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Asalto al capitolio: el precio de mirar hacia otro lado.

La reunión de equipo del día 6 de enero se presentaba en Washington D.C. con carácter rutinario. Alguien mencionó las protestas que en ese momento estaban teniendo lugar, pero a esas alturas del partido, después de 4 años, ya estamos acostumbrados a las manifestaciones y a los ruidos. De hecho, el inicio de la legislatura de Trump lo hizo con una de las manifestaciones más multitudinarias que se han visto en la historia de EE.UU.: la marcha de las mujeres, “The Women’s March”, que reunió a 470,000 personas en Washington DC y a casi 5 millones en todo USA el 21 de enero de 2017.

Esta marcha fue la respuesta de muchas personas a un presidente que había sido elegido a pesar de un vídeo en un autobús donde hacía comentarios inaceptables sobre una mujer. Este hecho se había justificado como “locker room talk” (comentario de vestuario de chicos). A pesar de esto, Trump ganó las elecciones.

Después vino la manifestación a favor de la Ciencia (March for Science, 22 April 2017), las manifestaciones del movimiento “Black Lives Matter”, que tuvieron especial relevancia con la muerte de George Floyd… y, así, multitud de ellas a lo largo de 4 años; por eso nadie se sorprendió cuando otra manifestación, esta vez convocada por el mismo Trump, tenía lugar.

Pero el acto público del 6 de enero de 2021 iba a ser diferente. A mitad de la reunión, seguridad mandó desalojar el edificio por el repentino toque de queda impuesto por la alcaldesa de Washington D.C. debido a la invasión del capitolio por los manifestantes. Nadie entendía nada. No se pueden imaginar lo difícil que normalmente es llegar hasta dentro del Congreso. Hay varias líneas de seguridad, detectores de metal, y una red de pasillos un tanto laberinticos difíciles de descifrar si uno no ha estado antes o ha estudiado algún mapa.

¿Cómo habíamos podido llegar a este punto?

Durante estos últimos cuatro años, la violencia y la intensidad de estos actos públicos ha ido aumentando. Las manifestaciones del movimiento “Black Lives Matter” el año pasado fueron también aprovechadas por grupo vandálicos que comenzaron a saquear la cuidad, llevando al ejercito a las calles e imponiéndose en la capital el toque de queda a las seis de la tarde durante varios días. Algo no visto en un largo periodo de tiempo. Este fin de semana, la policía detuvo en Washington a un hombre con 500 balas, y varias armas. La ciudad se ha blindado totalmente con 25,000 soldados, aproximadamente un 1 soldado por cada 24 habitantes si tenemos en cuenta la población de Washington DC. Parece que todo puede ir a peor. ¿Cómo ha sucedido esto?

El tipo de lenguaje agresivo utilizado por Trump en su campaña ha sido una tónica en su mandato y uno de los grandes problemas que su legislatura nos ha dejado. Trump, ha convertido en “socialmente aceptable” el machismo, el racismo y tantas otras cosas en las que Estados Unidos ha involucionado en lugar de evolucionar, como en la aceptación de la ciencia. A día de hoy, una gran parte de los seguidores de Trump siguen pensando que el COVID 19 no existe, a pesar de que aproximadamente 4000 estadounidenses mueren cada día debido a él.

Lo triste de esta historia es que todos somos cómplices de alguna manera de una división que ya existía en el país, pero que Trump ha acelerado a pasos agigantados. En primer lugar, el resto del partido republicano, que excepto en muy contadas ocasiones, como quizás la más “reciente versión” del senador Mitt Romney, decidió que era mejor mirar hacia otro lado y dejar que “Trump jugara” con tal de que su partido siguiera en el poder. según los republicanos, “Trump era controlable”, aunque parece que nadie lo ha sabido hacer. En segundo lugar, los periódicos, medios de comunicación y redes sociales, que fijaron sus ojos en el personaje y no lo soltaron hasta cuando quizás ya era demasiado tarde (Twitter y Facebook bloquearon a Trump tan solo después de las declaraciones del día 6 de enero). En tercer lugar, la sociedad en su conjunto, que hemos mirado hacia otro lado y aceptado cosas que en otro momento no hubiéramos dejado pasar.

Desde mi humilde opinión, las personas que asaltaron el capitolio el día 6 no son terroristas, como se ha dicho; son fieles creyentes en el “trumpismo” y en un líder que, aunque finalmente les está mandando a casa, ha seguido diciendo que les han robado las elecciones hasta el último minuto, y no ha llegado a reconocer directamente su derrota, sino que el “colegio electoral ha reconocido que Biden gano”. Como mínimo esta actitud es irresponsable. Pero un grupo así, tan convencido, no aparece de la nada sino que es creado por años de practicar la “política del odio”.

Trump, puede gustar o no, pero es una persona inteligente, que ha sabido encontrar su hueco en las medias verdades y llegar a las clases más desencantadas de la América profunda con un discurso simplista y muchas veces provocador. Tenía respuestas a corto plazo para una clase que se sentía olvidada y, curiosamente, ha sabido conectar con la gente de menos recursos y de los estados más remotos sin tener nada en común con ellos, pues proviene de una familia adinerada de Nueva York.

Los “Proud Boys”, el “Tea Party”, y toda la América más conservadora han sido la base en la que Trump supo apoyarse para llegar al poder. Toda esta gente descontenta con el sistema y reaccionaria ya existía; lo que Trump ha hecho ha sido aprovecharse del descontento y acelerar el proceso de división del país. Durante mucho tiempo, nadie en USA ha hecho nada al respecto. Las ideologías, incluso si están basadas en falsedades, no se construyen de un día para otro. Pero, llegados a este punto: ¿cómo se desmontan? Este es uno de los principales problemas a los que se enfrenta EE. UU. en este momento.

Trump polariza y rompe. Lo ha hecho en política internacional con Oriente Medio, donde ha roto los grandes consensos que existían en torno al mundo árabe y el tema palestino-israelí, aunque lo haya intentado vender de otra manera. Y en España lo hemos vivido en primera persona cuando, siendo ya presidente saliente, en diciembre pasado, reconoció la soberanía de Marruecos sobre el Sahara Occidental a cambio de que este país árabe reconociera a Jerusalén como capital de Israel. Un movimiento agresivo para España y que rompe aún mas los consensos árabes. Esta vista cortoplacista y agresiva, que puede funcionar para los negocios, no suele hacerlo en política.

Trump ha dividido, incluso más si cabía, a la presa americana, entre la que puede diferenciar un equipo de detractores de Trump y otro de seguidores. Sin embargo, los hechos han perdido el lugar que les corresponde por serlo, con las graves consecuencias que ello supone. El perfil que han dado de Trump algunos medios es tan sumamente negativo que, en ocasiones, llegaba a ser inverosímil. Y lo mismo ocurría con los medios seguidores de Trump: imposible que alguien fuera tan perfecto. De esta manera, y con un discurso populista por parte del presidente, lleno de medias verdades -como la relación “especial” de la OMS y China-, los hechos han sido sustituidos por opiniones y la realidad objetiva ha dejado de existir.

“Aprendamos en cabeza ajena”, como dice el sabio refranero español. Los populismos pasan factura si no se paran y, ante todo, la democracia debe ser protegida. Centrémonos en la gente, en sus necesidades, en los parados. Usemos el dinero europeo para crear un modelo económico cuya estructura sea menos vulnerable y dependiente de un solo sector. Soltemos lastre de lo que no vale y renazcamos sólidos y fuertes, pero siempre aportando soluciones y diciendo la verdad; repito, diciendo la verdad. Porque una mentira repetida muchas veces (una mentira como “nos han robado las elecciones”) tiene el peligro de convertirse en verdad para algunos.

En USA, el trumpismo sin ninguna duda sobrevirá a Trump. El partido republicano de EE. UU. se enfrenta en estos momentos a una especie de “guerra civil” entre los partidarios y detractores de Trump.

A estas alturas, el impeachment (proceso de destitución), es un acto simbólico más que otra cosa, y se resolverá cuando Joe Biden sea ya presidente. El debate tendrá lugar al mismo tiempo que la discusión sobre un paquete de medidas de estímulo de USD 1.3 trillones (americanos), algo que Biden necesita aprobar urgentemente para frenar el impacto del COVID en USA. De salir adelante el impeachment, Trump no podría volver a presentarse como candidato, pero resulta improbable que Trump esté pensando en estos momentos a 4 años vista. Quizás sean las posibles aspiraciones políticas de su hijo mayor o de su hija las que se vieran más afectadas.

En cualquier caso, la libertad de voto que el jefe de los republicanos ha dado a sus compañeros de partido en este tema es señal inequívoca de la polarización que el partido vive, donde republicanos muy conservadores como la hija de Dick Cheney votaron a favor del “proceso de destitución”, mientras otros, como la senadora de Colorado, votaron en contra. Resulta curioso que dicha senadora estuviera entre quienes pareciera haber facilitado un tour del Congreso en fechas recientes a parte de las personas que asaltaron el mismo. Un ejemplo más de la división del país. La presidenta del Congreso, Nancy Pelosi, ha abierto una investigación al respecto.

Sin embargo, mientras todo esto sucede, esta misma semana Trump, y su Secretario de Estado, Mike Pompeo, lejos de verse como un ejecutivo en salida, continuaban tomando decisiones de política internacional (sobre Yemen por ejemplo) con consecuencias muy importantes y que les dan puntos frente a su base de seguidores en unas futuras elecciones. Parece olvidarse que gobernar es un servicio público a todo el pueblo, no solo a los tuyos, y que en ningún caso es un acto personal.

Hoy, 20 de enero, Biden se convertirá en el presidente de Estados Unidos, de todos los Estados Unidos de América. Tendrá ante sí grandes retos; y, probablemente, el primero de ellos sea lograr unir a las dos Américas, tan sumamente polarizadas que ni si quiera pueden ponerse de acuerdo en los hechos. Pues no discurre ya el debate sobre opiniones, sino sobre hechos; hablamos de personas que están viendo diferentes realidades. Esperemos que un mandato sea suficiente para arreglarlo. Curiosamente, Biden va a tener que hacer suyo el slogan de Trump “Make America great again (Haz América grande de nuevo)”, porque lo que el presidente saliente deja es una América más caótica y confundida que nunca.

¡Buena suerte, presidente Biden!

La Marcha Sobre el Estatuto de Roma

(English version)

El arduo camino para perseguir los crímenes más graves de la historia del último siglo no desalentó a los que hicieron la justicia en Nuremberg, o en los tribunales especiales para Rwanda y la antigua Yugoslavia. Cada proceso de justicia fue un hito que forjó un orden internacional más pacífico y más justo. La decisión reciente de la Corte Penal Internacional de parar la investigación de los crímenes perpetuados en Afganistán -tanto por la CIA como por las fuerzas Talibanes- es un revés histórico a la justicia internacional y a los derechos humanos. La Corte que nació para llevar a la justicia a los crímenes más graves y despiadados que afectan a la comunidad internacional, -el genocidio, los crímenes de lesa humanidad, los crímenes de guerra y el crimen de agresión –ha visto su legitimidad sofocada por su esta decisión.

El pasado viernes 12 de abril la Sala de Cuestiones Preliminares II de la Corte decidió que la investigación sobre la situación de Afganistán “en esta etapa no serviría a los intereses de la justicia”. La decisión se produjo en el epicentro de las negociaciones de paz entre EEUU y los Talibanes por el conflicto, y después de que Donald Trump hubiera retirado el visado a la Fiscal Jefe Fatou Bensouda–además de haber amenazado con sanciones económicas contra la Corte si proseguía con el caso.

En 2016, la Fiscal General de la Corte, Fatou Bensuda, emitió en su informe que entre 2003 y 2014 “las fuerzas armadas de los Estados Unidos parecían haber sometido a al menos a 61 personas a torturas, tratos crueles y atropellos de la dignidad personal” – crímenes que se ajustarían a la definición de crímenes de guerra del artículo 8.2 del Estatuto de Roma la Corte. El Secretario de Estado de EEUU, Mike Pompeo, ha protestado alegando que el caso es una “persecución política de americanos”. No obstante, de los 27 casos traídos al frente de la Corte, todos han lidiado con crímenes que han ocurrido en África. Este hubiera sido el primer caso que concerniría a un país occidental.

Los estados que lideran la carrera armamentística de las violaciones de Derechos Humanos, como China y Rusia, han tratado de blindarse negándose a formar parte de la Corte. Ya que los tratados internacionales dependen de la adscripción voluntaria de los estados, los nacionales de los estados no-parte no podrán ser perseguidos. Siguiendo esta estela, EEUU no ha llegado a ratificar el Estatuto de Roma. A pesar de esto, la Corte sí tiene jurisdicción sobre los delitos cometidos en países miembros, como Afganistán, Polonia, Rumania y Lituania –el escenario de los alegados crímenes. Pero como EEUU no es un estado miembro, el proceso judicial es un poco más complejo: el Fiscal debe obtener autorización para iniciar el proceso y determinar si esta está dentro de los “intereses de la justicia”.

El hecho que la Corte base su decisión de rechazar el caso en la falta de cooperación de las partes establece un incentivo para la no-cooperación. La Cámara de Cuestiones Preliminares II ha rechazado seguir con el caso alegando la improbabilidad de la cooperación de las partes relevantes. También ha señalado a los cambios en el “panorama político” en Afganistán y en los estados clave. Si bien es cierto que el contexto geopolítico (las actuales conversaciones de paz entre EEUU y los Talibanes para poner fin a la eternización del conflicto)  debe de tenerse en cuenta; el Tribunal Especial para la antigua Yugoslavia también se estableció cuando la guerra no había llegado al ocaso. Su labor fue y ha sido diametral tanto para la construcción del proceso de paz, como para el desarrollo de la justicia internacional. Es más, si consideramos que la razón principal de la Corte es la no-cooperación de las partes, ¿acaso este enfoque no incentiva a los estados a negarse a cooperar con la Corte? ¿Acaso no establece el peligroso precedente de que la Corte se incline ante los estados que opongan una fuerte resistencia a cooperar?

La decisión de la Corte se ha emitido después que EEUU haya amenazado a la Corte con represalias económicas y políticas -incluyendo quitar el visado a la Fiscal de la Corte- si continuaba con la investigación. El hecho de que EEUU establezca un travel ban contra uno de los organismos judiciales internacionales más legítimos del mundo es un hecho que queda corto al calificarlo de obstrucción de la justicia. Jamil Dakwar, Director de Derechos Humanos del American Civil Liberties Union, ha calificado este acto como “similar a uno de un régimen autoritario que aplasta la disidencia”.

La instrumentalización del derecho internacional por parte de EEUU al coartar a la corte forma parte de un patrón histórico de crimen e impunidad. Durante la guerra fría tanto Estados Unidos como la Unión Soviética se sostuvieron en el poder que tenían como las potencias reinantes de un orden internacional bipolar. Desde las contras de Nicaragua, a las armas químicas en Vietnam, a las patrullas de la muerte El Salvador –todas estas acciones orquestadas por EEUU tienen algo en común: son crímenes que no han sido juzgados. Durante la Guerra Fría, EEUU y la URSS bloquearon durante los intentos en el Consejo de Seguridad de la ONU las iniciativas de crear una Corte Internacional de carácter penal. Las heridas de los genocidios de Rwanda y Yugoslavia fueron el baño de realidad que puso el foco sobre la necesidad de un sistema jurídico internacional.

La historia del último siglo puso de manifiesto la importancia de la justicia internacional para prevenir los actos más viles de la crueldad humana. Crímenes que, sin el trabajo de los tribunales internacionales, hubieran quedado impunes. A golpe de represalia, EEUU ha contribuido a bloquear la investigación sobre los crímenes de Afganistán. En la obra How Democracies Die, los Profesores de Harvard Levitsky y Ziblatt, hacen una lectura escalofriante de la época que vivimos, señalando cómo: “desde el final de la guerra fría, la mayoría de los desmantelamientos de la democracia han sido causados no por los generales y los soldados, sino por los propios gobiernos elegidos”. Y un siglo después de que Mussolini marchara sobre Roma, Donald Trump ha marchado sobre el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional.

 

Imagen: Human Rights Watch

The March on the Rome Statute

The arduous journey to prosecute the gravest crimes in the history of the last century didn’t deter those who made justice in Nuremberg, or in the Special Tribunals for Rwanda and the former Yugoslavia. Each judicial process was a milestone that forged a more peaceful and just international world order. The recent decision of the International Criminal Court to stop investigating the crimes perpetrated in Afghanistan – both by the CIA and by Taliban forces – is a historical blow to international justice and human rights. The Court that was born to bring to justice the most ruthless crimes that affect the international community – genocide, crimes against humanity, war crimes, and the crime of aggression – has had its legitimacy suffocated by this decision.

Two weeks ago, on Friday 12th of April Pre-Trial Chamber II of the Court decided that the investigation into the situation of Afghanistan “at this stage would not serve the interests of justice”. The decision took place in the epicentre of the peace talks taking place between the US and the Taliban regarding the conflict, and after Donald Trump had revoked the visa of the Chief Prosecutor of the Court, Fatou Bensouda – as well as threatening the Court with economic sanctions if it continued with the case.

In 2016, the Chief Prosecutor of the Court, published in her report that between 2003 and 2014 “the United States armed forced appeared to have subjected at least 61 persons to acts of of torture, cruel treatment and outrages upon personal dignity,” – crimes that would fit into the definition of war crimes in Article 8.2 of the Rome Statute of the Court. US Secretary of State, Mike Pompeo, alleges that the case is a “political persecution of Americans”. However, out of the 27 cases brought before the Court, all have dealt with crimes that have occurred within Africa. This would have been the first concerning a western country.

The states that lead the arms race of human rights violations, China and Russia, have shielded themselves by refusing to become part of the Court. As international treaties depend on the voluntary adoption by states, the nationals of states that are non-members can’t be prosecuted. Despite this, the Court does have jurisdiction over the crimes committed in member states, such as Afghanistan, Poland, Romania and Lithuania – the stage of the alleged crimes. But as the US is not a member state, the judicial process is a little more complex: the Prosecutor needs to obtain an authorisation to begin the process and determine whether it is “in the interests of justice”.

The Court’s decision to reject the case on the basis of a lack of cooperation by the parties, is an incentive for non-cooperation. The Pre-Trial Chamber II has rejected pursuing the case further, pointing to the unlikeliness of cooperation by the relevant parts. It also highlighted the changes in the “political landscape” of Afghanistan and key states. While it is true that the geopolitical context (the current peace talks between the US and the Taliban to put an end to the eternization of the conflict) must be taken into account; the ad hoc Tribunal for the former Yugoslavia was also established when the war hadn’t come to an end. Its work was and has been the backbone of the construction of the peace-process, as it was for the achievement of international justice.

Furthermore, if we consider that the main reason for rejecting the case is the non-cooperation of the parties: doesn’t this approach further motivate states to refuse to cooperate with the Court? Doesn’t this set the dangerous precedent that the Court bows down to states that show the fiercest rejection to cooperate?

The Court’s decision was drawn after the US had threatened the Court with economic and political sanctions – including revoking the visa of the Prosecutor – if they continued with their investigation. The fact that the US has established a travel ban against one of the most legitimate international judicial bodies is an action that falls short of obstruction of justice. Jamil Dakwar, Director of Human Rights in the American Civil Liberties Union, has described this act as “similar to one of an authoritarian regime crushing dissidence “.

The instrumentalisation of international law by the US’s repression of the Court is part of a historical pattern of crime and impunity.During the Cold War, both the US and the Soviet Union used the power they had as two superpowers in a bipolar international world order as a buttress. From the contras in Nicaragua, to the chemical weapons in Vietnam, to the death squads in El Salvador – all of these actions orchestrated by the US have one thing in common: they are international crimes that have not been subject to justice. During the cold war, the US and the USSR blocked the initiatives to create an international court of criminal law in the United Nations Security Council. The wounds of the genocides of Rwanda and Yugoslavia were the reality check that put the focus on the necessity of an international criminal justice system.

The history of the last century brought to light the importance of international justice to prevent the vilest acts of human cruelty. Crimes that, without the work of international tribunals, would have remained unpunished. With the lash of retaliations, the United States has contributed to block the investigation of the Afghan war crimes. In the book, How Democracies Die, Harvard Professors Levitsky and Ziblatt, give a chilling overview of the time we live in: “since the end of the Cold War, most democratic breakdowns have been caused not by generals and soldiers but by elected governments themselves”. And one century after Mussolini marched on Rome, Donald Trump has marched on the Rome Statute of the International Criminal Court.

 

Image: Human Rights Watch

 

 

HD Joven: La autocratización de la otra Europa olvidada

Dos Europas luchan entre sí dentro de lo que es la actual Unión Europea. Oeste-Este. Una visión de una Europa semi-federal, con un fuerte nexo ideológico, frente a una visión de una Europa de Estados-nación, con intereses diferenciados. Y lo que era el telón de acero en la guerra fría, posiblemente sea un telón de baja intensidad dentro de la actual Unión Europa.

Los procesos democratizadores de Europa del Este, tras la caída de la URSS, no fueron un proceso homogéneo. Pasando por la pacífica revolución de terciopelo en Checoslovaquia, hasta la sangrienta revolución en Rumanía, que culminó con el juicio y la ejecución de Ceaușescu, la condición principal de ingreso en la UE, para los antiguos países de la órbita soviética -al igual que para cualquier estado candidato-, fue y sigue siendo el respeto a la democracia y a los Derechos Humanos. No obstante, mientras que, por un lado, en estos renacidos países estamos midiendo una democracia que se ha venido constituyendo desde apenas la caída del muro de Berlín, por otro, en Europa occidental hemos tenido siglos para forjar nuestras democracias liberales. Aun así, es evidente que se ha producido una autocratización en cascada de esta Europa olvidada en los últimos años. Asimismo, Europa del Este ha virado del modelo al que pertenecía (aspiraba a pertenecer a la UE), para pasar a tener el modelo ruso y turco como eje ideológico.

El ojo del huracán actualmente se centra sobre Polonia. Ley Justicia (PiS), partido en el gobierno polaco ultraconservador, recientemente ha aprobado una ley que permite al ejecutivo el control de la justicia (aquí). Todo esto ha ocurrido dentro del contexto de numerosas advertencias de Bruselas respecto a la deriva autocrática del gobierno y el rechazo de la ciudadanía polaca. No obstante, la reciente ley polaca no es un acto aislado, ya que, en los últimos tiempos, se han visto, por ejemplo: (i) la lucha en Hungría por la Central Europan University, universidad Húngara contra la que ha batallado el gobierno de Viktor Orban con la intención de cerrarla por su modelo de enseñanza occidental; (ii) nacionalistas polacos protagonizaron centenares de titulares en 2015 por su quema de banderas de la Unión Europea;  (iii) en noviembre de 2016, el gobierno de extrema derecha de este país trató de aprobar una ley mediante la cual se abolía el aborto por completo, sin embargo, dicha ley fue paralizada cuando las calles de Polonia y Europa se tiñeron de negro en señal de protesta.

La dirección política que han tomado ciertos países orientales de la UE provoca una sensación de déjà vu con la noción de las “democracias hiper-presidencialistas” (aquellas con un poder ejecutivo cuyo peso es tal que devora al legislativo y al judicial) rusa y turca (esta última tras el reciente referéndum). El líder húngaro, Viktor Orban, cae en brazos de Erdogan, y éste cae a su vez en brazos de Putin, en un efecto dominó en el que los países del Este acaban acercándose más a Rusia que a la UE.

Desde un punto de vista histórico, cabe comparar este giro con el nacionalismo conservador, como un proceso de reacción contra el dominio soviético durante la Guerra Fría, en donde lo nacional y lo religioso fue reprimido a raíz del comunismo. Un ejemplo de esta contra-reacción podría ser Polonia, en donde ahora más del 90% de la población se adhiere al ultra-catolicismo. Estamos presenciando una lucha de reivindicación por una identidad nacional, que en algunos casos llega a chocar con el espíritu de la Unión Europea. Este nacionalismo se ve intensificado, dentro de una crisis económica en donde, cumplir con unos compromisos económicos con la UE, se convierte en un difícil requisito y provoca que la cuerda entre las dos Europas se tense.

Por otro lado, la visión de lo que es la Unión Europa carece de consenso entre los Estados miembros. Históricamente, Francia, Bélgica, Italia, Luxemburgo, los Países Bajos y la antigua República Federal Alemana, han sido los países que promovieron la visión federal de los padres fundadores de Europa. Así pues, a pesar de que no se llegara a construir una Europa federal, por falta de consenso, cabe pensar que dichos países occidentales, más prósperos económicamente, abanderaron el proyecto de una Europa políticamente integrada. Sin embargo, para Europa del Este, la Unión Europea es un conjunto de Estados Nación con intereses diferenciados. Además, a pesar de la falta de consenso sobre la raison d’être de la UE, debería existir un espacio para el diálogo y un acercamiento entre estas dos simbólicas Europas, para que así el proyecto europeo pueda progresar.

No obstante, el propio proyecto europeo, a pesar de lo sólido que pueda llegar a ser, no existe como un acto internacional aislado. No puede infravalorarse la influencia de otro factor global, que en términos geopolíticos gobierna la esfera global y, por tanto, ha dejado también su huella en Europa. Con ello me refiero a que quizá el mayor peligro del fin de la Guerra Fría fue que al morir el orden internacional bipolar EEUU-URSS, se constituyó un orden internacional unipolar, en donde la hegemonía global actualmente reside en EEUU, país con una enorme fractura democrática. En el contexto de esta unipolaridad, durante la Presidencia de Obama, EEUU fue el nexo de occidente, de la mano de la diplomacia, los Derechos Humanos y una política de seguridad táctica que abandonó la guerra del terror de Bush. Hoy en día la peligrosidad de este orden internacional, bajo la hegemonía estadounidense, cuelga de la mano de Trump, aliado con el eje de Putin y Erdogan.

No olvidemos que la batalla ya no se libra en tierra, como en las dos grandes guerras. Hemos pasado del hard power (el poder bélico), al soft power (el poder de la diplomacia e incluso del cuarto poder). Por un lado, en el año 2016 el Ministro de Exteriores ruso anunció la existencia un ejército ruso de soldados informáticos para controlar los flujos de comunicación. Por otro, la América de Trump ha declarado la guerra al New York Times y a la prensa libre. Dentro de este paradigma global convulso, puede que una Europa sólida y fuertemente integrada sea la última esperanza para el constitucionalismo, los estados de Derecho, la división de poderes y el propio pensamiento ilustrado que abanderó Europa durante nuestra historia. No obstante, nuestro pensamiento europeo debe de edificarse sobre unos pilares sólidos, que hagan contrapeso a la radicalización. Si esta radicalización llegara a chocar con los propios Tratados y valores fundacionales de la Unión Europea, el proceso sancionador no debería de ser pospuesto, incluso se podría llegar a contemplar el precedente de la expulsión. La historia ha demostrado que la política de apaciguamiento no desgasta, sino que alienta. Por tanto, el mayor reto para Europa es abanderar esta moral ilustrada sobre unos pilares políticos sólidos, frente a la nueva oleada ideológica de imperialismo autocrático.

HD Joven: La autocratización de la otra Europa olvidada

Dos Europas luchan entre sí dentro de lo que es la actual Unión Europea. Oeste-Este. Una visión de una Europa semi-federal, con un fuerte nexo ideológico, frente a una visión de una Europa de Estados-nación, con intereses diferenciados. Y lo que era el telón de acero en la guerra fría, posiblemente sea un telón de baja intensidad dentro de la actual Unión Europa.

Los procesos democratizadores de Europa del Este, tras la caída de la URSS, no fueron un proceso homogéneo. Pasando por la pacífica revolución de terciopelo en Checoslovaquia, hasta la sangrienta revolución en Rumanía, que culminó con el juicio y la ejecución de Ceaușescu, la condición principal de ingreso en la UE, para los antiguos países de la órbita soviética -al igual que para cualquier estado candidato-, fue y sigue siendo el respeto a la democracia y a los Derechos Humanos. No obstante, mientras que, por un lado, en estos renacidos países estamos midiendo una democracia que se ha venido constituyendo desde apenas la caída del muro de Berlín, por otro, en Europa occidental hemos tenido siglos para forjar nuestras democracias liberales. Aun así, es evidente que se ha producido una autocratización en cascada de esta Europa olvidada en los últimos años. Asimismo, Europa del Este ha virado del modelo al que pertenecía (aspiraba a pertenecer a la UE), para pasar a tener el modelo ruso y turco como eje ideológico.

El ojo del huracán actualmente se centra sobre Polonia. Ley Justicia (PiS), partido en el gobierno polaco ultraconservador, recientemente ha aprobado una ley que permite al ejecutivo el control de la justicia (aquí). Todo esto ha ocurrido dentro del contexto de numerosas advertencias de Bruselas respecto a la deriva autocrática del gobierno y el rechazo de la ciudadanía polaca. No obstante, la reciente ley polaca no es un acto aislado, ya que, en los últimos tiempos, se han visto, por ejemplo: (i) la lucha en Hungría por la Central Europan University, universidad Húngara contra la que ha batallado el gobierno de Viktor Orban con la intención de cerrarla por su modelo de enseñanza occidental; (ii) nacionalistas polacos protagonizaron centenares de titulares en 2015 por su quema de banderas de la Unión Europea;  (iii) en noviembre de 2016, el gobierno de extrema derecha de este país trató de aprobar una ley mediante la cual se abolía el aborto por completo, sin embargo, dicha ley fue paralizada cuando las calles de Polonia y Europa se tiñeron de negro en señal de protesta.

La dirección política que han tomado ciertos países orientales de la UE provoca una sensación de déjà vu con la noción de las “democracias hiper-presidencialistas” (aquellas con un poder ejecutivo cuyo peso es tal que devora al legislativo y al judicial) rusa y turca (esta última tras el reciente referéndum). El líder húngaro, Viktor Orban, cae en brazos de Erdogan, y éste cae a su vez en brazos de Putin, en un efecto dominó en el que los países del Este acaban acercándose más a Rusia que a la UE.

Desde un punto de vista histórico, cabe comparar este giro con el nacionalismo conservador, como un proceso de reacción contra el dominio soviético durante la Guerra Fría, en donde lo nacional y lo religioso fue reprimido a raíz del comunismo. Un ejemplo de esta contra-reacción podría ser Polonia, en donde ahora más del 90% de la población se adhiere al ultra-catolicismo. Estamos presenciando una lucha de reivindicación por una identidad nacional, que en algunos casos llega a chocar con el espíritu de la Unión Europea. Este nacionalismo se ve intensificado, dentro de una crisis económica en donde, cumplir con unos compromisos económicos con la UE, se convierte en un difícil requisito y provoca que la cuerda entre las dos Europas se tense.

Por otro lado, la visión de lo que es la Unión Europa carece de consenso entre los Estados miembros. Históricamente, Francia, Bélgica, Italia, Luxemburgo, los Países Bajos y la antigua República Federal Alemana, han sido los países que promovieron la visión federal de los padres fundadores de Europa. Así pues, a pesar de que no se llegara a construir una Europa federal, por falta de consenso, cabe pensar que dichos países occidentales, más prósperos económicamente, abanderaron el proyecto de una Europa políticamente integrada. Sin embargo, para Europa del Este, la Unión Europea es un conjunto de Estados Nación con intereses diferenciados. Además, a pesar de la falta de consenso sobre la raison d’être de la UE, debería existir un espacio para el diálogo y un acercamiento entre estas dos simbólicas Europas, para que así el proyecto europeo pueda progresar.

No obstante, el propio proyecto europeo, a pesar de lo sólido que pueda llegar a ser, no existe como un acto internacional aislado. No puede infravalorarse la influencia de otro factor global, que en términos geopolíticos gobierna la esfera global y, por tanto, ha dejado también su huella en Europa. Con ello me refiero a que quizá el mayor peligro del fin de la Guerra Fría fue que al morir el orden internacional bipolar EEUU-URSS, se constituyó un orden internacional unipolar, en donde la hegemonía global actualmente reside en EEUU, país con una enorme fractura democrática. En el contexto de esta unipolaridad, durante la Presidencia de Obama, EEUU fue el nexo de occidente, de la mano de la diplomacia, los Derechos Humanos y una política de seguridad táctica que abandonó la guerra del terror de Bush. Hoy en día la peligrosidad de este orden internacional, bajo la hegemonía estadounidense, cuelga de la mano de Trump, aliado con el eje de Putin y Erdogan.

No olvidemos que la batalla ya no se libra en tierra, como en las dos grandes guerras. Hemos pasado del hard power (el poder bélico), al soft power (el poder de la diplomacia e incluso del cuarto poder). Por un lado, en el año 2016 el Ministro de Exteriores ruso anunció la existencia un ejército ruso de soldados informáticos para controlar los flujos de comunicación. Por otro, la América de Trump ha declarado la guerra al New York Times y a la prensa libre. Dentro de este paradigma global convulso, puede que una Europa sólida y fuertemente integrada sea la última esperanza para el constitucionalismo, los estados de Derecho, la división de poderes y el propio pensamiento ilustrado que abanderó Europa durante nuestra historia. No obstante, nuestro pensamiento europeo debe de edificarse sobre unos pilares sólidos, que hagan contrapeso a la radicalización. Si esta radicalización llegara a chocar con los propios Tratados y valores fundacionales de la Unión Europea, el proceso sancionador no debería de ser pospuesto, incluso se podría llegar a contemplar el precedente de la expulsión. La historia ha demostrado que la política de apaciguamiento no desgasta, sino que alienta. Por tanto, el mayor reto para Europa es abanderar esta moral ilustrada sobre unos pilares políticos sólidos, frente a la nueva oleada ideológica de imperialismo autocrático.