1% de los miembros de los parlamentos nacionales son mujeres. El porcentaje era del 24,2% en el año 2010. El 10,7% de los jefes de estado y de gobierno europeos son mujeres, eran el 14,3% siete años antes. El 28,5% de los ministros de los distintos gobiernos europeos son hoy mujeres mientras que en 2010 eran el 26,2%. El 18,8% de los líderes de los principales partidos políticos son mujeres y en 2011 eran el 15,6%. En 2016 el 28,2% de los líderes de los principales agentes sociales (sindicatos y patronales) de los países de la Unión Europea eran mujeres.

En el ámbito tecnológico los datos son aún más preocupantes ya que se aprecia un claro retroceso en las cifras de participación de la mujer en el sector. En el año 2005 el 22,2% de los especialistas TIC en Europa eran mujeres; en el año 2015 el porcentaje era del 16%. Todo ello en un contexto en el que la tecnología está transformando radicalmente la sociedad y la economía, en el que los procesos productivos se modifican y las habilidades o conocimientos tecnológicos no sólo serán esenciales para encontrar un trabajo, sino que serán los responsables en gran medida de conformar esta nueva realidad digital. Una transformación digital de la que la mujer debe ser parte activa, y no mera receptora.

Entiendo que el camino que nos ha llevado hasta aquí, hasta el desprestigio del término feminista, es complejo y tiene muchos culpables – incluidas algunas feministas, por supuesto, que sé que están deseando que lo diga-. Sin embargo creo que es el momento de que aquellas personas que creemos en la igualdad y en que aún queda camino por hacer lo recuperemos y le devolvamos el verdadero significado que tiene. Que nuestros representantes públicos, ellos y ellas, digan claramente que son feministas sería un gran primer paso. Todos deberíamos ser la amiga y el amigo feminista. Luego ya que cada uno decida si quiere ir o no arreglado.

Por último aprovecho para divulgar una consulta sobre esta cuestión que está realizando la Comisión Europea y para el que les pido su participación. Es una breve encuesta en la que sobre todo interesa identificar buenas prácticas. Pueden participar en este enlace. Está disponible en inglés, francés y español.

 

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¿Es el feminismo un asunto de todos?

Es bien sabido que la historia es un asidero de significación común que siempre se cuenta desde una posición de poder y su interpretación está sujeta a intereses. Sus  narradores se aferran a la idea de la transcendencia porque tienen una elevada idea de sí mismos y de paso se arrogan conducirnos hacia lo que consideran mejor, como un padre salvador que conduce a su prole de pequeños, a los que nunca confesará que desconoce el camino. En sus márgenes se cuentan las biografías pequeñas, ya que estamos tan necesitados de explicar, como de ser explicados para reconocernos. Las mujeres no tenemos historia, nuestras biografías de supervivencia o excelencia están subsumidas en la historia general de los hombres que nos llevan de la mano como menores de edad. Y mientras mantenemos limpio el hogar, ellos dirigen la familia.

Una de las historias más antiguas y más veces contada es la que impone la naturalización de la desigualdad. Una constatación de diferencias biológicas que sirve para legitimar una desigualdad en los derechos. Dicha desigualdad se transmite generacionalmente desde la experiencia íntima de un arrullo, un pequeño gesto que nos prende un pendiente de la oreja, la elección amorosa de un nombre,  un color…  Rituales cotidianos de ocupación del espacio y de la vida nos transmiten la responsabilidad de mantenerla, a ésta, aseada y en orden, sin molestar. Nos recuerda incansablemente que hombres y mujeres tenemos una naturaleza tan distinta como nuestro destino. Las mujeres ya hace mucho que planteamos las dudas sobre una biología tan olvidadiza que necesita del constante refuerzo cultural para realizar su cometido. Y sobre la idea recalcitrante de que la naturaleza ha hecho a los hombres y las mujeres distintos con un sabio objetivo; ellos dotados de virtudes superiores para decidir y dirigir nuestro destino, el de todos; nosotras apenas capacitadas, para hacer la vida a cada rato y construir el mundo afanosamente cada día, desde el ámbito privado.

Pero, los narradores (de la historia) han tejido toda una argumentación de la naturalización de la desigualdad como la mejor justificación de sus privilegios, a los que no quieren renunciar. Sus argumentos son los mismos que imponen a cualquier grupo poblacional desde su lógica dominadora; que han nacido para ocupar un lugar inferior porque no están dotados de su excelencia. Es un discurso tan antiguo que se pierde en el tiempo y con una enorme capacidad de adaptación a cada momento.

Es la lógica del patriarcado, un sistema de dominación que debe su pervivencia a la incorporación sutil como costumbre, cuya prueba argumental irrefutable es que  ha sido así, desde siempre. Son argumentos marcados a fuego por una cultura que legitima la supremacía masculina tomando el sexo como medida de todas las cosas y que han dejado una huella profunda y autocomplaciente con los intereses masculinos en todos los saberes, en ciencias y humanidades. A las mujeres nos ha dejado el silencio, no por falta de hechos importantes, contribuciones a la historia común o palabras para la narración, sino por falta de reconocimiento. Algo que un sistema injusto no puede permitirse sin desacreditarse.

En palabras de la catedrática Yadira Calvo, en su premiada obra La aritmética del patriarcado: “El peso de la autoridad que nos descalifica desde hace por lo menos 2.500 años en Occidente sigue teniendo impacto. Revestidos durante siglos de religión, ciencia, de filosofía, los prejuicios se han sedimentado, pasan por verdades inapelables y contribuyen a determinar nuestros gustos, nuestras actitudes, preferencias, expectativas, posibilidades y oportunidades.

En tanto no desmantelemos el viejo y resistente edificio patriarcal, nos va a ser muy difícil cambiar las cosas.”

Explicar en qué consiste el feminismo a alguien ajeno a su causa y no motivado por la conciencia, requiere una actitud de escucha dispuesta a la aceptación del cuestionamiento de las jerarquías, teniendo en cuenta que la superioridad masculina es la única entre todas que nunca ha sido cuestionada. Y requiere también, la aceptación de un marco explicativo propio desde la cultura occidental sine qua non encuentra la posibilidad de expresarse; ya que es fruto del movimiento ilustrado y por ende sus cuestionamientos parten de la tradición política de la Modernidad y sus ideas de igualdad y democracia. En el feminismo y su ideal humanista para la consecución de la igualdad, el sexo no puede tener consecuencias sobre el individuo y no puede ser un determinante de sus derechos. Parte de un humanismo total que incluye a todos los seres humanos por el simple hecho de serlo.

El feminismo solo es posible a partir del marco de ideas del racionalismo dieciochesco y su mundo de ideas sociales, políticas y morales que siguen organizando nuestras vidas y nos permiten el análisis argumental, la revisión, la autocrítica y crítica de la realidad. Surge para revisar un “olvido”, en mi libre interpretación, y en palabras de Amelia Valcárcel como un hijo no deseado de la Ilustración, aludiendo a la controversia generada por sus planteamientos no esperados.

Encontramos pensamientos cuestionadores del papel de la mujer desde la Baja Edad Media. Pero será a partir de la Déclaration des Droits de le Femme et de la Citoyenne en 1791 redactada por Olympe de Gouges, que corrige el “olvido” de la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, lo que nos permite hablar de feminismo ilustrado.  Éste será su primer momento y sus preocupaciones se centran en la emancipación para elegir estado civil y la igualdad para acceder a la educación y la alfabetización. El segundo momento feminista se prolonga hasta bien acabada la Segunda Guerra Mundial, marcando por la acción sufragista y la consecución de los derechos políticos. Sus hitos son muchos, pero me resulta imprescindible destacar un documento declarativo sobre los derechos “humanos” básicos, liderado por una mujer y a cuya insistencia debemos la Declaración Universal de los Derechos Humanos  de 1948 que han regulado el marco ético de nuestra convivencia democrática. Gracias a Anna Eleanor Roosevelt  y su pragmatismo, hemos podido imaginar que hay algo a lo que podemos aspirar como ideal en nuestra común humanidad y a ella debemos que al connotarlos como “humanos” las mujeres no quedáramos de nuevo invisibilizadas.

Siempre nos referimos a los momentos feministas como olas, un simbolismo evocador quizás porque en su vaivén traen logros nuevos y revisiones y aunque alertan de su posible retroceso por momentos, sabemos de lo imparable de su regreso como un ideal de justicia que moviliza el progreso civilizatorio.

La que sería la tercera ola, es el feminismo en la actualidad, el cual conseguidos los derechos anteriores tiene entre sus retos  no solo mantener su vigencia y vigilar su compromiso, sino instalarse con naturalidad en aquellos sistemas que lo posibilitan y contribuir a su fortaleza. Y de todos, es la democracia pese a sus imperfecciones, su mejor aliado. Cualquier totalitarismo o dictadura religiosa o social abrirían la puerta a un retroceso por su marcada tendencia a la derogación de los derechos adquiridos. La libertad de una sociedad se mide en la libertad de la que pueden disponer sus mujeres, en palabras de Montesquieu. Los derechos y la expansión de sus principios serían sus grandes temas, que necesitan ser tejidos con constancia y tenacidad por un entramado de multitud de logros y retos pendientes que den paso a un modelo de humanidad que considere a las mujeres ciudadanas del mundo.

Hasta aquí lo que sería una aproximación a una historia exprés del feminismo equiparable a una mota de polvo sobre una página, porque supongo que lo anterior deja entrever que unos siglos tienen suficiente densidad en acontecimientos, datos y nombres, imposibles de incluir en unas líneas, aun cuando sus protagonistas sean mujeres. Solo puedo invitar a la indagación y disfrute de la extensa bibliografía de cientos de autoras y autores que abordan el tema y aportan luz suficiente para su conocimiento, comprensión y acicate en la difusión de sus ideales.

Ahora bien, a la escucha que demandaba en párrafos anteriores le debo una explicación de bolsillo, de aquellas que te apañan una emergencia. Dado que en un momento, el actual, en el que la mentira luce aparente como quincalla de feria, admirada por su impertinencia sin complejos y la verdad tiene que justificarse con largas peroratas, mención de autores y referencias, cualquiera puede decirse feminista. Incluso puede jugar a redefinir y retorcer conceptualmente los principios de una filosofía política de más de dos siglos de tradición con la tranquilidad que dan la ignorancia y la indiferencia hacia el movimiento más demonizado, ante el cual la misoginia no repara en juntar los principios con los sujetos incluyéndolos por igual en el totum revolutum de sus desprecios.

La acusación habitual más reprobatoria  es sobre el feminismo como contrario al machismo. El machismo es la actitud exigente de relegar a la mujer a una posición de inferioridad con respecto al hombre. Arrojar la acusación sobre el feminismo es no tenerlas todas consigo a la hora de argumentar exigencias. Feminismo y machismo no tienen nada que ver. Pero por supuesto, el feminismo es contrario al machismo y a cualquier “ismo” como actitud o ideología excluyente siempre contrarias a sus principios humanistas.

El feminismo es una filosofía política, una teoría crítica de la sociedad, sistematizada y metódica. Supone adquirir una red conceptual y una nueva mirada sobre los hechos. En palabras de autoras como Gemma Lienas o Célia Amorós es dotarse de unas “gafas violetas” que nos permiten reconocer las contradicciones en los discursos instalados, pero sobre todo plantear otro tipo de interrogantes, cuya importancia radica en que son las buenas preguntas las que nos llevan a la comprensión y el conocimiento.

Es una práctica social plasmada como movimiento militante con pretensiones de incidir en la realidad, es acción y motor de cambio de las relaciones entre las mujeres y los hombres y su impacto afecta a todas las esferas vitales. No es un partido político pero siempre será un movimiento social.

Es una forma de entender y vivir la vida que implica la necesidad de afrontar un proceso personal de cuestionamiento y descubrimiento, dudas, miedos y, necesarias y a veces difíciles coherencias. No se nace feminista y el hecho de ser mujer no lo garantiza. Se es feminsta a partir de la conciencia, como una epifanía que de pronto muestra toda la crudeza de una realidad injusta y negada.

El feminismo es básicamente un motor de cambio social y moral que afecta a toda la sociedad, y sus debates, todos, le competen. Deberíamos reconocer que cada vez que una mujer se enfrenta a la tradición impuesta, sus logros tienen una repercusión moral que incide en las costumbres pero también en la vida civil y política y su tendencia es expansiva porque afecta a la mitad de la población. En comentarios de Amelia Valcárcel sobre la agenda global, “la mayor parte de las cuestiones que producen debates vivos en la esfera global siguen teniendo que ver con lo que se considera adecuado para las mujeres”.

Los retos del feminismo recorren en este momento todas las geografías, en todas ellas las mujeres están en movimiento, las tecnologías y la globalización han sido un aliado del movimiento. Si bien hay que reconocer que en un mundo hipercomunicado las situaciones no son idénticas y la democracia que tanto le favorece, es un bien escaso.

Las urgencias deben plantearse desde lo más básico, que es la conservación de la propia vida. La violencia hacia las mujeres alcanza cifras terribles de feminicidio cuando se suman guerras, esclavitud, tráfico, violaciones, violencia intrafamiliar, violencias rituales (como pueden ser mutilaciones, matrimonios infantiles, exclusión y abandono…) si a ello se le unen las cifras de pobreza y que determinadas convicciones sexistas las releguen a un segundo plano para acceder a la salud, la educación, los bienes y servicios, hacen que la abordabilidad parezca por momentos una tarea gigante e imposible. Las mujeres son un pilar fundamental de las comunidades, a pesar de lo cual prácticas sociales duras, amparadas en la tradición, atentan contra su supervivencia.

Es urgente el debate sobre la cosificación y banalización sobre el uso de sus cuerpos; tanto en la industria de la imagen, como en la del sexo, y ya ahora, en la de la maternidad de alquiler. El cuerpo de las mujeres es en muchos casos el único bien del que disponen para poder sobrellevar la imposición de la pobreza, siendo en las situaciones más extremas un bien que es de pertencia familiar.

Estos debates están imbricados con los modelos culturales y sociales pero sus consecuencias se dejan sentir sobre todo en lo económico, sin autonomía económica la libertad no se aguanta. Abordar el tema del empleo y sus condiciones no en exclusiva salariales, sino organizacionales ( jornadas, cuotas, paridad…son temas recurrentes) el cambio en los modelos de actividad económica, el cuestionamiento de los mercados como entes al margen de la sociedad, las rentas y su distribución, el papel del Estado como empleador o impulsor de políticas, los sectores de actividad de servicios, de atención a las personas y cuidados de proximidad… todos estos debates y otros, que cuestionan los modelos hasta ahora “tradicionales” necesariamente tienen que revisarse bajo los nuevos conceptos de la economía feminista y, no por estar dirigidos en exclusiva a las mujeres, sino porque están destinados a cambiar la concepción del trabajo, de aquello que es y qué no es, en una sociedad abocada al cambio que de verdad, necesita ser incluyente. Y las políticas de género y de formación de liderazgo para las mujeres pasarán a ser algo común para el apoyo de los procesos personales de integración.

Todos estos retos no son en exclusiva del feminismo, son retos que el movimiento plantea a toda la sociedad. Porque estamos en un momento de cambio y de temido retroceso. Frenar la caída es una tarea ingente a la que todos, hombres y mujeres,  estamos invitados. El feminismo abre sus puertas y necesita la implicación de las mujeres, pero también la alianza y la colaboración de los hombres. La historia nos avisa de que no nos quedan muchas revoluciones de las que echar mano y nos informa de que quizás, si otras revoluciones fracasaron fue debido a que no se puede cambiar el mundo sin contar con más de la mitad de sus habitantes, ya que entre las muchas responsabilidades que a las mujeres se les han impuesto está la de  llevar consigo, cual apéndice, a toda la humanidad dependiente. Con esto expreso mi firme convencimiento de que el feminismo es en estos momentos el último ideal universalista, un faro de luz para el camino.

Y a pesar de mi marcado optimismo, quiero ser realista y acabar con el hecho reiterado obstinadamente en cada uno de nuestros días de que el feminismo sea desacreditado con un simple insulto. Pero su explicación y defensa requieren tiempo y voluntad de escucha, tesón y resistencia al agravio, incluso al agravio comparativo. Cuando abrimos nuestras puertas a las alianzas, comprobamos con cansancio que cada vez que un hombre tiene un alumbramiento y descubre el feminismo, se le alaba y jalea el mérito como algo propio. Cuando una mujer hace gala de su feminismo es tildada de radical.

Pero insisto, el feminismo es en estos momentos el último ideal universalista, un faro de luz para el camino.