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HD Joven: La autocratización de la otra Europa olvidada

Dos Europas luchan entre sí dentro de lo que es la actual Unión Europea. Oeste-Este. Una visión de una Europa semi-federal, con un fuerte nexo ideológico, frente a una visión de una Europa de Estados-nación, con intereses diferenciados. Y lo que era el telón de acero en la guerra fría, posiblemente sea un telón de baja intensidad dentro de la actual Unión Europa.

Los procesos democratizadores de Europa del Este, tras la caída de la URSS, no fueron un proceso homogéneo. Pasando por la pacífica revolución de terciopelo en Checoslovaquia, hasta la sangrienta revolución en Rumanía, que culminó con el juicio y la ejecución de Ceaușescu, la condición principal de ingreso en la UE, para los antiguos países de la órbita soviética -al igual que para cualquier estado candidato-, fue y sigue siendo el respeto a la democracia y a los Derechos Humanos. No obstante, mientras que, por un lado, en estos renacidos países estamos midiendo una democracia que se ha venido constituyendo desde apenas la caída del muro de Berlín, por otro, en Europa occidental hemos tenido siglos para forjar nuestras democracias liberales. Aun así, es evidente que se ha producido una autocratización en cascada de esta Europa olvidada en los últimos años. Asimismo, Europa del Este ha virado del modelo al que pertenecía (aspiraba a pertenecer a la UE), para pasar a tener el modelo ruso y turco como eje ideológico.

El ojo del huracán actualmente se centra sobre Polonia. Ley Justicia (PiS), partido en el gobierno polaco ultraconservador, recientemente ha aprobado una ley que permite al ejecutivo el control de la justicia (aquí). Todo esto ha ocurrido dentro del contexto de numerosas advertencias de Bruselas respecto a la deriva autocrática del gobierno y el rechazo de la ciudadanía polaca. No obstante, la reciente ley polaca no es un acto aislado, ya que, en los últimos tiempos, se han visto, por ejemplo: (i) la lucha en Hungría por la Central Europan University, universidad Húngara contra la que ha batallado el gobierno de Viktor Orban con la intención de cerrarla por su modelo de enseñanza occidental; (ii) nacionalistas polacos protagonizaron centenares de titulares en 2015 por su quema de banderas de la Unión Europea;  (iii) en noviembre de 2016, el gobierno de extrema derecha de este país trató de aprobar una ley mediante la cual se abolía el aborto por completo, sin embargo, dicha ley fue paralizada cuando las calles de Polonia y Europa se tiñeron de negro en señal de protesta.

La dirección política que han tomado ciertos países orientales de la UE provoca una sensación de déjà vu con la noción de las “democracias hiper-presidencialistas” (aquellas con un poder ejecutivo cuyo peso es tal que devora al legislativo y al judicial) rusa y turca (esta última tras el reciente referéndum). El líder húngaro, Viktor Orban, cae en brazos de Erdogan, y éste cae a su vez en brazos de Putin, en un efecto dominó en el que los países del Este acaban acercándose más a Rusia que a la UE.

Desde un punto de vista histórico, cabe comparar este giro con el nacionalismo conservador, como un proceso de reacción contra el dominio soviético durante la Guerra Fría, en donde lo nacional y lo religioso fue reprimido a raíz del comunismo. Un ejemplo de esta contra-reacción podría ser Polonia, en donde ahora más del 90% de la población se adhiere al ultra-catolicismo. Estamos presenciando una lucha de reivindicación por una identidad nacional, que en algunos casos llega a chocar con el espíritu de la Unión Europea. Este nacionalismo se ve intensificado, dentro de una crisis económica en donde, cumplir con unos compromisos económicos con la UE, se convierte en un difícil requisito y provoca que la cuerda entre las dos Europas se tense.

Por otro lado, la visión de lo que es la Unión Europa carece de consenso entre los Estados miembros. Históricamente, Francia, Bélgica, Italia, Luxemburgo, los Países Bajos y la antigua República Federal Alemana, han sido los países que promovieron la visión federal de los padres fundadores de Europa. Así pues, a pesar de que no se llegara a construir una Europa federal, por falta de consenso, cabe pensar que dichos países occidentales, más prósperos económicamente, abanderaron el proyecto de una Europa políticamente integrada. Sin embargo, para Europa del Este, la Unión Europea es un conjunto de Estados Nación con intereses diferenciados. Además, a pesar de la falta de consenso sobre la raison d’être de la UE, debería existir un espacio para el diálogo y un acercamiento entre estas dos simbólicas Europas, para que así el proyecto europeo pueda progresar.

No obstante, el propio proyecto europeo, a pesar de lo sólido que pueda llegar a ser, no existe como un acto internacional aislado. No puede infravalorarse la influencia de otro factor global, que en términos geopolíticos gobierna la esfera global y, por tanto, ha dejado también su huella en Europa. Con ello me refiero a que quizá el mayor peligro del fin de la Guerra Fría fue que al morir el orden internacional bipolar EEUU-URSS, se constituyó un orden internacional unipolar, en donde la hegemonía global actualmente reside en EEUU, país con una enorme fractura democrática. En el contexto de esta unipolaridad, durante la Presidencia de Obama, EEUU fue el nexo de occidente, de la mano de la diplomacia, los Derechos Humanos y una política de seguridad táctica que abandonó la guerra del terror de Bush. Hoy en día la peligrosidad de este orden internacional, bajo la hegemonía estadounidense, cuelga de la mano de Trump, aliado con el eje de Putin y Erdogan.

No olvidemos que la batalla ya no se libra en tierra, como en las dos grandes guerras. Hemos pasado del hard power (el poder bélico), al soft power (el poder de la diplomacia e incluso del cuarto poder). Por un lado, en el año 2016 el Ministro de Exteriores ruso anunció la existencia un ejército ruso de soldados informáticos para controlar los flujos de comunicación. Por otro, la América de Trump ha declarado la guerra al New York Times y a la prensa libre. Dentro de este paradigma global convulso, puede que una Europa sólida y fuertemente integrada sea la última esperanza para el constitucionalismo, los estados de Derecho, la división de poderes y el propio pensamiento ilustrado que abanderó Europa durante nuestra historia. No obstante, nuestro pensamiento europeo debe de edificarse sobre unos pilares sólidos, que hagan contrapeso a la radicalización. Si esta radicalización llegara a chocar con los propios Tratados y valores fundacionales de la Unión Europea, el proceso sancionador no debería de ser pospuesto, incluso se podría llegar a contemplar el precedente de la expulsión. La historia ha demostrado que la política de apaciguamiento no desgasta, sino que alienta. Por tanto, el mayor reto para Europa es abanderar esta moral ilustrada sobre unos pilares políticos sólidos, frente a la nueva oleada ideológica de imperialismo autocrático.

HD Joven: Show me the money, Europe!

Del mismo modo que Jerry Maguire (Tom Cruise), en la escena más mítica de la película del mismo nombre, gritaba en 1996 la frase: “Show me the money!”, muchas son las empresas que solicitan dinero a la Unión Europea (UE) a través de subvenciones para sus proyectos. Pero, ¿qué tipo de proyectos son subvencionados? ¿Qué perfil tienen las empresas que busca la UE? Y lo más interesante, ¿de cuánto dinero estamos hablando?

Si tenemos en cuenta el actual marco financiero plurianual (MFP) (aquí) y el presupuesto de la UE que en noviembre de 2013 fue aprobado para este periodo de 7 años (2014-2020), podemos ver como la Comisión Europea (CE) preveía un gasto de casi 1 billón de euros (aquí). Sin embargo, debemos fijarnos en la partida presupuestaria correspondiente a “Competitividad para el crecimiento y el empleo” (aquí), que es de donde las empresas se pueden ver beneficiadas de manera más directa. Así pues, vemos como esta rúbrica representa un 12.26%, es decir, 19.010 millones de euros para el año 2016, ¡algo que no está nada mal!

Y en la práctica, ¿cómo llega todo ese dinero a las empresas? ¿Quién gestiona esos fondos europeos? Depende. Según el Programa Europeo al que pertenezcan, pueden ser de gestión directa, nacional o mixta. Pero en esta ocasión vamos a centrarnos en aquellos gestionados directamente desde Bruselas, por las Direcciones Generales responsables de la CE o sus Agencias Ejecutivas.

Por poner algunos ejemplos (cifras de 2015), podemos encontrar el Programa Horizon 2020 – de investigación e innovación (10.000 millones de euros); COSME – programa para las pequeñas empresas (300 millones de euros); Erasmus+, programa de educación, formación, juventud y deporte (1.600 millones de euros) o LIFE – programa de medio ambiente (400 millones de euros). Esto supone opciones para optar a financiar proyectos con una horquilla de presupuestos muy flexible (50.000€, 2M€, 5M€, 10M€…) dependiendo de la convocatoria, proyecto y beneficiarios.

A lo largo del año podemos ver publicadas infinidad de convocatorias para presentar propuestas, pertenecientes a cada uno de los diferentes programas. Esto se traduce en que, cada año, una misma empresa podría encontrar numerosas oportunidades para optar a una subvención para alguno de sus proyectos.

Pero, ¿qué entendemos por ‘subvención europea’? Una subvención se concede para ejecutar proyectos concretos y responde a un objetivo específico que se describe en la convocatoria de propuestas. Por lo general, son subvenciones a fondo perdido que pueden cubrir hasta el 100% de los costes elegibles del proyecto, pero la contribución de la UE suele estar condicionada a que el beneficiario aporte cofinanciación.

Esto es un chollo, ¿no?” Eso me dice mucha gente cuando hablamos de proyectos europeos. Hay empresas que piensan que conseguir una subvención europea significa simplemente conseguir liquidez en su cuenta corriente. ¡Nada más lejos de la realidad! Como hemos dicho antes, lo que financia la UE son proyectos de ejecución y no debería sobrar demasiado presupuesto más allá de las acciones a las que uno se ha comprometido a llevar a cabo. Sin embargo, mi respuesta siempre es la misma: Sí, esto es un chollo si sabe sacarle partido.

Conseguir una subvención para llevar a cabo un proyecto europeo va mucho más allá del simple hecho de obtener dinero (¡qué tampoco está mal!). La UE no regala nada, ni da fondos “por amor al arte”, sin esperar algo a cambio. Su objetivo es financiar proyectos que a largo plazo se traduzcan en un crecimiento no solo para la entidad sino también para Europa. ¿Cuáles son los resultados que la UE espera cuando concede una subvención a una empresa? Entre otros: incremento de la competitividad, colaboración con entidades de otros países y en redes internacionales, internacionalización de estrategias y mercados, compartir riesgos en las actividades de investigación e innovación, acceso a información privilegiada a nivel europeo y a nuevos conocimientos (intercambio de buenas prácticas), mejora de la imagen de la entidad: visibilidad y prestigio, apertura a nuevos mercados, etc. Todo esto, además del dinero suficiente para ejecutar el proyecto de cualquier empresa, ¡no me digan que no es un chollo! Incluso si al final una empresa no llegara a obtener la subvención, solo por todas las sinergias que habría podido conseguir por el camino, ya habrá merecido la pena.

Por desgracia, la UE no siempre consigue su objetivo. Hay veces que se subvencionan proyectos que son muy prometedores sobre el papel (propuestas) pero que a la hora de la verdad, su implementación deja bastante que desear. No me refiero a proyectos que no lleguen a lograr los resultados previstos en la propuesta (hablando de indicadores cuantitativos y cualitativos), sino a proyectos que no llevan a cabo todas las acciones “prometidas” para intentar alcanzar esos resultados previstos. En estos casos, la UE puede llegar a reducir la subvención, ya que la empresa suele recibir el dinero en 2 o 3 plazos, tras haber presentado informes intermedios/ finales y si la CE detecta gastos sin justificar (acciones sin realizar) reducirá la cuantía del pago posterior. También, me refiero a los casos de entidades que, aun habiendo llevado una implementación del proyecto impecable se han quedado en eso, un proyecto de 2 o 3 años, que sólo ha servido para cubrir los gastos de personal de la entidad y alguna acción interesante pero de poco impacto para Europa.

Lo que busca la UE (y me gustaría conseguir a mí también si tuviera mi propia empresa) es que después de los 2 o 3 años que dura la financiación del proyecto, éste sea sostenible, es decir, que la entidad (sola o de la mano de sus socios europeos) sea capaz de seguir adelante con ese mismo proyecto sin la “ayuda europea”. Además, de que se hayan creado sinergias de tal calibre que den pie a otros proyectos europeos, con o sin subvención de la CE.

Entonces, si lo que hemos visto hasta ahora es que, sabiendo sacarle partido a una subvención europea, son todo beneficios, ¿por qué todavía hay empresas que las ven fuera de su alcance? La respuesta es sencilla: por falta de información, falta de recursos o de tiempo. Y las tres van bastante relacionadas. Muchas entidades han oído hablar de estas subvenciones pero no saben por dónde empezar, cómo encontrar la convocatoria adecuada a su proyecto, cómo contactar con socios europeos para formar un consorcio, qué documentos son necesarios para tramitar la subvención, etc. Y tampoco tienen tiempo ni personal para ponerse a investigar sobre el tema. Por eso, algunas, deciden contratar los servicios de consultorías externas. Otras, simplemente piensan que su entidad no cumple con el perfil para meterse en el “mundo” de los proyectos europeos.

Pero, ¿qué tipo de entidad busca la UE? Dependerá de cada programa y convocatoria pero, por regla general, cualquier entidad jurídica establecida en cualquier país de la UE (en ocasiones también países asociados o de terceros países) tales como universidades, grandes empresas, PYMES, asociaciones o agrupaciones de empresas, centros de investigación, centros tecnológicos, Administraciones Públicas, fundaciones, ONGs, etc., siempre y cuando se comprometan a invertir el tiempo y los recursos necesarios para el correcto desarrollo del proyecto.

Y, ¿qué clase de proyecto debe ser? Por regla general, también cualquiera. Cualquiera que sea innovador y de interés para Europa, es decir, que cumpla con las prioridades y objetivos de la UE (Estrategia Europa 2020 –aquí-).

¿Quieren conocer cuál es el verdadero secreto para conseguir una subvención europea? Por un lado, saber localizar y aprovechar las oportunidades (¡que no son pocas!) que lanza la UE cada año. Y, por otro lado, creer en su proyecto y hacer que los evaluadores de Bruselas también crean en él. Elaborar una propuesta que demuestre que vuestro proyecto es innovador, que puede crear un gran impacto en Europa a largo plazo y que solo necesita un “empujón” para llevarse a cabo, en colaboración de otros socios europeos.

HD Joven: ¿Segundas votaciones nunca fueron buenas?

Han pasado ya algunas semanas del famoso referéndum sobre Brexit -el 23 de junio-, cuyo desenlace  nadie esperaba y que fue un jarro de agua fría para las instituciones comunitarias y en general para el resto de países y ciudadanos de la Unión Europea, salvo contadas excepciones.

Desde entonces, si bien ha habido escasos avances en las negociaciones de la salida del Reino Unido (que ni siquiera ha notificado formalmente al Consejo Europeo su intención de salir de la UE, tal y como exige el artículo 50 del Tratado de la Unión Europea), lo que sí que se ha producido es un terremoto político en el país británico de importantes dimensiones, sucediéndose diversos acontecimientos que van desde la dimisión del presidente del país, el Sr. Cameron, o del líder del principal partido euroescéptico (UKIP), el Sr. Farage, hasta las reivindicaciones de una repetición del referéndum sobre la independencia de Escocia o sobre la propia permanencia del Reino Unido en  la Unión Europea.

Centrándonos en las peticiones de segundas votaciones por parte de un sector de la sociedad escocesa y británica, respectivamente, cabe analizar brevemente el por qué de las mismas:

En el caso de Escocia, el origen de estas demandas parece estar en el propio Brexit. Como seguramente recordarán, en las semanas previas al referéndum escocés, los defensores del “NO” enarbolaron como principal argumento para persuadir a los escoceses de permanecer en el Reino Unido, el hecho de que, si se independizaban, saldrían automáticamente de la Unión Europea y se convertirían en un país tercero, el cual tendría que ponerse a la cola para solicitar el ingreso en la UE, en un procedimiento que podría durar años. De hecho, este argumento fue también sostenido desde las propias instituciones de la Unión (aquí). No sabemos si esa fue una de las razones decisivas para que finalmente el “NO” a la independencia triunfara  (55,3% vs 44,7%), pero lo que sí que sabemos es que sin haber pasado ni dos años desde aquella votación, el Reino Unido ha salido (o está en camino de salir) de la propia UE, y evidentemente,  Escocia con él, pese a que en dicho territorio el “Remain” ganó por goleada (62% vs 38%). Por lo tanto, es innegable que desde que se produjo el referendo se ha producido un cambio del status quo, puesto que una de las motivaciones que tenían los escoceses para seguir en el Reino Unido –permanecer en la UE-, a día de hoy ya no existe, por lo que los nacionalistas escoceses se estarían planteando volver a solicitar al Parlamento británico una nueva votación (aquí).

Por su parte, la reivindicación de una segunda votación sobre la permanencia o no del Reino Unido en la Unión Europea, pese a no a que no han pasado ni tres meses desde su celebración, más allá de los posibles votantes arrepentidos o frustrados, están basadas en la participación que hubo (71,8%) y en el estrecho margen por el que ganó el “Leave” (51,9% vs 48,1%), unido a ciertas falsedades vertidas durante la campaña de los que estaban a favor de la salida (aquí), la falta de información recibida por los británicos y las primeras consecuencias económicas negativas del propio Brexit, entre otras. Lo cierto es que desde la votación del pasado junio, se han sucedido las recogidas de firmas solicitando una nueva votación –más de 4 millones (aquí)-, ha habido varias manifestaciones –las últimas el pasado fin de semana (aquí)-, llegándose hasta a debatir esta misma semana en el propio Parlamento sobre la posibilidad de realizar un segundo referendo (aquí).

Llegados a este punto, cabría plantearse, ¿es razonable una nueva votación en el Reino Unido sobre la permanencia o la salida en la UE? ¿Y sobre la independencia de Escocia?

En un primer momento, podría parecer que las razones que alegan los que reivindican una segunda votación son bastante comprensibles y de la suficiente contundencia como para plantearse seriamente la convocatoria de segundas votaciones, tanto en uno como en otro caso.

Dicho lo anterior, caer en la tentación de plantearse segundas votaciones en cualquiera de los dos referéndums, teniendo en cuenta la cercanía de las primeras, parece, cuando menos, ilógico, ya que se estaría deslegitimando una decisión tomada por millones de habitantes y esto podría lleva a caer en la peligrosa tentación de que uno quiera continuar repitiendo votaciones hasta que salga el resultado que desea (algo así como lo que sucede en España con los partidos y la repetición de las elecciones, por cierto), ya que ¿cuál sería el motivo para darle una mayor validez a una segunda votación que a la primera?

Tanto en el caso del Brexit, como en la votación por la independencia de Escocia, los votantes conocían a priori las reglas de juego. En lo relativo a los escoceses, eran conscientes cuando fueron a votar de que Cameron, de resultar reelegido, planteaba convocar un referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la UE (aquí), por lo que había una posibilidad real de que tanto si decidían independizarse como seguir en Reino Unido, podían acabar saliendo de la UE. Igualmente, los británicos sabían que no se exigía ni un umbral mínimo de participación, ni una mayoría reforzada, para que la opción del “Leave” saliese victoriosa (aquí). Por lo que, en definitiva, como ya apuntásemos en el artículo que escribimos los editores de HD Joven el pasado 1 de julio (aquí), una vez que se conocían las reglas del juego, no cabe echar la culpa al árbitro. Cuestión diferente es que dichas reglas del juego podrían haber sido mejorables, sobre todo, en lo que respecta a la posibilidad de haber establecido mayorías reforzadas o umbrales mínimos de participación, al estilo de lo establecido por la tan comentada “Clarity Act” canadiense (aquí), o que la información recibida por los votantes sobre las consecuencias de una u otra opción, podría haber sido más objetiva y próxima a la realidad.

A lo anterior, cabe sumar el factor externo. Hay que tener en cuenta que los resultados de ambas votaciones no solo tenían consecuencias para los votantes, sino también para el resto de habitantes e instituciones del Reino Unido y de la Unión Europea, respectivamente. Es decir, el futuro del propio Reino Unido y de la UE, dependía de dicha votación. Y una vez se conocieron los resultados, se tomaron una serie de decisiones en función de éstos. Por lo tanto, asumidos ya los resultados, la convocatoria de una nueva votación, supondría generar nueva incertidumbre y la posibilidad de que en un espacio de tiempo tan breve, se tuviera que volver a replantear, por segunda vez, el modelo de país, en el caso del Reino Unido, o de la institución, en el caso de la UE.

Con lo anterior, no pretendo insinuar que un país no esté en su derecho de volver a consultar a sus habitantes si desean seguir perteneciendo a un país o a una institución, si bien parece prudente que, para realizar nuevas votaciones sobre temas tan importantes, se espere un tiempo razonable para que se generen en la sociedad (o no) nuevas demandas. A título de ejemplo, podríamos reseñar el caso de Quebec, en el que pasaron quince años (1980-1995) para que se celebrara una nueva votación de independencia respecto a Canadá, o el del propio Reino Unido, que ha vuelto a repetir el referéndum sobre la permanencia en la Unión Europea treinta y un años después (1975-2016). Parecen plazos más que aceptables, los cuales distarían mucho de una repetición de los referéndums escocés y británico, de cuyas votaciones solo habrían transcurrido tres años y tres meses, respectivamente.

En definitiva, salvo que hubiera un clamor por parte de la mayoría de la población, algo, por otro lado, difícilmente ponderable, lo más lógico parece que referendos a cuyos resultados se les ha reconocido plena legitimidad no volvieran a ser repetidos hasta pasado un tiempo razonable, al menos los quince años del caso quebequés, s teniendo en cuenta que seguramente estas peticiones de repetición tengan más que ver con la frustración ante un resultado que parte de la ciudadanía no deseaba y que no acepta, que con razones de fondo que justifiquen realemente la posible revocación de una decisión tomada conforme a unas reglas establecidas.

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